Juana Largo presenta su libro "Cuentos para leer sin estrés"
La escritora Juana Largo ha presentado este mes de febrero su último libro en el Salón de los Espejos, del Casino Amistad-Numancia. Lleva por título "Cuentos para leer sin estrés".
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La obra ha sido comentada en el transcurso del café-tertulia, por Amaya Martínez, profesora de Literatura en el Instituto Antonio Machado, y con la participación de algunos de los asistentes.
El libro lleva publicado desde octubre del 25, por la Editorial Con Eme de Mujer, feminista y de Sevilla, que tuvo su confianza en lo publicado.
El libro Cuentos para leer sin estrés reúne una colección de cuentos feministas que invitan a mirar el mundo desde nuevas perspectivas, a cuestionar lo establecido y a celebrar las voces de las mujeres y sus disidencias.
Juana Largo Lagunas es autora de novelas, relatos, cuentos y poemas, así como colaboraciones en la prensa.
Ha publicado, entre otras obras, Charles Dubois (2005), Sebastián (2006), Un ángel (Editorial El Juglar, 2015), Reina de mañana (3ª Edición Editorial Juglar, 2024), La muerte de Cándida y otros cuentos insurrectos (Lastura, 2016), Los días Lilas (poesía, 2017), Los labios rojos (Albores, 2022), Martina Garagua (2023), etc., siendo sus últimas publicaciones Los publicadores (Caligrama, 2024) y Oncala azul (Círculo Rojo, 2025).
El libro, según ha resaltado Martínez, nace del deseo de mirar el mundo con calma, pero también con hondura, de detenernos para escuchar las historias que habitan en la herida y en la esperanza.
"Juana Largo nos invita a una lectura sin prisa, pero no sin intensidad. El sosiego que propone no es evasión, sino lucidez. En estos veintitrés cuentos hay mujeres que viven, aman, resisten, y sobre todo piensan:
piensan su cuerpo, su deseo, su trabajo, su libertad. Cada relato se abre como una ventana a un mundo en el que las palabras se atreven a decir lo que durante tanto tiempo fue callado. Es, en este sentido, una obra
profundamente política, aunque no panfletaria; feminista en el mejor de los sentidos: como búsqueda de humanidad", ha subrayado en la presentación.
La portada del libro, que puede recordar al famoso cuadro El grito de Munch, muestra la angustia y la desesperación de una mujer en la que todas pueden habernos visto reflejadas en algún momento de sus vidas.
Son muchas y diversas las historias que recorren las páginas del libro y en todas ellas hay un denominador común: la incomprensión.
Juana se ha decantado de manera muy acertada por el subgénero del cuento que permite concentrar en pocas páginas una crítica social y una reflexión profunda sobre la condición de la mujer y le permite dar voz a perspectivas que tradicionalmente han sido silenciadas.
Además, subvierte los estereotipos de princesas pasivas o mujeres dependientes de figuras masculinas.
El título parece sencillo, pero encierra una paradoja luminosa. Leer sin estrés, en un tiempo que nos devora con su urgencia, es un acto de resistencia. Y escribir sin prisa, con la fidelidad del que se escucha a sí mismo, es una forma de insurrección íntima.
En sus cuentos, Juana Largo nos recuerda que el silencio puede ser tan necesario como la palabra; que la ternura no es debilidad, sino una forma de coraje.
Hay en este libro una genealogía de voces femeninas que dialogan con la autora.
No es difícil escuchar el eco de las mujeres que, durante el franquismo, escribieron desde la penumbra, desafiando las normas
impuestas por una sociedad que las quería calladas o sumisas.
Como Ana María Matute, Juana Largo retrata a personajes que cargan con la inocencia herida de quienes aprenden que el mundo no siempre cumple sus promesas.
También resuena en su escritura la hondura poética y la mirada simbólica de Concha de Marco, una autora que, desde el silencio impuesto por la censura, supo convertir la intimidad y la herida en materia de resistencia.
Su poesía explora la identidad femenina como un territorio de conflicto y de revelación.
En ambas hay un mismo impulso: transformar el dolor en lucidez, y la palabra en un espacio de libertad. Como Carmen Laforet, Juana Largo comparte el deseo de explorar la soledad, la incomprensión y el despertar interior de las mujeres que se enfrentan a un mundo estrecho, asfixiante, donde el deseo y la inteligencia femenina buscan resquicios para expresarse. Hay algo de Andrea, la protagonista de Nada, en muchas de las mujeres que habitan sus cuentos: una conciencia que despierta en medio del desencanto, una mirada que se niega a aceptar los límites impuestos.
