Atolladero

Por Juana Largo
Escritor
Juana Largo apunta en este artículo de opinión que parece se ha acabado la atracción del urbanita por abrir una vida nueva en el mundo rural.
Vidas paralelas. Fernando VII y Pedro Sánchez

Atolladero
No es que nosotros hayamos inventado tal nombre en relación con las circunstancias, no solo sociales, sino también económicas, y muchas otras más, en que vivimos. El nombre, y su interpretación moderna, vienen reflejadas, tal como debíamos suponer, de las críticas de los artistas, en realidad casi solo los poetas, de los siglos XIX y XX, desde la asfixia de la Restauración francesa, pasando por el periodo de guerras mundiales, hasta nuestra más caliente actualidad.
No solo le debemos tal concepto a Rimbaud o a Baudelaire, por ejemplo, cuando nos hablaban de lo inhóspito que se había vuelto el mundo con la llegada de esa Modernidad, que ellos atacaban con verdadera rabia, hasta desembocar con los exponentes artísticos y poéticos y el mundo de André Breton y, luego, para más inri, con el tiempo del existencialismo candente en el que, sobre todo, después de la II Guerra Mundial, con existencialistas de muchos lugares, hasta destacar la figura de Sartre, teníamos un buen surtido que desembocaba incluso en el cine, hasta nuestros días en que parece que ya se han extinguido los poetas, y solo queda esa ligereza cultural de ser espectadores, del cinematógrafo.
¿Por qué se han vuelto los tiempos hacia disciplinas de cine y de sonido?, es algo que no podemos tratar aquí, pues no corresponde ahora, y de, todas formas, existen por el mundo muchos expertos que lo tratan. Y aquí vamos a tratar un aspecto que se da en la cara de la realidad, aunque sea esa cara el reverso de la actual civilización, que, por ejemplo, se da mucho en Soria, aunque también se ha dado y se sigue dando en muchas otras partes.
El mundo nos resulta un atolladero, cierto, y es algo que no se puede soportar, y resulta que gran parte de la población, al menos en España, vive en ese atolladero, en ese agobio y tiene que recurrir a algo que lo trate mejor. Porque, a nuestras alturas lo sabemos, las urbes no se soportan, no solo la cuestión de tráfico y de vías públicas, sino la misma estructura de las ciudades que parecen estar hechas para que nos torturen y no nos dejen vivir en paz.
Se hizo, por ejemplo, hace no mucho tiempo, esa película de Valdelavilla en la cual los urbanitas de Madrid y de otras partes, se llegaban al pueblo a querer, entre otras cosas, vivir una vida nueva sin tanto atosigue de su ciudad propia y buscando una segunda oportunidad en la vida personal que ellos querían llevar.
En los ámbitos artísticos o de free lance o de personal que trabaja individualmente, o que tiene ese horario que tiene y que no depende de un patrón para cumplir ese horario con todas las restricciones que supone el estar en una fábrica, aparte de por la cuestión del fenómeno de los computadores, decimos, aparte de eso, lo que se ve es que se quiere, por parte de estos operarios, vivir una vida nueva y libre en otros territorios. Como tienen la suficiente autonomía moral e intelectual, resulta que se van de los terrenos metropolitanos y urbanitas y se colocan en otros lugares.
Ahora parece indicar casi todo que el fenómeno de este tipo ha caído un poco. Se echa de menos hasta lo de ir a comprar la prensa escrita a un kiosko de las ciudades y poder, aunque sea un poco, tomar un café en una cafetería en la cual reconocer la misma condición de uno en los otros clientes, aunque resulte, como resultaba en un principio, muy molesto eso de tener que codearse con supuestos adversarios en la “folie” de las ciudades y de su vaivén de animales “spencerianos”.
