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Los zarrones regresan a las calles de Almazán

Almazán ha cumplido un año más con su devoción a San Pascual Bailón y a la cofradía que sustenta desde hace más de doscientos años la fiesta de los zarrones, un ritual de origen pastoril que gira en torno a tres personajes burlescos y estrafalarios.

Almazán ha revivido con particular emoción la misa celebrada en la iglesia de Santa María de Calatañazor –en lugar de la tradicional de San Pedro, cerrada por estar con obras de restauración- y la posterior procesión en la que, una vez concluida, los zarrones han vuelto a protagonizar todas las miradas de los asistentes, con sus carreras y sus "zambombazos" a los jóvenes más atrevidos.

La festividad ha estado amenazada por momentos por las tormentas que tanto agradecen estos días de mayo los cultivos de cereal, pero finalmente no ha habido precipitaciones y el festejo se ha celebrado con normalidad.

Los zarrones, voluntarios de la Cofradía de San Pascual, han vuelto este viernes a perseguir con carreras a los jóvenes más atrevidos de Almazán para pegarles con sus zambombas, uno de los momentos más esperados durante el año en Almazán de esta fiesta declarada de interés turístico regional en el año 2000.

El presidente de la cofradía de San Pascual Bailón, Andrés Esteban, ha explicado que actualmente cuentan con más de 1.700 socios, aunque ya prácticamente nadie de ellos son pastores, profesión que está en el origen de la cofradía.

Diego, Álvaro y Arturo han representado este año el papel de zarrones, los protagonistas indiscutibles de esta tradición, que exige una buena preparación física para correr a los mozos más atrevidos de Almazán y defenderse a zambombazos.

El alcalde de Almazán, Jesús Cedazo, ha señalado a que el zarrón aúna historia, tradición y diversión, hasta convertirse en una fiesta que lucen a gala los adnamantinos.

La función original de los zarrones era controlar a los jóvenes que molestaban a los cofrades en la procesión en honor a este santo zaragozano (1540-1592) que fue pastor desde los siete años y que vistió el hábito franciscano en su juventud.

Los zarrones representan a los pastores que cuidan el rebaño, representado por los danzantes, y para ello visten recordando a los antiguos pastores de la zona, con zamarra de piel, zahones o calzones de cuero marrón, polaínas y albarcas, además de un sombrero ancho cubriendo su cabeza, tocado con plumas de buitre o águila y rabos de zorro colgando por la parte posterior.

Todos ellos lucen barba recordando la figura del pastor que se afeitaba cuando llegaba a sus casas, después de largas temporadas fuera de ella.

En la mano llevan una zambomba o garrote unido por una cuerda a una funda alargada de lona o de cuero rellena de lana y portan también una colodra -cuerno de buey con tapadera de plata- en la que conservan la soparra, pan remojado en vino con azúcar, que prueban los adnamantinos nada más salir de la misa dedicada a San Pascual Bailón.

La Fiesta del Zarrón está vinculada a la fundación de la Cofradía de San Pascual Bailón, en 1816 y originariamente los miembros de la cofradía eran pastores y también ganaderos y eligieron al santo como patrono, instituyendo una celebración solemne el 17 de mayo, con vísperas, misa y sermón y el 18 de mayo, día de San Pascualillo, con un Oficio de Difuntos.

San Pascual Bailón (1540-1592) fue un fraile franciscano, nacido en Torrehermosa (Zaragoza) a 54 kilómetros de Almazán, que de niño había sido pastor y del que se cuenta que cuando oraba en algunas ocasiones se ponía a bailar de júbilo, de ahí que exista la teoría de que su apellido fuera en realidad un apodo.

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