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Opinión

Presumiendo. Insultando presumidos 

Ángel Coronado incide en este artículo de opinión en torno a la presunción de inoncencia para todo el mundo.

Presumiendo. Insultando presumidos 

La humanidad, en su conjunto, no es mala, aunque tampoco buena. Nunca la veremos, a una, cometiendo crímenes totales, ni amigos todos, cogidos de la mano y cantando a coro sumarísimo el corro de la patata. Pero de uno en uno sí, los hay malos y también buenos, diríamos que al cincuenta por ciento aproximadamente, porque de lo contrario, los mayoritarios, a lo largo del tiempo, acabarían comiéndose crudos a los minoritarios que irían decreciendo hasta llegar a ser, ¡menuda paradoja, de ser éstos los malos!, una especie protegida, ¡mala hierba! ¡con abono y en invernadero! Los tendríamos recluidos en reservas, especie de jaulas, como hacían los conquistadores, verdaderos creadores de colonias (no de perfumes sino de colonias territoriales ricas en oro, plata, especias, azúcar, caucho, clavo, pimienta, patatas y remolacha, esclavos, esclavas, se me olvidaba) para trasformar sus reinos en reinos coloniales a los que llamaban, y llaman, y llamamos, imperios.

Algún mecanismo natural estará por ahí nivelando esas estadísticas y manteniéndolas en la media saludable del cincuenta por ciento riguroso para un tiempo determinado, que suponemos bastante largo. Yo creo que con quinientos, mil, o mil quinientos años ya va bien. Ahora estaremos, por lo tanto, en uno de esos espacios temporales que por lo que venimos observando dominan los malos, pero lo decimos lejos de todo pesimismo, porque para ser optimistas de un futuro mejor no hay nada tan bueno como estar en marea baja.

En este sentido nos parece de perlas lo de observar la presunción de inocencia para todo el mundo, no sea que sin advertirlo ni poderlo saber, estemos haciendo referencia a alguien de los del bando malo. Por si acaso, vamos a presumirlo como Dios manda, vamos a presumirlo bien otorgándole gratis nuestra presunción de inocencia dirigida concreta y particularmente a él, pero metiéndole, por si acaso, en esa jaula dorada. Especie protegida, ¡mala hierba, pero con abono y en invernadero!

En cualquier otra circunstancia, ni la presunción de inocencia procede como tampoco su contraria. A cualquier señor con el que te cruzas por la calle no vas a presumirle de nada. Si acaso de negro por tener la piel naturalmente negra. Si acaso de blanco, por tenerla blanca. En estas nuevas condiciones o circunstancias sería tonto, al ver a un blanco, presumirle negro, y lo mismo, al ver a un negro presumirle blanco. Y cuando vemos en la televisión al presidente de algún país africano de raza negra sería tonto presumirle blanco, como cuando vemos al rey de cualquier dinastía de seres humanos blancos, o a cualquiera de los príncipes o princesas hijos, sería igualmente tonto presumirles negros. Por eso, cuando leo en los periódicos que tal señor o señora ha sido detenida por la Guardia Civil nos parece tonto que nos digan lo que tenemos que suponer en lugar de decirnos que manteniendo la boca cerrada estamos muchísimo más guapos.

A cuenta de todo lo cual también nos gustaría decir lo que a continuación vamos a seguir diciendo: Imaginen ustedes a ese conquistador del que habíamos hecho mención antes, imaginen a ese creador de colonias, pero visto desde cualquiera de los aborígenes que, pasmados, ven cómo desembarca, pega unos cuantos tiros al aire y les dice a todos que se sienten, coño, y vuelve a pegar otros cuantos tiros aunque sin matar a nadie.

Pasmados vemos a ese conquistador, creador de colonias, pero bien calladitos sin que nadie nos tenga que decir que así estamos mucho más guapos. Y lo mejor, sin que a ninguno o a casi ninguno de nosotros excepto alguno más valiente que no solo no se sienta sino que, impotente ante el creador de colonias y sus secuaces, matones, al menos se mantiene más o menos tieso e incluso forcejea, sin éxito, naturalmente, pero forcejea. Pues bien, en esas condiciones, y no solo sentados sino escondidos entre las matas, nos parece igualmente tonto que nos digan lo que tenemos que suponer acerca del creador de colonias, del matón, lo que tenemos que suponer ahí escondidos entre las matas, como si no se pudiese saber que lo que nos pasa es que estamos muertos de miedo, de vergüenza, ¿es que no lo ve usted? ¿es que no se da cuenta? ¿es que todavía quiere usted que me esconda mejor, que se me ve? ¿es que piensa usted que ya no sirvo ni para esconderme?

Bueno, ya termino, pero no quiero hacerlo tampoco sin añadir un punto y una coma más. Imaginen que otro matón, otro creador de colonias apareciese y, haciendo frente al primero, se iniciase entre ambos algún tipo de contienda que, asomadito por entre la hojarasca y las hojas del matorral en el que estoy escondido, me diese a entender cómo, pasado el peligro, puedo ya ser valiente. Y en consecuencia me levanto de una vez y me pongo a insultar, incluso a voces, ya puesto en pie, detrás de la mata todavía sí, por si acaso, y coreado además por otros actores que sacan el pañuelo como en la plaza de toros al ver que lo hace, no el pobre toro, ya medio muerto, sino el presidente, el espada, el espadón, ¡saquen los pañuelos, coño!, y la plaza se inunda de pañuelos.

Y los insultos al presidente, al conquistador, al creador de colonias, como pañuelos a las cinco en punto de la tarde de toros, como las hojas y las flores de la primavera en el arbusto generoso tras el cual he permanecido escondido, florecen abundantes como llovidos de alguna espaciosa, amplia y eficaz letrina.

Fdo: Ángel Coronado

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