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El badajo de la campana

Ángel Coronado reflexiona en este artículo de opinión sobre la democracia y todo lo que cabe en ella y en sus partidos.

El badajo de la campana

No por toparse siempre con la campana, al badajo tenemos por brasa, pelma, machacón. Con el martillo nos pasa igual, no por siempre machacar al clavo lo tenemos por eso, como tenemos al badajo por brasa, pelma, machacón. Esto es algo que todos sabemos, pero en ocasiones parece que lo olvidamos.

Y decimos que parece, porque parecer olvido, puede que lo parezca, pero no lo es. Solo basta el conocerle, pero a nuestro vecino del cuarto, al brasa, todos le conocemos sin haberle visto nunca dándole con la cabeza, en lo alto del campanario, a las campanas de la iglesia. Como tampoco hemos visto ningún badajo que se parezca, ni de cerca, a nuestro vecino el brasa. No es olvido, aunque lo pueda parecer.

Pero queriéndolo saber, y a sabiendas de las dificultades, empezaríamos por decir algo diferente a lo que nadie, nunca, tuvo la ocurrencia de recordarnos, a saber, que un badajo no es una persona. Decir que un badajo de campana no es una persona es lo mismo que perder miserablemente un tiempo precioso, y no es eso, precisamente, lo que queremos hacer ni decir, aunque tampoco se da el caso de recordarle a nadie que un badajo es un badajo y una persona es una persona, como hiciese un día M. Rajoy, como diciendo que aquí estoy yo.

Diríamos antes, mucho antes, que machacón como el badajo ni en broma, pero no con eso habríamos terminado. La cuestión seguiría sin resolver a poco que la pensases. El badajo sigue siendo badajo, señor M, Rajoy. Y la persona igual, sigue siendo persona. Usted tranquilo, Don Manuel, como dijese un día el señor Hernández Mancha al señor Fraga Iribarne, Don Manuel Fraga, que en gloria esté.

Seguramente lo habremos dicho ya más de una vez, pero hay cosas, o mejor, hay dichos que por más que se repitan, nunca está de más el repetir. “Buenos días”, por ejemplo. Teniendo en cuenta que el año tiene 365 mañanas y todos los días dices eso a unas diez o doce personas, al cabo del año has repetido eso nada menos que 365 x 10, o 365 x 12 veces lo de los “Buenos días” y a nadie se le ha movido un solo pelo por ello. Y si en lugar de hacer la cuenta con eso de los “Buenos días” lo haces con lo de “Gracias”, o “por favor”, la cifra final se puede disparar a dos, tres o cuatro veces más sin que lo de moverse los pelos varíe.

Por eso, el gran matemático que fue Russell, Bertrand Russell, decía que todo el misterio de la ciencia matemática se reducía a la simpleza de algo tan sencillo y evidente cono es el paso del uno al dos, esto es, de lo singular a lo plural. En la serie de los números, decía, solo hay dos grupos esenciales: la unidad (el uno) y todos los demás (el plural). Acerca del infinito guardaremos reserva por ahora, pero en último extremo, y acuciados por la necesidad, digamos que lo infinito liga mejor con el uno que con el dos y con toda la patulea que lo acompaña. Lea usted a Mr. Russell, M. Rajoy.

Y por eso, la matemática moderna, opta por tener todo esto bien en cuenta. Opta por olvidarse de la simpleza del uno y del infinito, su socio, para jugar con integrales, derivadas, estadísticas y cálculo infinitesimal, eso por una parte, y por otra se olvida de todo eso para tatuarse entre los sesos eso de que un plato es un plato, un badajo es un badajo, y un señor que vive en el cuarto, brasa que te quiero brasa, es un señor que vive en el cuarto, brasa que te quiero brasa.

Y con esto hemos llegado a un punto en el que conviene decir que mucho ojo y mucho cuidado. No entendemos de política y en consecuencia no queremos meternos en ella, de la misma forma que no sabiendo volar en parapente declinamos el tirarnos por un precipicio agarrado a sus cuerdas y confiados al viento. Pero confortablemente sentado en alguna pradera en día soleado pero no caluroso y viento cero, observamos con atención el parapente, y lejos de los edificios parlamentarios del Congreso y del Senado, en esa misma pradera, hojeamos el manual de política para profanos y curiosos principiantes.

Hermoso artilugio el parapente. Hermoso artefacto el de la Democracia. Del parapente me agobia tanta tela. Comprendo que al viento, en la soledad de lo azul en altura, aún podrá parecer poca, pero aquí en tierra me agobia tanta tela. Entre la tela y las cuerdas me lío. Del artefacto demócrata me agobia la de cosas que se meten en cada partido. Me ocurre como si en la carta de un restaurante la carne, el pescado, los huevos y la verdura junto a la fruta se mezclase de todo un poco aunque eso sí, en distintas proporciones. En el partido de la carne, como acompañamiento y con el exclusivo fin de prestar algún aroma de pescado, se incluyen cocochas de lubina y caparazones troceados de cangrejo. De forma inmediata me voy al partido del pescado. Adoro la merluza, pero en lugar, yo qué sé, en lugar de alguna patata, me la cubren de frutas escarchadas con algo de aceite y trazas de costillitas lechales, pero no de cordero sino de cerdo.

Y entonces añoro unos parapentes que nunca he visto, unos platos de carne o de pescado como los de siempre, unos museos de pintura en los que no me pongan a Picasso junto a Pollock y a Velázquez, y unos partidos políticos (habría muchos, muy lejos, lejísimos del bipartidismo actual, muy lejos también de los cuatro o cinco que de alguna forma cuentan), habría muchísimos, algo así como cuarenta o cincuenta pequeños partiditos. Y cada uno con su carta correspondiente; pescado de río, pescado de mar, carne de vaca, de cordero, de caballo, de perro incluso, y tanto de liebre como de gato, y una carta para los helados de nata y otra para los de chocolate, y tartas y hamburguesas y pizzas y pasta. Imagino la carta como un pequeño diccionario y el ciudadano tendría en su cartera quince o veinte carnés, con lo que eso de llevarlo en la boca como es usual al día de hoy quedaría automáticamente obsoleto (de lo cual nos alegraríamos muchísimo), porque ya me dirán ustedes cómo llevar entre los dientes veinte o veinticinco.

Nos dirán ustedes que ya está bien de bromas, pero les diremos que de la broma al llanto no hay tanto trecho como parece. Lean ustedes a Russell, y no se olviden, por favor, ni de Simone Weill (“La Loca”, como la llamaba el general De Gaulle, no reclamaba el fin de los partidos políticos sino, al revés, elevarlos de número al “infinito”), ni tampoco del carácter indiscriminado de los “Derechos Humanos”. A Partido por Derecho. A Derecho por Partido. Y así todo el rato, señores, así todo el rato.

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