El sendero del honor (Como diría Rimbaud)
Juana Largo reflexiona en este artículo de opinión en la evolución de la sociedad que, lejos de salir con otros planteamientos ante la vida de la pandemia, sigue repitiendo esquemas para encarar el futuro.
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El sendero del honor
(Como diría Rimbaud)
Cuando se dio la situación en España de los peligros del coronavirus y luego la pandemia, se crearon unas nuevas condiciones de vida en España, y había mucha gente que estábamos contentos, puesto que nos había ido mal en cómo había estado organizado el mundo, y en sus malas costumbres y en su intolerancia y en su malestar en general, un mundo que ponía cara de perro a todo personal que osara hablar de un mundo mejor y de un mundo en el cual las personas se tuvieran respeto, y hasta en el peso del dinero, como en todo lo antiecológico del mundo, como en las costumbres sociales cerradas y violentas que se daban entre nosotros.
Queríamos acabar con todo este sistema que permitía la injusticia en el país y en el mundo, un sistema que martirizaba a los humildes y que era reaccio a las ideas progresistas, es decir, un sistema que era totalmente antihumano y que tanto a hombres como mujeres o como niños o como ancianos, maltrataba a las personas en su dignidad, hijo del capitalismo más voraz e hijo de las putas del hampa de los negocios con personas como si fueran muebles y en las guerras que se daban por entonces en el mundo.
Queríamos cambiar todo, y parecía una situación en la cual se da un misa por un cura y nos ponemos a comulgar dejando nuestro corazón limpio y podríamos hacer una vida menos miserable después de esta comunión, un mundo que podíamos hacer bueno con nuestro corazón blanco y casto con el cual no queríamos atropellar a nadie… en fin, que cambiara todo o casi todo para que diera gusto vivir una vez se acabara la pandemia y que el mundo fuera más acogedor y benéfico. Alguna y algunos anduvimos con este nuevo traje y esperábamos, como niños con su cumpleaños, el juguete que nos hiciera más solidarios y menos malos…
Teníamos hasta fiebre de esta esperanza, la de que cambiara todo o casi todo, y creíamos en el poder de regeneración del alma humana, cuando algunos pensábamos que el alma existía realmente y no los desalmados y que estos eran una cuestión de formación y de educación…
Soñábamos mucho con la vuelta a la normalidad que no queríamos que fuera la normalidad que se había dado antes y que, en realidad esta situación, como si fuera un producto del denominado “situacionismo”, nos pudiera proporcionar un mundo más libre y lleno de buenos resultados no solo con la naturaleza sino también con el que había sido hasta entonces el depredador mayor de la naturaleza, el ser humano, al menos el ser humano civilizado o que se llamaba así, cuando había demostrado ser un salvaje indecente, por eso creíamos muchos que luego todo cambiaría.
¡Qué volubles somos las personas! Ahora no se habla de cambio alguno, solamente el presidente nos habla de la guerra. Parecen darse las mismas condiciones que durante la pandemia y por eso pareciera darse la oportunidad de renovar la sangre. Lo que pasa es que la sangre que se renueva en el frente se queda pegada a los matojos y alambres. Por mucha fatalidad de vida que lleven los considerados, que sin duda lo son, enemigos, no quiere decir ello que vaya a renovarse nada. Muchas veces hemos hablado en nuestras tertulias de una renovación, de un nuevo mundo, eso se consiguió con América y ahora América está volviendo al mundo antiguo, como si no hubiera superado la historia y sus debacles, como si no hubiera superado al mundo pasado sobre la Prehistoria.
Estos sacrificios de la vida, quiénes los organizan, los presidentes, los cardenales, quiénes, porque la gente corriente no los organiza, al menos la gente que tiene dos dedos de frente y los sentidos racionales, sentidos para ser realista, por ejemplo, porque incluso mucha gente se deja llevar por las manipulaciones.
