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Opinión

Lo que aún nos interpela

Por Juana Largo

Escritora

Juana Largo reflexiona en este artículo de opinión sobre lo irracional de la vida en un mundo cada día más veloz, que da para hacerse muchas preguntas.

Lo que aún nos interpela

A la vista de fenómenos tan curiosos como se dan actualmente en el mundo de la política y los gobiernos, vemos que, con el paso del tiempo en los años últimos, que van siendo cada vez más veloces y, en los cuales, con los descubrimientos tecnológicos, se nos hacen, estos tiempos, más intensos de lo que muchas y muchos queremos, sucede que nos vienen, a la luz de cada descubrimiento o paso de la tecnología –no vamos a llamarlo “ciencia”- nos dé por imaginarnos muchas cosas y muchos eventos que, antes, se hacían en siglos.

Aún colmado el planeta, nos da por preguntarnos sobre una serie de cuestiones a las que antaño, no les dábamos importancia ni el valor de las preguntas útiles, aun con toda la serie de guerras, de polémicas que se dan. Al tiempo que vemos, lectora o lector, lo que “acontece en la rúa”, como diría el libro de Machado, vemos que las preguntas se disparan:

¿Por qué ahora tiene tanto interés un eclipse de sol? ¿Por qué vemos que casi se van a poder curar los melanomas? ¿Por qué ponemos la mirada y la esperanza en Marte? ¿Por qué la irracionalidad más grosera nos hace pensar en el fascismo o semejantes ideologías?...

Y es que puede ser ya que tengamos que dejar por sentado que la Pasión por excelencia, de Cristo no es pan comido y no creemos, como creía Borges, que era una persona judía y no un Salvador de toda la humanidad. 

Y así, si sucede algún tema que se salga de lo corriente, dejamos de ser filisteos y podemos o queremos hacer que los milagros (que hasta hace poco tiempo vivían las gentes en la falta de milagros radical) sean posibles. He aquí, pues donde llegamos al caso de la vida del conde ruso León Tolstoi y nos llega a sorprender. 

¿Cómo puede ser que un señor conde ruso llegue a dejar toda su fortuna y hacienda a los siervos de la gleba o mujiks y dedicarse a la penitencia y a la espiritualidad con la compañía de Dios?

Ahora, dirían algunos, que Tolstoi estaba mal de la “tosta” e hizo una locura, ahora que esos algunos no creen tanto en Dios. ¿Y por qué, ahora, un hombre o una mujer, podría revelarse en Dios y ser santo o santa, ahora que nuestro desarrollo social es totalmente materialista? ¿Existe un santo?... 

Porque yo, pongamos, individuo de este tiempo, una especie de K kafkiano, adscrito a la ideología hegemónica, que solo depende de su sueldo y piensa en qué hará las próximas vacaciones, ¿tengo que  creer que exista un santo? Sobre todo si es un santo que saliera del enjambre de las colectividades, descubriera la mala facha del mundo y dijera que habría que creer en Dios. 

¡Para eso hay que estar fumado o tener una cabeza de chorlito y un corazón de un ratón sin dientes!...

Y luego vemos que, en la vida, sobre todo la de la naturaleza, y también en la vida socio-política, pueden pasar, de la noche a la mañana, increíbles cosas. Y somos conscientes de que un personaje de nuestro mundo actual no puede dejarse llevar por el afecto o por el dispendio universal y pensamos que andamos dormidos aun andando con los pies. 

La conclusión a la que podríamos llegar es que sería natural ver elefantes volando y que lo indescifrable puede ser un misterio que no vamos a resolver nunca, como fue el de Cristo y que tanto nos hizo avanzar en el progreso de nuestro mundo. 

Porque, al final, nos decimos que un santo puede existir y el Mayor, según el cristianismo, fue la mayor revelación de la historia que nos ha ocupado hasta nuestro tiempo. Y podemos decir todo esto, como si fuera un disparate enorme que conjuga con la virtud de todos los disparates, porque, como decía, hace un tiempo, José Bergamín, Cristo fue el mayor disparate de toda la vida. Ah, pero qué “disparate”, lleno de amor.

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