Hilo musical
Juana Largo reflexiona en este artículo de opinión sobre el sentimiento que anida en la sociedad soriana y en la española en la Semana Santa, fiel para cumplir sus tradiciones, en tiempos donde el ateismo se extiende y se impone el sufrimiento de las guerras.
La paradoja del mentiroso

Hilo musical
La Semana Santa sí que sirve para algo, al menos para algo más que lo de comer torrijas y juntarse la familia y los amigos y para pasear un poco y para ver las procesiones.
Aparte de suministrarnos unas jornadas de devoción religiosa, según unos, y para otros de simple asueto, también sirve para, al lado de las procesiones o algo más lejos de ellas, llegar a darnos cuenta de la inanidad de Cristo, con lo cual enlaza contra inanidad, que los cristianos resumimos en Salvación de esa situación de pecado en los hombres, primero por haber matado a Cristo y después por perdonarnos en nuestra salud conciencial.
Los sonidos de las cornetas procesionales, le ponen, aparte de las vestimentas adecuadas, una nota de folclore a los paseos y así, por ejemplo, en España podemos sacar de nosotros, de nuestras tradiciones, una galería de personajes y de pasos en los cuales queremos identificarnos o queremos que nos identifiquen como un país fiel, en su mayoría, a su culto. Cualquier país del globo sabe que, cuando llega el tiempo de Pascua, los españoles exteriorizamos nuestros sentimientos y convicciones en las calles y plazas por donde se suceden las filas de procesionarios, aunque algunos de ellos puedan no dar en el tono de una fe completa, entretanto el paso y la procesión pasan dando fervor y, al menos, testimonio de unas creencias que, si no fuesen por los cofrades, apenas se iban a remarcar en nuestras comunidades.
Sobre todo, ahora que el mundo es ateo. Porque, si no fuese ateo, acaso nos pudiera ir, nos decimos, mucho mejor. Y no se viene ahora a remarcar esos caracteres de la Semana Santa que casi todos conocemos; los españoles de aquí los conocen a la perfección y, en el camino de la vida, lo expresan con la fe, que bastante corre deprisa el tiempo para ir con la razón dando cuenta del fenómeno. Y esto sobre todo ahora, creemos, cuando llegados al siglo XXI hemos visto ya tantas marejadas de la fe y de la razón cristianas, y no solo cristianas.
No hace falta que vuelva Sigmund Freud como para ser conscientes de que existe en nosotros un aspecto inconsciente del cual, cuando no surgen maldades, surgen campos vacíos de gente que no logra llenar su conciencia ni su corazón con arreglo no a lo “dado”, no a lo “positivo”, sino con arreglo a lo que hay por delante de futuro y con lo que hay que inventar. El mundo, el demonio y la carne acechan y no nos dejan un tiempo en el cual llegara a Ítaca tras nuestra navegación desde Troya.
El mundo hace mucho tiempo que anda majara, pero esto ya lo conocíamos, y lo que no conocíamos se nos presenta ahora como abandono de fe y de tradiciones, dejando nuestro interior –en contra de Freud- bastante seco o, mejor, vacío. ¡Qué duda cabe que hemos instalado, por la historia, por las costumbres adversas y por el desarrollo tecnológico, un interior bastante vacío!
Y si nos ponemos a afinar, podemos incluso llegar a la convicción de que necesitamos recurrir ese mundo adverso y vacío para poder vivir. De esto se encargaban los sicoanalistas, de, donde decía la gente que no había nada, tratar de exaltar la vitalidad del robusto hombre creyente que tiene respuestas para casi todos los problemas relacionados con la ritología en pos de la mitología, que, aquí, en este campo, sería la Verdad.
El mundo está vacío, ¿no? Y lo tratamos de llenar con lo que podemos, desde las ciencias físicas a las ciencias de los vendedores de crecepelo y llegamos a ver que nuestros tiempos modernos tenían la culpa, en los cuales se ha desertizado de tal manera el interior del hombre que pareciera que no cabe ya búsqueda de tierras raras alguna. Bueno, una cosa por otra: el progreso material cambiando el progreso moral. Y cada uno de ellos lleva sus pros y sus contras, resolviéndose por ahora que con un hilo musical ambiental e histórico, podemos llenar el tiempo, podemos rellenar la botella de lo vacío, para así poder seguir enganchándonos a las ramas de los árboles seguros en medio de la selva que es este mundo. Pues así le ocurre a mucha gente, que busca seguir adelante en la vida por una senda que ya no es solo la del descansador ruido, de las florestas y vergeles, sino la de una paz, aunque parezca un sucedáneo de realidad que nos dice por dónde hemos de caminar en la vida que nos dan los jefazos que juegan a otras razones diferentes que las de las masas de los Estados.
El ruido se ha convertido en un problema mayúsculo, esto lo sabemos, y si antes, por evolución natural y cultural, nos acompañábamos con los coros y los cantos gregorianos, luego pasamos a los CD y luego pasamos a lo que está, valga la redundancia, pasando ahora con el alboroto de las guerras. Antaño ya, pero en nuestra época contemporánea, se daba el hilo musical en las fábricas o industrias o comercios que, con buena fe, exponían los directores de empresa; luego resultó que el hilo musical se podía ampliar a otros ámbitos, como oficinas, tiendas e incluso calles, sin descontar los establecimientos de ocio. Pasamos luego al CD y así ha sucedido durante unos años, hasta que empresarios novedosos han afirmado en los lugares de ocio la música en directo y en vivo. El paciente del siglo XXI necesita no estar solo y tener alegría.
Y ahora llegamos al final: los sistemas que no nos hacen estar solos, pero que nos quieren alegres, se retransmiten por las latas de los nuevos mass media a través de los sonidos de guerra, con las bombas, los drones y las explosiones. Parece esto una vuelta al pasado con la Gran Guerra del 14.
Las bombas y su furia quieren llenar el vacío que es el hombre. Y al final, llegamos al gran legado histórico de la vuelta a Dios, el eterno retorno de lo mismo, envuelto en metralla con el “progreso” de lo humán. Como empezamos, pero más siniestro todavía. El hilo musical de la guerra nos acompaña en nuestras meditaciones y cábalas, se ha dado un giro de ciento ochenta grados, volvemos a empezar, como en la famosa película de Garci. Y así, así, lectora o lector, vamos al desarrollo del factor hombre en la Tierra. Como la historia tan famosa de Shakespeare, contando un idiota una historia llena de furia y de ruido que no significa nada y que nos dice que nunca debimos haber salido de la jungla, al menos de la de Walt Disney.
Fdo: Juana Largo