Esos son los criados que los grandes desean para la guerra, los que han aspirado demasiado, porque han visto brillar los dólares por las inmediaciones de sus casas, pero los que se sobreponen a esa fantasía, ¿qué hacen?... Los que se sobreponen y entienden el mundo no arman a los hombres para las guerras, al final caemos en el viejo método de los gobernantes, nosotros, los europeos, que nos considerábamos libres, ahora vemos que no somos tan libres y que somos esclavos que llevaban en las galeras los traficantes… Nuestra libertad echa humo, añicos, nuestros principios civilizados derrotados, ahora nos dejamos llevar no por la filosofía de Kant y de los racionalistas, pero vemos que el enemigo es un Gran Animal, una Gran Bestia inteligente con su Mal, como Moby Dick, y tenemos que defendernos, aunque nuestros principios tengamos que tragárnoslos aun siendo escrupulosos.
Luego, nos decimos, podremos organizar nuestras liberales meriendas, nuestros happenings, nuestros lunches, nuestros parties, nuestros picnics, nuestros encuentros, nuestros profanos bailes y nuestros entretenimientos y nuestros deportes, aunque nunca sabremos cómo va a acabar la vida. Una vez que el fuego se desata pueden ser quemadas y arrasadas muchas hectáreas de entidades, y jugarse una vida para volver a la vida de antes, en la cual ya no sentíamos satisfacción, parece una tautología.
Debemos pedirle más a la vida, más allá de los viejos ideales, para eso luchamos, debemos pedir otro suelo, otra renovación, ya que hemos entregado el alma al diablo. ¿Nos espera un nuevo futuro como soñábamos durante la pandemia o es todo igual que cuando se acabó ésta? Si el diablo ha podido con nuestra ideología, se supone que luego podremos, si terminamos con el adversario, llegar a otra ideología superior, en la cual habitar mejor, o ser más ecólogos y ecologistas, al no darse las restricciones que se daban antes. ¿Tendremos una nueva libertad? ¿Una nueva música? ¿Podremos amarnos tal como se amaban en la hierba los hippies y quizás llegar a sus extremos libertarios no pidiendo ya más que un Estado tutelar o de mero nombre, algo imprescindible para coordinar y no para hacer el besugo, en el que no quepan las palabras de antilibertad?
¿Seremos todos iguales? ¿Llegará la justicia universal? ¿Harán falta los policías y los gendarmes para un mundo responsable que ha sabido liberarse de un orden represor? ¿Será este el camino del honor en el cual ya no se marginará a nadie y que, como castos varones o castas hembras, que hemos sido, nos merezcamos como que hubiéramos llegado a ganarnos la gloria en la tierra?
La gloria se la ganan los sencillos, acaso, los sencillos sean los Otros, por más que los organizadores de la batucada recluten a los seducidos de nuestro mundo…
¡Pero la sangre no va a renovar el mundo! Hace tiempo que hemos renovado la naturaleza, y si eso hemos hecho ¿sabremos construir ahora, en vez de nucleares, catedrales de libertad?... Eso significaría que se ha renovado nuestro corazón, con la comunión de los servicios religiosos, y que estaríamos dispuestos a derruir no solo el mapa de los peligros del adversario o enemigo, sino también nuestros propios fallos a lo largo de la historia que, por dejarla suelta como a una cabra, ha tirado para el monte… Y, es cierto, como lo sabemos todos, pero pocos lo manifiestan que, hablando de cabras, que hay mucha gente que está como las cabras y que luego lo pagan los inocentes, como en el modo de la fuerza bruta.
La salud mental, por ejemplo, no resulta muy accesible en nuestro mundo: Ahora se crean enfermedades mentales y, los que las quieran curar, ahí delante de las narices tienen la causa. Un mundo que exógenamente crea enfermedades mentales y endógenamente también las crea. Los educadores sociales y los trabajadores sociales y los ayudantes sociales no tienen, la verdad sea dicha, muchos medios para curar a los enfermos. Ahora la enfermedad no viene de nosotros mismos (como tendrían que desdecirse los especialistas cuando nos hablan de delirios endógenos), viene de la realidad… Habría que volver a empezar (“Begin the Beguine”), y que no se quedara todo en películas o en cine. He aquí nuestra esperanza, si es que ahora todavía se puede hablar de esperanza.
Fdo: uana Largo