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Cáritas radiografía la realidad social del Covid 19

Hoy culmina la Semana de Caridad, en la que Cáritas ha invitado a "ser más pueblo" para recrear nuestras relaciones y construir una normalidad nueva, más justa y fraterna. El Observatorio de la Realidad Social ha analizado como está siendo el impacto de la crisis de la Covid-19 en la población más vulnerable y en las personas acompañadas por Cáritas. 

Cáritas radiografía la realidad social del Covid 19

Al analizar la realidad de los más pobres, esto es, de las personas acompañadas por Cáritas, se describe una realidad caracterizada por:

1.1. Persisten las dificultades de acceso a un empleo y el incremento de la precariedad e inestabilidad laborales

La pandemia ha tenido una clarísima incidencia en las tasas de desempleo de nuestra sociedad. No obstante, la afectación está siendo muy diferente dependiendo del sector de actividad. Una vez más los sectores de actividad en los que se ocupan mayoritariamente las personas más vulnerables (hostelería, turismo, trabajo doméstico, peones agrícolas, etc.) han sido los más afectados.

La paralización de una parte importante de la economía ha provocado una rápida subida del desempleo, que en el conjunto de la sociedad española ha supuesto un incremento 625.000 personas y una situación de ERTE para más 700.000 personas. El incremento del desempleo para las familias más vulnerables (acompañadas por Cáritas) ha sido ocho veces superior al incremento medio, y ha situado la tasa de paro en el 73%.

Las altas tasas de desempleo y la baja calidad de los empleos describen la situación económica de muchas familias como la de un enfermo crónico con un episodio agudo, provocado por las consecuencias de este virus. Pero existen nuevos elementos de precariedad que la pandemia ha incorporado, como son la exposición al contagio (para el 40% de las personas vulnerables que trabajan) y la fragilidad ante eventuales cuarentenas, que dificultaría considerablemente el empleo y los ingresos para el 71% de las personas vulnerables que están trabajando.

1.2. El crecimiento del número de hogares sin ingresos y en situación de pobreza

El impacto en los ingresos de los hogares ha sido de tal envergadura que ha provocado que tres de cada diez hogares no dispongan ahora mismo de ningún ingreso: unas 258.000 personas que residen en hogares acompañados por Cáritas no ingresan ni un solo euro en estos momentos, lo que representa 75.000 personas más que antes de la COVID-19. Las familias con ingresos han visto cómo éstos se reducían un 33% desde el inicio de la crisis: esto se traduce en que más de 825.000 personas acompañadas por Cáritas están en situación de pobreza severa, es decir, con ingresos inferiores a 370 € al mes para un hogar unipersonal o a 776 € para hogares formados por dos adultos y dos niños.

1.3. El sistema de garantías de ingresos mínimos brinda poca protección a las familias que más lo necesitan.

El 48 po ciento de las familias atendidas por Cáritas no han recibido suficiente información como para tramitar el Ingreso Mínimo Vital (IMV).

Esto implica que hay pocas solicitudes. Si a esto le sumamos las denegaciones y los casos que aún están esperando respuesta, obtenemos que solo el 16% de las familias acompañadas por Cáritas son perceptoras del IMV en mayo de 2021.

1.4. Se constatan múltiples vulneraciones del derecho a la vivienda

Esta crisis ha venido a agravar la delicada situación de vivienda que ya existía y nos sitúa más cerca de una posible emergencia habitacional: alrededor de 700.000 personas viven en hogares que no pueden hacer frente a los gastos de suministros de su vivienda, es decir, no pueden calentarse adecuadamente o no pueden encender la luz siempre que lo necesitan. El 16% de las familias (cerca de 77.000) se han visto obligadas a cambiar de residencia para disminuir los gastos. Para casi el 45% de los hogares atendidos por Cáritas afrontar los gastos derivados de la vivienda suponen una grave dificultad.

