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TRIBUNA / La cicuta

Ángel Coronado incide en este artículo de opinión sobre la cicuta con el Cerro de los Moros de fondo y el personaje creado por Antonio Machado, Abel Martín.

TRIBUNA / La cicuta

TRIBUNA / La cicuta 

La cicuta es una planta bellísima y esbelta. Del género Umbelífera es prima hermana del hinojo, del perejil, de la zanahoria y del anís. Al menor soplo de viento se mece delicada y suavemente con tal elegancia que se diría pija. Esto contrasta con su zumo al que se llama cicuta. Dios tirita con solo decirlo. En la antigua Grecia hacía el papel que aquí (hasta no hace mucho tiempo) hacía el garrote vil.

El veneno en sí no es el problema que ahora interesa. La cuestión, y si no preguntemos a Sócrates, es la de coger la copa y beberlo. Del veneno en sí no hablo. En ese sentido ya está dicho todo. Y si no, sigamos atentos a lo que falte, que seguramente algo faltará. De momento me remito a los artículos que a esa importante cuestión han dedicado tanto Ricardo Mínguez como Saturio Hernández de Marco. Pero a lo nuestro, que no se trata de cicuta sino de zumo de perejil.

Tampoco traigo la idea de irnos a Grecia para preguntarle a Sócrates, que se nos bebe la copa, que se nos bebe la copa, no, por favor. Y allá, con otros y con Critón, que se la bebió.

A partir de la copa de veneno, en eso igual ahora que medio siglo antes de Cristo y en Grecia, me refiero a que nosotros, con todos los respetos hacia Sócrates, no es que no queramos bebernos la copa, ya digo, y si no preguntemos nuestras dudas al respecto. Ahí están, ya digo, Ricardo Mínguez y Saturio Hernández. Lo que queremos (lo que no queremos) es que nadie nos tape las narices y, al tiempo de respirar necesariamente por la boca, nos introduzca el veneno por ella justo entonces. Eso es lo primero que queremos, o que no queremos, porque dos veces no, hacen sí en matemáticas, pero en la lengua no siempre. Hay veces que dos veces no es más “no” que una sola vez por un capricho de la lengua que, si te fijas, es de la más caprichoso que hay. Por otra parte la cuestión es inofensiva porque se entiende suficientemente bien que no es correcto hacer eso con nadie, que a mí nadie me tapa la nariz para que, abierta la boca, se vierta veneno en ella. Ni zumo de perejil tampoco.

Se da el caso que nuestro alcalde, como si de un protocolo de vacunación anticovid se tratase, quiere vacunarnos con cicuta quieras que no. A fuerza de varias dosis. Yo me niego. Recito y leo poesías de Antonio Machado como si fuse preparándome a bien morir, cosa siempre buena y en cualquier estado de salud, incluso recomendada por nuestro alcalde. Nos da a entender que tiene sus obras completas en la mesilla de noche. Nada más. Carecemos de mayores datos. Pienso para mí que ronque con solo abrirlo, caso de insomnio, que más vale así que afrontar los efectos secundarios del fármaco Dormidor, por lo demás formidable. Por mi parte le hago caso en la lectura, pero a cualquier hora del día y sin quitarme la mascarilla. Entiendo que a mascarilla puesta se dificulta la operación veneno. Ni se puede tapar bien la nariz ni es posible, como en cualquier caso, verterlo en la boca.

Y ahora que lo advierto. Sin saber por qué, siempre hice mayor y mejor caso al Machado poeta que al Machado pensador. Sin entrar al espinoso problema de la fuente, de si una sola fuente para dos cauces o un solo cauce para diferentes fuentes, sin hacer caso de la siempre difícil cuestión del origen, temible disciplina hermana de la metafísica y a la que se llama ontología, entiendo a Juan de Mairena y Abel Martín como dos grandes olvidados en este vía crucis del Cerro de los Moros. Y antes Abel que Juan. Antes el pensador que el maestro. Me parece que al Cerro de los Moros no hacen falta maestros. Pensadores sí. Y alcaldes como Dios manda también

Con la natural reserva que requiere el caso (sin saber por qué, siempre hice mayor y mejor caso al Machado poeta que al Machado pensador), pienso en lo que Abel Martín podría decir en todo este lío del Cerro, o mejor, en todo este asunto de Sócrates, de la cicuta, del veneno y así. Estoy seguro de que Abel Martín, en lo que se refiere a la enorme carga poética de Machado estaría en todo de acuerdo con él. Pero ya digo, voy a estudiarme Abel, porque al lado de Don Antonio se nos ha quedado atrás. De momento quiero improvisar, tirando de la memoria y algo de la intuición, lo que podría decir Abel Martín, así de pronto, si le viniesen con esa vacuna de la que antes he hablado y con la recomendación de leer a D. Antonio.

Imagino que Abel Martín sufriría en primer lugar sobresalto. ¡Oiga usted! ¡A mí con poesías de D. Antonio! ¡Venga ya! Luego, tranquilo al fin y bien sentado, diría cosas ante las cuales quitarse el sombrero, que aunque no te lo quitases, a Abel le daría exactamente igual. Digo yo que diría: Un día Don Antonio me preguntó si por acaso alguna de sus poesías podría resultar algo densa, como si cargada en exceso de poesía llegase a…, cómo decirte, Abel, no sé, a veces pienso en eso, como si estando cansado y ya en la cama, entre seguir leyendo, de un lado, y dormir del otro, Abel, se inclinase uno por dormir…

¡Alma de Dios, Antonio. Bendita poesía, bendito sueño! Eso diría. Eso pienso de Abel Martín. Pero cuando Ud. mismo, lector, le preguntase por eso de la cicuta, de la herencia encicutada, la verdad, no sé lo que diría. Posiblemente no tuviese palabras. No es fácil tenerlas para eso. Daría un portazo y se marcharía. Y haría muy bien. Pero acerca de la poesía, de la poesía en general y no solo de la de Don Antonio, se me ocurre que diría lo que ahora se me ocurre a mí:

¡Alma de Dios, fulano. Bendita poesía! Que sea por siempre bendita y alabada. Toda. Incluso la mía, que de vez en cuando me sale alguna cancioncilla, o la de un amigo, de cualquier pariente, o la mucho más meritoria de una tía bisabuela mía romántica y algo rara que se llamaba Carolina Coronado o, claro, cómo no, también la de los grandes románticos Espronceda y Bécquer, y también, como no, y este último que cito es inevitable ahora por las razones de las que no hace falta que me acuerde. Me refiero a Federico, a Federico García Lorca, a su poema titulado “Poeta en Nueva York”, poema en el que junto a los rascacielos de Manhattan (“rasca leches” decía Miguel Hernández a la vista del edificio de la telefónica en la Gran vía de Madrid), junto a ellos y sin solución de continuidad, se identificaba con ese otro poema inconmensurable, vivo, creciente a lo largo de toda la vida del poeta más grande de todo el continente norteamericano (es un decir), el único poema de Walter Whitman siempre titulado “Hojas de Hierba”

Fdo: Ángel Coronado

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