La atracción por el medio rural para cobijarse del “mundanal ruido” parece ser que no está teniendo el éxito que parecía tener en un principio y se está retornando al asfalto y las luces de neón, porque, suponemos, la vida en el campo se está hasta agotando y ya no es aquella vida “salvaje e inocente” del Buen Salvaje de Rousseau que se quería encontrar.
Con solo informarse un poco, se puede recordar el tema de aquellas famosas “dachas” que los rusos tenían en tiempo de los zares, hasta que cambió la historia con otras predicaciones. Y es que el campo siempre ha atraído, como ocurre en muchos otros países igual que como ocurría en Fray Luis de León. Como incluso resultaba ser hasta en tiempos protohistóricos con griegos, romanos y egipcios, sin olvidar otras colectividades y estados que se desarrollaban de tal modo que se llegaba a desear la vida campestre porque la vida en las urbes era bastante poco inocente.
Hasta que llegó el asunto de que las poblaciones empezaron a tener problemas de comunicación con los nuevos medios maquiniles y de conexión global y los actores del asunto empezaron a ver otro rostro en las gentes de los campos y que podían ser peligrosos para los citados urbanitas, desvaneciéndose la bondad natural tanto de hombre como de naturaleza y los que habían sido aguerridos pioneros de los pueblos y villas rurales, se dieron cuenta de que el campesino también es un ser complejo, aunque no empiece en un primer momento, por usar el ordenador.
La aldea global se encuentra en su apogeo, aunque no sea más que, en ocasiones, para darnos malísimas noticias de los rincones de esa “aldea”. Se ha dado o se está dando una revolución tecnológica y ya vamos viendo que, ahora, se depende más de un conglomerado de ordenadores de un centro de computación que de la dulce vida de antaño en que, entre tecleo y tecleo podíamos ver a los campesinos trabajando todavía en el campo. La tecnología nos está metiendo en otra Edad, hasta tal punto que, en estos momentos, los ordenadores de supuestas “inteligencias artificiales” mandan más en la persona con un ego individual y contemplativo que labrando una pieza en un campo de donde sea.
Parece que la moda de los pueblos está decayendo. En nuestra tierra ha sido muy sustancioso ese producto de la cultura, pero ahora parece volverse a las ciudades, ahora bien, eso sí, con resorts y campos de tenis en los barrios obreros, algo que en algunos sitios sale bien y en otros sale mal.
La Soria nuestra de las sorianas y de los sorianos y de los visitantes, da la impresión de haber explotado ya el ámbito rural y las gaitas se templan en la capital. Este es el sentido que queríamos darle al término inicial del atolladero, algo que nos sumía en la calamidad y del cual todos queríamos huir, y ahora no sabiendo muy bien lo que puede ser dado que el mundo en general se encuentra en una tremendísima crisis que comenzó allá por lo de los Lehmans Brothers y la explosión de las burbujas inmobiliarias. Desde luego, no queremos imponer nada, ni siquiera una alternativa, el caso es que el mundo industrial-económico hizo Boom y lo que toca ahora es vivir en esta crisis que se repite, con diversas actuaciones de actores, continuamente y que ahora, sin querer ser fatalistas, pero sí realistas, va a la deriva porque, sencillamente, no sabemos ya, porque el mundo parece ser un absurdo o una aporía que, no obstante, por algunos de los políticos que se mueven en ese hábitat, tratan de manejar para sus intereses personales y fuera del Bien Común tradicional.
Y nos parece que el agobio que siente Musk con lo de irse a Marte, que es su forma de salir del atolladero, no nos concierne y nos tenemos que conformar con un medio bien tratado, que no dé en cambios climáticos ni en especulaciones sobre la naturaleza o el medio y podamos querer vivir en lugares sanos y fraternales, creemos… Por eso los sorianos tenemos que hacernos una Soria capital que nos tolere a todos y que sea protegida por ese cuidado, esa “pedagogía” que tenían los antiguos griegos con tal de no utilizar la violencia o “Hybris”. Pues, si no, los dioses y los demonios se disparan…
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