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TRIBUNA / Al ring con ellos. Y a puñetazo limpio

Ángel Coronado reflexiona en este artículo de opinión en la espiral de violencia en la que está inmerso el ser humano en el mundo, al hilo del conflicto entre Israel, Hamás y Palestina.

TRIBUNA / Al ring con ellos. Y a puñetazo limpio

Somos belicosos, llevamos el alma tatuada con el signo de la guerra. Y es el tatuaje que nos dice: ¡mata! ¡muere! (Hobbes dixit)

No por el contrario, aunque tampoco de acuerdo, es decir, por otra parte, nos dice Rousseau: somos gregarios, llevamos el alma tatuada con el signo del grupo, con el signo de la manada. Y es el tatuaje que nos dice: ¡nosotros! ¡ellos!

Y pensamos (apareció la oportunidad de pensar, apareció como plausible, se nos ofreció servil la siguiente idea y la hicimos nuestra): ser en ese revuelo. Lo somos y estamos en él, entre lo mío y lo nuestro, entre lo tuyo y lo malo y entre lo malo y lo vuestro, ser en esa floresta sombría y luminosa al tiempo en la que, siendo salvajes, con arcos, flechas y machetes, nos abrimos paso llevando a nuestros hijos a cuestas y matando, salvando vidas, rezando y blasfemando. Y estando y siendo en él se nos ofreció servil la idea de corretear de un lado para otro como una banda de monos aulladores, pendencieros, avaros y generosos, despiojar minuciosa y cariñosamente a nuestro amigo y morder en la yugular a nuestro enemigo. Cabalmente, ser una banda de monos aulladores.

No sé. Para mí que Hobbes tenía una idea de eso a lo que se llama hoy día “yo” diferente a la que, por ejemplo, podía tener Rousseau. Imagino que Rousseau, paseándose tanto por fuera como por dentro de sí mismo, habría entendido a Hobbes en contienda con el enemigo pero no con el enemigo dentro de sí. Nunca Hobbes pudo tener la oportunidad de conocer el pensamiento de Rousseau por la sencilla razón de que éste último ni había nacido cuando el primero había ya muerto, pero tampoco Rousseau ni acaso ninguno de los que le siguen, pudo tener una idea del “yo” tan libre de toda sospecha, tan limpia, tan simple y tan inadvertida como al parecer la tuvieron Hobbes y los de su tiempo, o la puedan tener los peces acerca del agua en la que viven.

Somos pacifistas, decimos nosotros con Rousseau. Nos gustaría serlo, imaginamos que nos confesaría Hobbes en algún oportuno momento. Y en esto pensamos que siempre hubo suicidas. Se les llamaba locos. Hoy se les llama desesperados. Y es en ese revuelo desesperante entre lo mío y lo nuestro, entre lo tuyo y lo malo y entre lo malo y lo nuestro, es en esa floresta sombría y luminosa al tiempo, desoladora madre que nos acoge, es ahí, justo ahí, decía, es ahí donde aparece ese algo al que llamamos “¡yo!”, gigantesco hasta el punto de romperse por el peso de sí mismo pero al tiempo tan frágil, indefenso, tan delicado y expuesto que parece hecho para ser pisado como eso a lo que se pisa o se da un manotazo. Una hormiga. Tan letal, por otra parte, capaz de aniquilarte de un solo picotazo. Un tigre, un mosquito tigre.

Porque aullando y rezando al mismo tiempo, eso sí, eso siempre y desde siempre, desde siempre nos hemos recomendado (y al mismo tiempo también) cada uno a nuestra manera, eso de “conócete a ti mismo”, “entra dentro”, “entérate de una vez a quién hemos expulsado del paraíso”, nos dice alguien como dándoselas de justiciero. Y una planta selvática y enorme aparece y el botánico especialista la llama culpa, y de un tajo de machete la cortamos y rebrota con el nombre de gracia o de mérito y volvemos a cortarla y hacemos leña para calentarnos, porque a todo esto inventamos el fuego.

Entre palestinos y judíos, niños, en poco más de un par de meses han muerto casi diez mil. Tantos como los hijos de San Luis aunque más desventurados. Otros tantos, heridos, buscan entre cascotes y escombros (su casa). Supongamos que buscan a sus padres, igualmente heridos o muertos. Si heridos no encontrarán lo que buscan. Si muertos tampoco.

Odio visceralmente esa frase infame que dice “Y tú más”. Odio visceralmente esa frase que acaso pronuncien (uno a uno) los de Hamás y aquéllos que la pronuncien de Israel y del Yemen y de Arabia y del Sudán, y del Sáhara uno a uno, y los de tantos y tantos lugares y a la cual, ciertamente, todos ellos rinden cumplido culto. Lo único que ocurre es que esa infame frase sale de una infame garganta, una por una, todas infames, debido a una infame causa y fruto de un infame efecto. El agresor se siente agredido porque el agredido se siente agresor. Y todo eso, decía, ocurre fuera, pero también dentro, dentro de uno, uno por uno. Tanto fuera como dentro. Tanto dentro como fuera. Tratamos ahora de meternos dentro y lo primero que advertimos es eso: odiamos visceralmente esa garganta de la que sale la infamia: “y tú más”.

Claro, nos dirán ustedes, porque visto desde dentro nadie quiere hacerse pupa.

Toma, claro, ya lo hemos dicho, al suicida, hoy, se le llama loco. Pero es que además no solo se trata de eso. Acaso solo se tratase de lo otro, lo de ponerle nombre a las cosas. Déjanos decirlo, déjanos decir lo de “tú también” en lugar de lo de “y tú más”. Somos los campeones, vale, pero déjanos responder eso otro de “somos los aspirantes”. Déjanos dibujar un cuadrilátero en el suelo. Un “campus”. Un “ring”. Y dentro del mismo déjanos. Vamos a darnos de mamporros. Un directo de Hamás. Una respuesta fulminante del otro al que llaman Netanyahu.

Nunca asistiríamos a ese combate, pero adoramos esas normas a las que tanto uno como el otro respetarían (o mejor dicho, habrían de respetar), y hasta tendríamos la esperanza de ver sentados, presenciando el combate y cada uno con su block de notas tomando cuenta del mismo, a Hobbes junto a Rousseau, incluso (¡no lo ves!¡es que no lo estás viendo!), incluso a Hamás junto a Netanyahu en un partido de fútbol entre el Barcelona y el Real Madrid, Caín y Abel, Judas y Cristo.

Y salta un cura diciendo ¡Eso ya lo tenemos! ¡ya tenemos a Cristo junto al buen ladrón!

Y le responderíamos: ¡junto al malo, por Dios Santo! ¡junto al malo, por Cristo! ¿En qué seminario te ordenaron, vamos a ver, en qué seminario?  

Fdo: Ángel Coronado

 

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