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Opinión

El rosario de la Aurora

Ángel Coronado incide en este artículo de opinión en las diferencias que se paran las mentiras de las verdades y llega a la conclusión que entre ellas no existe una buena convivencia.

El rosario de la Aurora

Entre Mentiras y Verdades, la verdad, todo hay que decirlo, no se da una buena convivencia. Tampoco (hay que decirlo también), se da una visceral oposición. De hecho, ni unas ni otras se ciñen a la realidad, suponiendo que se sepa, y ésta es otra, qué sea o pueda ser la realidad. ¿Qué es real? Porque a la llamada “materia”, por excelencia real, oponemos el espíritu, por excelencia inmaterial y, consecuentemente, a saber de su realidad, no siendo que aprovechemos la ocasión para distinguir dos realidades: la realidad material de las sandías y los melones frente a la realidad inmaterial de los pensamientos, las ideas, los sueños y las opiniones.

Al de la Barca, Calderón, no queremos enfadar, aunque tampoco (Calderón) puso nunca pie en tierra para decirnos que no, que lo real no es lo soñado sino que, a pesar de todo, hay un hecho incuestionable, y es que confundimos el uno por el otro con la misma desenvoltura que al revés, el otro por el uno.

Por otra parte, hay tantas clases de mentira como pelos en la cabeza. Y de alguna manera se podrían clasificar como Linneo, Buffon, Darwin y Lamarck hicieron con plantas y animales, o como cualquier administrador o contable puede hacer con los documentos y los papeles a su cargo, o como cualquier cocinero/a suele hacer con el menaje para guisar en su cocina. O como cualquier insultador profesional puede hacer con sus insultos, Aquí los mosquitos, allá las aves y más allá los mamíferos, porque tal y poque cual. Y aquí las ollas y allá las sartenes porque los platos y los cubiertos, donde mejor allá. Y aquí los perversos, los mentirosos y los traidores, porque los aceitunos mejor fuera de aquí.

Ignoramos las razones por las cuales todavía está por hacer la clasificación de las mentiras o las razones por las cuales el escaso interés por su clasificación las refiere siempre, o casi siempre, a una sola (o pocas) clases. Es por eso que opinamos necesario empezar por plantear las principales condiciones necesarias y a poder ser suficientes a su condición como para que un futuro vegetal o animal bien acondicionado, pudiese nacer, reproducirse y morir como es debido y, en la medida que quepa, nacido y muerto como Dios manda.

La mentira, en soledad, no puede sobrevivir. Pero en este sentido, la mentira está de enhorabuena, porque la soledad, así como suena, no existe. Siempre hubo, al menos dentro de sí, con quien hablar, a quien sonreír o increpar, por más que nunca estuviese de más el establecer una diferencia entre ese interior al que citamos en primer lugar y al que cada uno puede siempre remitirse, y ese otro conjunto exterior de los seres que no pertenecen ni podrán pertenecer al citado y para los cuales, más o menos franca, segura e inviolable, siempre hay una puerta y, en todo caso, duplicado de una llave.

Sea, pues, esa diferencia primordial. De un lado uno mismo con ese mundo interior. Del otro, uno mismo integrado e integrando ese otro mundo exterior. Dotado, además, de la posibilidad de situarse, a voluntad llegado el caso, en cualquiera de los dos. O, acaso y obligado por circunstancias, a permanecer en uno de ambos, dependiendo de lo cual, y habiendo terciado la posibilidad de mentir, tendríamos ya, en vías de una posible situación, la posibilidad de un comienzo de clasificación de mentira en ciernes.

Con respecto a la Verdad, y así, de pronto, no podríamos decir lo mismo. Que haya tantas clases de verdades como pelos en la cabeza, sí. Que podrían clasificarse como cacerolas y ollas, también, pero de la Verdad, en soledad, nadie sabría decir lo mismo que acabamos de decir con respecto a la mentira. Nadie sabe, o por lo menos a nosotros nos pasa eso, si un montoncito de cuatro pequeñas piedras, amontonado junto a otro de dos, pudiese dar un resultado de seis piedrecitas, porque la verdad, la sola existencia de cuatro piedrecitas exactamente iguales entre sí, condición necesaria para ser objeto de cualquier operación sumatoria, ya es imposible de por sí.

Y de nuevo tropezamos con la realidad, porque a cuenta de la ciencia más atenta entre todas las demás con toda clase de materia y con todo lo físico, lo que se toca y se ve, lo material, la que venimos denominando “física”, no es que tropezase con la materia, sino que haciendo de la misma su principal objeto de estudio, arribó al puerto de la incertidumbre radical con la teoría de la relatividad y la desconcertante teoría de los “Cuanta”

Entre “Naturaleza” y “Cultura” viene a ocurrir lo mismo. Ni la cultura es sobrenatural ni es inculta, y el “garrulo” tanto como el sabio se sienta si está cansado, si alegre ríe, si triste llora y si enfermo se cura o muere.

Con desaliento, vemos a la “Mentira” perfilarse sobre la “Verdad” de alguna forma desalentadora. Y esto hay que arreglarlo de alguna manera, quieras que no. Quizá no quieras, pero cuando le coges a un mentiroso, aún más tarde y con mayor trabajo del que te cuesta coger a un cojo, y sin tocarle la cara se la pones como un tomate, es natural, a nosotros nos pasa y por eso lo sabemos, te pones tan contento y tanto más fresco cuanto más rojo el tomate. Nos encanta.

Entre Mentiras y Verdades, la verdad, todo hay que decirlo, no se da una buena convivencia. Tampoco (hay que decirlo también), se da una visceral oposición, repitió. A lo que otro señor algo atrevido añadió con rapidez pero sin atropellarse: “Pues entre usted y yo, la verdad, todo hay que decirlo, no se da una buena convivencia. Tampoco (hay que decirlo también), se da una visceral oposición, pero cuando le cogí diciendo aquello, se le puso la usted la cara como un tomate. Es natural. Me puse contento y tanto más fresco cuanto más tomate se ponía usted.

Y aquello terminó como el rosario de la Aurora, y los colores se iban y volvían en una enorme confusión porque, la verdad, todo hay que decirlo, entre los dos primeros pronombres personales de cualquier conjugación, “tú” y “yo”, la verdad, todo hay que decirlo, no se da una buena convivencia. Tampoco (hay que decirlo también), se da una visceral oposición, una clara diferencia. El rosario de la Aurora.

Fdo: Ángel Coronado

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