La paradoja del mentiroso
Ángel Coronado reflexiona en este artículo de opinión sobre las paradojas de la vida, que no son las mismas, en función de las personas y sus propias circunstancias.
Observarnos y observarse

La paradoja del mentiroso
Intentaremos mantener que, a la paradoja del mentiroso, y considerándonos a nosotros mismos veraces, no se opone otra paradoja más temible aún, mucho más, tanto más que apenas nos atrevemos a nombrarla y que, pese a todo, la vamos a nombrar: la paradoja del veraz.
Como en un remolino, de los tormentosos, que no de volantes, música bailona y resoplos de palmas y faralaes, se me arremolinan en la cabeza cosas más temibles aún que aquélla que nos habla de la banalidad del mal, mucho más, tanto más que apenas nos atrevemos a nombrarla y que, a pesar de todo, la vamos a nombrar aunque alguna vez la hayamos nombrado ya: la banalidad del bien.
Y es que los remolinos, tanto los buenos como los malos, se repiten, como las olas del mar, una y otra y otra vez. Nunca un remolino se presenta en solitario. Los remolinos son gregarios y no hacen sino encontrar alguna recachera o resguardo para ocuparla y llenarlo de mayores o menores remolinos a cada cual peor.
Como siempre solemos hacer, una vez repuestos del susto, recurrimos a la consulta, a la enciclopedia, al diccionario o a la Wiki. Y dice la Wiki acerca de la paradoja del mentiroso que no dice nada si no es bajo el paraguas de un principio: el principio del tercer excluido.
Pero lo bueno, por no decir lo malo (un misterioso tercero excluido al que de inmediato hemos convocado de árbitro en esta pavorosa contienda para que decida entre uno y otro) viene como tercero previamente excluido ahora. Siempre olvidamos que entre las cuerdas, arriba en el ring, hay un tercero que ni es el campeón ni el aspirante ni tiene media bofetada ni sabe cómo encajar un cachetito medio cariñoso en el cogote, pero amigo, ese tercero excluido es el que cuenta cuando en el suelo, el fornido luchador, ya no puede ni con su alma.
Siempre olvidamos que, allá arriba, en lo más alto de un altillo y frente por frente al banquillo, el bien y el mal frente a frente, hay un tercero excluido al que, de inmediato, se ha llamado para que, bajo juramento, diga la verdad bajo el nombre de testigo. Y siempre se nos olvida que ese tercero excluido, árbitro, testigo o como se le quiera llamar, es alguien que se pasea por cualquier ciudad, bien fuese la Ciudad de Dios o la Ciudad de los Hombres, las dos únicas ciudades que nos dibujase Agustín el de Hipona, como si, ni en el mundo de por aquí abajo tanto como en el mundo del más allá, no hubiese desiertos o lugares vacíos, entre otros, el mismo desierto al que se retirase Cristo para meditar o esa gruta junto a la curva de ballesta del Duero a la que se retirase Saturio para rezar.
Y siempre se nos olvida otra cosa más que no encontramos ni en la Wiki, la enciclopedia ni diccionario ninguno, la más difícil de explicar porque, no habiendo habido nadie que nos la explique, desconfiamos poder hacerlo ahora nosotros, en un plis plas.
Sospechamos del nombre. Sospechamos más de algunos que de otros pero siempre sospechamos algo de cualquiera.
¿Y también de esa señora o señor con que nos cruzamos por el camino (pero no de cualquier camino, que vaya usted a saber, sino por el camino de la vida), por el camino de pasear paseando por la vida como cualquier señor o señora pasea por pasear?
No, De esa señora o señor, señor o señora, ni sospechamos ni dejamos de sospechar. Su circunstancia es la nuestra. No hace falta describirla porque su circunstancia es la nuestra tanto como la nuestra es la suya. A nuestro gran José, Jose Ortega y Gasset, se olvidó de sí mismo, o nos parece que se olvidó, al definir eso de la circunstancia que siempre envuelve a todo hijo de cristiano, se olvidó de decir que hay muchas circunstancias, y que no es lo mismo mi circunstancia que la tuya, menudo lío. Yo soy yo y mi circunstancia, nos dijo Don José, pero que nosotros sepamos ni don Jose ni don Julián Marías ni nadie nos dijo que mi circunstancia personal, por poner un ejemplo, la circunstancia mía, no es la misma que la de usted, Don José, don Julián, don Zacarías, don Austrosigildo o don Nabucodonosor
Con todo lo cual no hemos arreglado nada, pero a nosotros nos parece que algo sí. En definitiva lo que queremos decir es que desconfiamos o sospechamos, pero no siempre. Hay veces que ni sospechamos ni dejamos de sospechar sino que no advertimos la posibilidad siquiera de hacerlo. Y hablar de algo acerca de lo que ni uno mismo sospecha que sea posible hablar es muy difícil. La sombra del tercero excluido ronda por aquí. Voy a llamarle de forma inmediata como testigo. Bajo juramento dirá la verdad.
En la época de oro del Teatro, el oráculo tapaba su rostro con una máscara que luego, mucho después, escapó del teatro para instalarse en el Carnaval. Todavía hoy sigue ahí, disfrazando algo, algo distinto ahora que, por entonces, en Grecia, pero disfrazando, tapando, obviando algo. Tanto ahora como entonces.
¿Y en el futuro? ¿En el tiempo que resta?
Mire usted. Lo de siempre. Somos gregarios y para eso hacen falta dos. No más El tercero, ese excluido sin más. Y no más.
Vale, vale, pero bajo juramento.
Vale, vale, pero bajo juramento, contestó. Y un vocerío imponente se alzó. Vale, vale, pero bajo juramento. Y luego se dispersó la multitud. Unos se fueron a Grecia, al Teatro, y otros a Venecia, al Carnaval. Y otros, escuchen, escuchen, otros siguieron por el camino, haciendo camino al andar, buscando al tercero, al tercer excluido, buscando.
Fdo. Ángel Coronado