Como Carmen Martín Gaite, explora la soledad de lo cotidiano, el deseo de comunicación y la búsqueda de un cuarto propio desde el que pensar y crear.
De María Zambrano hereda la convicción de que el pensamiento puede y debe ser poético, que la razón no basta si no está iluminada por la emoción. Y en algunos de sus personajes resuena también la ternura rebelde de Elena Fortún, esa capacidad de mirar el mundo con ojos de niña que no entiende por qué la libertad ha de tener límites.
Los cuentos de Juana Largo tienen algo de esas herencias, pero también una voz propia, clara y extrema, como ella misma define su escritura. En “Cierva”, por ejemplo, la protagonista es una mujer atrapada en un mundo que la convierte en imagen: un cuerpo expuesto, una mercancía visual.
Emma, la modelo que se siente herida por los flashes, encarna esa tensión entre lo que se muestra y lo que se oculta, entre el ser y el parecer. Su historia dialoga con las ideas de Judith Butler, quien nos recuerda que el género no es una esencia, sino una construcción: un conjunto de actos repetidos que pueden, sin embargo, ser subvertidos. Emma rompe la performance que se espera de ella y se reconoce como sujeto, no como objeto.
Su gesto es, en el fondo, una revolución silenciosa. Considera que su profesión fomenta la cosificación del cuerpo femenino y lo reduce a un mero objeto de deseo. Durante décadas, el modelaje ha promovido un ideal de belleza único, basado en cuerpos delgados, jóvenes y normativos, que excluyen la diversidad real de las mujeres. Esta concepción convierte el cuerpo femenino en objeto de consumo. La mujer, en este contexto, no es sujeto activo de su imagen, sino mercancía visual destinada a satisfacer estándares impuestos por la moda y los medios. Por ello, Emma se siente herida e insatisfecha con la vida que ha elegido.
Otros relatos, como “Disfrazada de hombre”, “El paso de Ariel”, “El hijo del tabernero”, “El tronco chica” o “Esto no lo verá Dios” van más allá del binarismo de género y muestran que la identidad es un territorio móvil, plural y cambiante. Butler diría que el cuerpo es un lugar donde el poder se inscribe, pero también donde puede resistirse.
En estos cuentos, la transexualidad no es un tema, sino una experiencia encarnada: una forma de decir “soy” frente a un mundo que intenta dictar lo que deberíamos ser. Juana Largo no escribe desde la teoría, sino desde la empatía. Su escritura nace de la escucha, del reconocimiento de la diversidad como riqueza.
La transexualidad invita a una profunda reflexión sobre la identidad, la libertad y la diversidad humana.
En lugar de concebir el género como una estructura rígida impuesta por la biología, el feminismo entiende que el género es una construcción social que puede y debe ser transformada en favor de la autonomía de las personas. Algunos de estos relatos se sitúan en la época del franquismo, el régimen impuso una moral nacionalca
tólica que concebía el sexo y el género como verdades biológicas e inmutables. Cualquier disidencia respecto a la identidad o la orientación sexual era considerada una amenaza al orden moral, familiar y patriótico del Estado. Por tanto, la transexualidad durante el franquismo fue una identidad prohibida, borrada del discurso oficial y castigada mediante internamientos, vigilancia policial, tratamientos psiquiátricos forzosos e incluso prisión.
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El cuento, ese género breve y contundente, le permite concentrar en pocas páginas una crítica social y una emoción profunda. En “Bosque”, Verónica, una Caperucita urbana huye de los lobos que la acechan; en “Caja”, Torina, una cajera, sueña con escribir un soneto a su novio, pero la rutina la devora. En todos los casos, las protagonistas intentan escapar de un destino impuesto. Como en los cuentos de Matute, el realismo se mezcla con lo
simbólico: la ciudad se convierte en bosque, el miedo en fábula, la violencia en mito contemporáneo.
La violencia machista atraviesa este libro como una sombra que no se puede ignorar. Pero la autora no la representa con morbo ni con victimismo, sino con lucidez y ternura. Entiende, como tantas escritoras antes que ella, que nombrar el dolor es el primer paso para sanarlo. En sus páginas, la violencia se
muestra como estructura, no como accidente: una red de mandatos, silencios y gestos que perpetúan la desigualdad. Frente a ello, la autora propone la educación emocional, la empatía y la palabra como formas de resistencia. En esto coincide con el pensamiento de Butler, para quien el reconocimiento del
otro —su vulnerabilidad, su diferencia— es el fundamento de toda ética posible.
