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Opinión

Que no son cerdos, que no son cutos

Ángel Coronado deja volar su imaginación para ofrecer varias alternativas sobre el jardín barroco abandonado en el centro de Ágreda, tras la propuesta del PP de entablar negociaciones con los propietarios.

Que no son cerdos, que no son cutos

Diálogo narrativo.

Nosotros: Al jardincito barroco de Ágreda le han salido pretendientes. Ellos: Toma, claro. Nosotros: ¿Cuántos? Ellos: Dos en uno. Otros dicen uno en dos. Nosotros: ¿Cómo?

Ellos Como las majas de Goya. Son dos, pero miren, en los ojos solo es una.

Nosotros. Comentamos y terminamos: Milagroso. Cambio y corto.

Narrativa dialogada.

En Ágreda quieren tener su parquecito urbano que, diminuto, fuese allí como en Madrid el Retiro. Capricho disparatado, disparate caprichoso, pero siempre un derecho imposible. Ya lo tienen. Y no aludimos al Moncayo. Antes a un jardincito que a su escala (la de Ágreda) es descomunal. Existe allí un jardincito barroco. Y querer lo que se tiene no puede ser y además es imposible. Se querrá otra cosa, mariposa. ¿Quizá cuidarlo, podarlo, repararlo, conservarlo?

Yo, que los marqueses de Paredes, le diría al Ayuntamiento que una cosa es un jardín y otra es una nave, no como las de Colón sino de las que no navegan, atracadas en cualquier parte, incluso a la vera de un jardín barroco como el mío. Y ya ven, qué mejor malecón…, que un jardincito, y barroco, eeeh, como el mío. Porque no hay otro así.

Yo que el Ayuntamiento de Ágreda me pondría la corbata en su sitio y les diría a los señores marqueses que a ver si hablamos, que según digan haremos, somos responsables, y en estos casos no hay nada como preguntar, informarse y responder. ¿Una nave? Son dos sin cerdo alguno. Que no son cerdos. Que no son cutos. Que somos nosotros, es nuestro Centro Cívico

Yo que las naves (son dos), calladitas, así más guapas, y yo que el ayuntamiento de Ágreda, mirándome al espejo, una primera consulta. Ya me la estoy haciendo. Lo primero: que nunca envié a mis naves a luchar contra los elementos, e inmediatamente, y siguiendo en este enredo, me pondría a prepararlo todo para la batalla naval de Trafalgar en la que tengo puestas todas mis complacencias. Ágreda necesita, como Felipe II Trafalgar, un Centro Cívico. Y allí lo meto y a bailar. La macrogranja del cante. Las Macro naves Capitanas. Y allí lo meto y a comer. Y el par de Macro naves Capitanas al jardín, bien atracaditas al jardín.

Dicho esto, y hecho, yo que el Ayuntamiento de Ágreda iría de nuevo a los marqueses. Con flores y arrumacos, pero así. En directo y al grano: o van arreglando ustedes su jardín, o …

¿O qué…? Yo que los marqueses, al tanto de por dentro y al cuanto de por fuera, siempre con toda franqueza, ensayaría respondiendo de la siguiente manera: ¿Se refieren ustedes a los amarres y a las maromas? Lo siento, señores, señores de Ayuntamiento Mis amarres son estatuas y mis maromas collares de flores. Y yo, que no quiero meterme donde no me llaman, pero tampoco ser descortés, les contestaría de la siguiente manera:

Por Dios, Por Dios, señores marqueses. Hace tiempo lo sabemos… Nos gustaría tener un parquecito…

Atiza, como a mí, que ya lo tengo, ja, ja, ja…. Hablamos. Adiós, Señora. Adiós, Señores. Muy buenas. Que ustedes lo pasen bien. Y de forma inmediata los de Ayuntamiento (Ágreda) pensaron en los de Soria (Carlitos). ¡Rumbo a Soria! ¡Y a toda vela.

Cadosa. Y al punto la primera rotonda. Cambio y corto.

Diálogo cabreado.

De ayuntamiento. Ágreda ¡Carlitos!  Somos los de Ágreda. Nos metimos en algo como en una rotonda sin saber por dónde salir para ir por donde antes se iba a donde queremos ir, a tu Ayuntamiento. Parpadeamos intermitentemente. Nada. Cambio de marcha. Ahora ya sí. Aceleramos en primera, nos pasamos por donde podemos al punto muerto y dejamos la rotonda para entrar en seco al freno, frente al semáforo y de nuevo al punto muerto, Carlitos.

Carlitos: ¿Cómo?

De ayuntamiento. Soria, digo Ágreda: Comiéndonos cuatro blasfemias crudas. Clavo el coche. Ni amarillo ni verde. Lo clavo al rojo vivo ante la cebra. Un tullido se cruza y corresponde agradecido al tiempo que un patinete cagaprisas le ataca por detrás. Correspondo agradecido. El salvaje patinete me saluda por error y sonriente. Arrancamos rugiendo, Carlitos. Luego te llamo… Que el marqués quiere humanizar un jardincito… Lo que no quita que a mí, los jardines… ¡Quiá! Con el Moncayo me basta, pero con un jardincito junto a mis Macro naves Capitanas…, como eso no hay nada. Jamón, jamón, Carlitos. Hablamos. Cambio y corto

Narrativa barroca.

Dos por cuatro. Clave de sol. Tempo sostenido. Sostenuto (en esto del canto los italianos mandan). Al pobre Don Gabriel en su casita de El Escorial le tuvieron mirando al techo mientras Luigi Boccherini daba su do de pecho mirando al suelo. Cabe suponer que el jardincito barroco de Ágreda fuese diseñado por esa época en la que todo estaba iluminado por lo francés. Luces pata blanca de lo que SI. Luces pata negra de lo que NO (menos en el canto, era Francia, barrocona y con peluca, la mandona por entonces). Solo una luz, como la del Guernica sobre la tragedia, ilumina el Laberinto y el Minotauro y el Capricho y el Disparate. Cambio y corto

Soliloquio goyesco

Y de las majas qué…, porque aparte Boccherini y lo gabacho, solo nos queda el Deseado (luego Indeseable), ¡puaff! y sobre todo Don Francisco, sí, el de las majas, dos en una. Una en dos. Si Goya viviese, grabaría un Disparate titulado: “No son cerdos”. Y trasparente de luz, bellísimo, el rostro de una maja, solo una, escuchando algo sobre un fondo confuso y oscuro. Unos marranos marranean hocicando por el suelo mientras el porquero la mira, seboso, desdentado, sonriendo y así; Vuelan murciélagos sobre unas naves. Ya te veo, Ya te oigo, Ayuntamiento, ya te veo ceremonioso. ¡Señores marqueses!: pasen ustedes, pasen. ¿Una copita? ¡El Centro Cívico invita! Cerdos ni uno. Que no son cerdos. Que no son cutos.

Yo que Goya, dado que la Junta cierra el yacimiento de Numancia, de Tiermes y hasta el milagro de San Baudelio, y que la puerta barroca del jardincito barroco de Ágreda ya la tienen bien cerrada y que cerdos, lo que se dice cerdos, cutos, ni uno, yo que Goya, decía, grabaría ese Disparate, no por nada, pero a decir verdad, lo que queremos es darle a D. Francisco un capricho, que bastantes y nunca suficientes nos dejó, sordo, sin decir palabra, testigo implacable de lo que pasaba y sigue pasando para volver a pasar.

Fdo: Ángel Coronado

 

 

 

 

 

 

 

 

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