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TRIBUNA / Los diccionarios

Ángel Coronado reflexiona en este artículo de opinión sobre el valor de las palabras y los diccionarios. 

TRIBUNA / Los diccionarios

TRIBUNA / Los diccionarios

Me gustaría tener una colección de las diferentes definiciones del diccionario que se hayan podido hacer. Tarea imposible. El diccionario se consulta, pero no hace falta definirlo. Me parece raro eso de querer definir lo que sea o pueda ser un diccionario, pero también es raro que nadie o casi nadie se fije en algo raro. Porque si ves un elefante sin trompa y con cuernos, te fijas. Un diccionario es un libro de consulta, vale, pero… Cualquiera puede escribir uno, pero solo hay uno, el autorizado… Por eso María Moliner es inolvidable, pero que yo sepa nunca definió el diccionario. Más lista, se limitó a escribirlo. María Moliner es inolvidable. Ahora me acuerdo de una definición que no se me pierde por entre los olvidos ni a patadas, porque me parece algo tonta: dice que un diccionario es una colección necesariamente incompleta de palabras ordenadas. Lo de ser una colección necesariamente incompleta me parecía, y me sigue pareciendo, una buena idea, lo mejor de aquélla definición antigua. Ahora se me ocurre ver el diccionario como una fotografía, porque del idioma se pueden sacar fotografías y eso son los diccionarios, fotografías de la lengua, pero también se puede hacer con ellos una película que, por cierto, partiendo de lo cuantitativo (una colección rápida de fotos), va y saca una cualidad viva: el movimiento. Es una pena que se diga del latín estar muerto. Sería mejor pensar que duerme para que despiertos con lo nuestro, el español (no sé por qué, pero prefiero decir castellano aunque sin saber por qué dije español), estemos contentos con esta lengua que, de tanto viva, no es posible hacer de la misma recuento. Una foto es igual. Siempre un documento incompleto. En algunas fotos sales bien pero en otras mal (siendo siempre el mismo sin perjuicio de que por dentro tengas días buenos o malos). Está muy bien el retrato fotográfico, pero el cine…, como el cine no hay nada. Pienso en un idioma cinematográfico, saltando, corriendo, inmortal y desnudo como cualquier dios o diosa del olimpo, y me alegro.

El cine es lo que tiene. Y lo que tiene es lo que a cualquier diccionario falta. Por eso me gusta tanto el diccionario Corominas, el único diccionario etimológico de la lengua castellana que tenemos aquí. Me pongo rojo como un semáforo cuando me dicen que el francés o el inglés disfrutan de varios diccionarios etimológicos al gusto. Nosotros solo tenemos el Corominas. Es fascinante, como una película muda de los hermanos Lumière. Nada que ver, eso sí, con la guerra de las galaxias, aunque tampoco, tampoco esperes tanto de los efectos especiales. A mí me cansan.

Bueno, todo esto para decir que las palabras de cualquier lengua permanecen como las montañas, pero su sentido no. No es que vuele, que también sabe permanecer, pero lo que pasa es que permanece de otra manera. Recurro a la metáfora del patinaje para explicarme mejor. Los patines permanecen atados al pie, pero no al suelo. Y a pesar de que también el suelo saltará por los aires en el apocalipsis,  durará lo suficiente para ir tirando y patinando sin temor. El sentido de las palabras dura también lo suficiente para ir hablando y cotilleando de sobremesa y sin temor.

Confiemos en el suelo. Dejemos a Corominas. ¡Basta ya! Y al carajo etimologías. A patinar se ha dicho.

Bueno, todo esto y más, que contra más mejor, para poder sugerir, indicar, inducir, aconsejar, apuntar, respetuosamente comentar, traer a colación como quien casi no quiere hacerlo, vuelvo a citar lo de sugerir porque ya está, me parece lo mejor, sugerir a cualquier alcalde de cualquier ciudad o pueblo, grande o pequeño, que se pase por la biblioteca municipal o por la escuela para consultar el diccionario, cualquiera, sobre su ciudad. No hace falta el Corominas. Cualquiera sirve. El más elemental. Y cuanto más elemental casi mejor. Alcaldes, ¡a consultar el diccionario se ha dicho!    

¿El María Moliner?

Perfecto, pero ya digo, vale también el de la guardería chiquitín con dibujos y que nadie se ofenda. Al señor alcalde de París que pregunte por la torre Eiffel. Al de Londres por el Parlamento, por su torre y por su reloj. Al de Berlín por la puerta de Brandemburgo. Al de Nueva York por la estatua de la libertad. Al de Copenhague por la sirenita esa mirando al mar y al de Bruselas por el chaval que mea, que parece mentira que algo así pueda ser tan famoso y principal allí. Pero lo es, para todos los de allí lo es.

Y ya en España. Por La Cibeles al de Madrid y por el acueducto al de Segovia. La Giralda, Dios mío, que no se olvide la Giralda. Ni de Córdoba la Gran Mezquita. Dejarme meter también las catedrales de León, Burgos y Toledo en un solo pack, que si no reviento. Y aún más, de un empujón (Ud. perdone) al alcalde de Casillas de Berlanga por la ermita de San Baudelio. Siento debilidad por ella.

Ya termino. Al de Soria se lo diré también. Pero en este caso, y para mayor discreción, lo haré chapurreando francés: Ojo avec la colline, Martínez, no vallamos a cag..., o ne la chions pas, que algo así me dice Wikipedia. Para el de Noviercas elijo el alemán y vuelvo a la Wikipedia: Wie sie, der Grundwasserfahrer, können wir Ihnen Hostien geben. Para mayor comprensión traduzco: Como manche Ud. el acuífero le podrían dar de hostias.

Fdo: Ángel Coronado

 

 

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