1.5. La brecha digital ensancha la exclusión

El confinamiento y la adaptación a las restricciones actuales ha acelerado la imparable digitalización de la sociedad y ha incrementado la desigualdad. La brecha digital se convierte en un factor exclusógeno, es decir, es consecuencia y a la vez causa de la exclusión social. Más del 60% de hogares atendidos por Cáritas están en una situación de cierto apagón tecnológico al no contar con conexión, dispositivo o competencias suficientes para manejarse en internet, algo hoy casi indispensable para desenvolverse con éxito en ámbitos como puede ser el de la búsqueda de empleo, oportunidades formativas, relaciones con la administración, ámbito escolar, etc. A pesar de sus esfuerzos, no todas las familias logran subirse a la ola de la digitalización y casi 250.000 hogares viven un apagón tecnológico.

1.6. Dificultad para no quedarse atrás en el rendimiento escolar

Se ha producido una reducción severa del rendimiento escolar en una de cada tres familias. Muchas familias no se sienten con capacidad suficiente para apoyar la realización de tareas escolares, y se aprecia una importante influencia de la brecha digital, ya que el 60% de hogares en los que algún menor que tuvo dificultades educativas, están sufriendo el apagón tecnológico.

1.7. La fatiga de la pandemia hace mella en la salud

Un 51 por ciento de los hogares acompañados por Cáritas manifiesta que la salud psico-emocional de sus miembros había empeorado con respecto a la situación previa a la crisis. En lo que se refiere a la salud física, también se registra un 29% de familias que manifiestan un empeoramiento de la salud física. Ambas situaciones se explican por las circunstancias especiales que vivimos, como son las situaciones de estrés y ansiedad que la pérdida de empleos e ingresos están provocando, pero también por la gran cantidad de tratamientos de salud que han sido cancelados y/o retrasados.

1.8. Se aprecia un agotamiento de la ayuda mutua y aumento de la soledad

La conciliación y las oportunidades de una mayor convivencia no han sido igual para todos, han estado muy determinadas por la composición del hogar, por el tipo de empleo que se tenía y por los niveles de renta. Una de las consecuencias del estado de alarma y de las distintas intensidades de confinamiento han sido las dificultades y las necesidades relacionadas con la conciliación, que han vivido las familias con menores de edad o con personas mayores con una situación de dependencia o discapacidad. Mientras algunas familias han podido cuidar mejor y aprovechar la oportunidad de compartir más con las personas dependientes, otras se han visto expuestas a tener que elegir entre cuidar a su familia o mantener su trabajo.

Entre las personas acompañadas por Cáritas, el 18% tuvieron que renunciar a un empleo por atender a sus hijos/as y personas dependientes. Así, por ejemplo, la fase de confinamiento más estricto y la consiguiente suspensión de las clases presenciales en centros educativos, o las actuales situaciones de confinamiento temporal de las clases escolares, pone a muchas familias, y a las monoparentales especialmente, en la difícil tesitura de tener que elegir entre mantener los ingresos por vía del trabajo presencial o quedarse en casa cuidando de los suyos.

Las familias en situación de exclusión están perdiendo redes de apoyo. Aunque las relaciones entre familiares, vecinos, amigos, etc. se han fortalecido y son más estrechas, la capacidad de apoyo material de estas redes es cada vez menor. Es decir, las familias siguen teniendo buenas relaciones, pero la calidad de dichas redes se ha deteriorado, por lo que tienen cada vez menos posibilidad de brindar apoyo, lo cual se ha intensificado durante la pandemia.

De otro lado, el aislamiento, que afecta especialmente a las personas mayores se ha visto endurecido. Si bien no es una realidad nueva, la situación de aislamiento físico a la que se han visto sometidas muchas personas mayores, ha intensificado esta situación. La vulnerabilidad social evidenciada en esta crisis también pone de manifiesto los escasos recursos que existen para favorecer los cuidados en los domicilios, lo que propicia desprotección en las personas mayores y en quienes las cuidan, ya sean empleadas o familiares.

Si bien las redes de apoyo ven debilitada su capacidad de soporte material (ayuda a buscar empleo, préstamo de dinero…), una de cada tres familias ha dejado de poder prestar apoyo a otras personas con necesidades. En el otro extremo encontramos que ha aumentado notablemente el apoyo disponible en el ámbito de los cuidados, probablemente por una situación de mayor tiempo libre ampliado por el desempleo de algunas personas cercanas

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