El tema de la violencia machista es palpable especialmente en relatos como “Caminando con la noche a cuestas”, “Chica en la noche”, “En el psicoanalista veo cosas” o “Una casa en las afueras”. Este último resulta especialmente trágico al relatarnos la historia de Marcela, una madre que intenta salvar a su hijo de un padre maltratador, pero la justicia se lo impide. La maternidad se retrata como un territorio ambivalente: un espacio de amor y de pérdida, de creación y de límite. Juana Largo escribe a las madres
que trabajan, a las que no llegan a todo, a las que aman sin ser correspondidas o sin reconocerse en el espejo de la maternidad ideal. En ello hay ecos de Carmen Martín Gaite, que supo mirar la vida doméstica con la agudeza de quien entiende que lo personal es político. La autora nos invita a
replantearnos qué significa cuidar, quién cuida y a qué precio.
Leer Cuentos para leer sin estrés es, también, un modo de reconciliarnos con el tiempo. Nos recuerda que leer puede ser un acto de libertad en medio del ruido. Frente a la aceleración, Juana Largo nos invita a demorarnos, a mirar las grietas, a escuchar las historias pequeñas que componen la vida. Como escribió María Zambrano, “el alma sólo se salva cuando encuentra su ritmo”. Este libro nos enseña precisamente eso: a recuperar un ritmo humano, un latido propio en medio del caos.
A medida que avanzamos en la lectura, percibimos que los cuentos no sólo denuncian, sino que también sanaron algo en quien los escribió. Hay una búsqueda de sentido, una necesidad de belleza incluso en la
tragedia. Esa mirada compasiva, que no confunde compasión con condescendencia, atraviesa todo el libro.
En su lenguaje hay claridad, pero también poesía. La prosa de Juana Largo evita la ampulosidad, prefiere la precisión y la transparencia. Cada palabra está al servicio de una emoción o de una idea, sin artificio. Esa honestidad es la que convierte su obra en una experiencia cercana. Sus personajes hablan como podríamos hablar cualquiera de nosotros, pero detrás de cada frase cotidiana hay una profundidad simbólica que nos invita a reflexionar.
El libro dialoga con nuestro presente: con el estrés cotidiano, con la precariedad, con la ansiedad de tener que llegar a todo. En ese sentido, el título cobra un nuevo significado. Leer sin estrés no significa evadirse, sino resistir: resistir la lógica de la productividad que todo lo devora,
incluso nuestras emociones. Este libro nos enseña a respirar, a detenernos, a mirar con más atención la vida que tenemos delante. Y al mismo tiempo, es una obra que se proyecta hacia el futuro. En sus páginas hay esperanza, aunque una esperanza consciente, adulta. Las mujeres de estos cuentos no esperan milagros, pero tampoco renuncian a la posibilidad de cambiar las cosas. Son, como diría Ana María Matute, “criaturas luminosas en un mundo desolado”.
Cuentos para leer sin estrés nos invita a pensar en qué mundo queremos vivir, pero también en cómo queremos leer. Porque leer, en el fondo, es aprender a mirar. Y mirar con compasión y con pensamiento crítico es la base de toda transformación. Este libro nos pide que miremos con el corazón despierto, que nos reconozcamos en los ojos de sus personajes, que entendamos que las cicatrices no son debilidad, sino mapa de supervivencia. Así, cuando cerramos sus páginas, algo en nosotros ha cambiado. Hemos aprendido a respirar de nuevo. A entender que la literatura puede sanar. Y que hay voces, como la de Juana Largo, que escriben no para
escapar del mundo, sino para hacerlo más habitable. Ese es, quizá, el sentido más profundo de leer sin estrés: leer para reencontrarnos, para reconciliarnos con nuestra propia humanidad.
Este libro nos confronta con realidades duras como la violencia machista, la cosificación de la mujer o la exclusión social, pero también nos ofrece la posibilidad de imaginar otro mundo, un mundo donde la ternura no sea debilidad, donde los cuerpos no sean territorio de juicio y donde cada identidad pueda habitarse sin miedo.
Leer estos cuentos es entender que la literatura feminista no solo denuncia, sino que también repara, abraza y da nombre a lo que antes era silencio. Ojalá que, al cerrar sus páginas, algo en nosotros también cambie.Principio del formulario