El ala de la imbecilidad
Juana Largo reflexiona en este artículo de opinión sobre las dificultades de ser poeta en busca del arte del verso, sin formar parte de una plantilla laboral.
Habitar juntos en el mundo, bajo el soplo de la solidaridad

El ala de la imbecilidad
Actualmente que, parece, que todo está institucionalizado y que, para ser poeta, hay que ser normativamente funcionario, una servidora, que acaso, si hiciera las oposiciones adecuadas para tal cargo social (ahora que casi todo el empresariado, y las administraciones, menos la ganga de los enchufes, invierten en oposiciones, aunque tengas que esperar a ese acceso al trabajo mientras te ocupas en un trabajo que no te va o que no lo puedes hacer y, sin embargo, lo haces –por mil causas-), podría ser poeta, cosa fina y deliciosa que, en la España del Paro, es algo así como una profesión preciosa y que no deja mancharte las manos, si una aspira al arte del verso, teniendo en cuenta que eso es formar parte de una plantilla laboral, y teniendo que producir lo suficiente para no ver la vida de manera draconiana, entonces vería como cambia la vida en la relación con los demás.
La vida está muy fastidiada para ser poeta “free lance”; ahora es mejor ver la vida con fe, esperanza y caridad, algo que aporte un tanto de estímulo a la Administración que se tercie.
Las administraciones no admiten en ningún currículum que, pongamos, les vaya un administrativo con poemas que tienen prohibidos, ya sean de una parte u otra de los mapas. Para ser funcionario poeta tienes que producir versos o piñas de estrofas que hablen bien del Estado, de las diferentes Administraciones. y de la justicia distributiva, todo ello aderezado con alguna que otra pintura de espigas esplendentes y de langostas orondas y con trabajadores que exponen los dientes Profiden con sonrisas ante la foto de turno para difundirlo por el país o por la UE: la lección es que, aun con los pesares, funcionan las Admones. y el Estado y todo lo que tenga que ver con el maquillaje de las diversas políticas que se hagan para dejar contento al mundo del trabajo y la producción.
Mira que el mundo es feo, podría decir cualquier optimista realista, y mira que hay que pintarlo de colores y con casitas de campo, vacas, olmos, hierba y una granja tradicional de gallinas y de cerdos: un paisaje de lo más bonito. Bueno, pues de eso se encargan los poetas, de presentar la belleza aunque sea en afeites y en proporcionar al mundo una capa de pintura de perfectibilidad o de felicidad, como dijera Aldous Huxley.
Y, sin embargo, los poetas que no son funcionarios lo pasan muy mal. Porque su poesía se nutre de las escombreras y basureros de la anormalidad. ¿Que si un poeta o una poeta es anormal? Eso lo sabe cualquiera, y ahora nos da por hablar de la limpieza moral de Occidente al menos en cuanto a leyes, y de que da gusto vivir en un supuesto Estado del Bienestar teniendo en cuenta que, igual que soldados a los frentes, surgirán poetas para los oyentes y lectores que se hallen en lugares inhóspitos de nuestras geografías. Para todo hay ilusión, cuando la vida es una puta desgracia.
Una servidora experimenta penas y dolores solo con que esté en la calle (bajo incontables peligros) y, cuando solo demuestra que va de por libre, las voces y el ruido de la calle ya la tachan de “comunista”, el mayor insulto de Occidente y parte de oriente por nuestros tiempos. Y, a veces, se ve indemnizada cuando desde una posición de barro en el suelo, escribe un poema en esa penuria, en esa inseguridad, en ese marginación, a la que se ve tan arrastrada que hasta abandona la fealdad de la vida y quiere o pretende una fortuna de billones por su trabajo, ahora que los billones están de moda (no sé si los trillones, pero pronto), cuando la usan y la tiran como un pañuelo de papel, porque Roma no paga a traidores…
A veces, tal como se encuentra en su taller, en la real porquería de la calle o en una cochera por la que paga veinte euros al mes, a la tal poeta le puede suceder algo que todo el mundo sabe pero que no dice: Que a la poeta, maniobrando con las estrofas en un ordenador portátil o en una servilleta de un bar con un lápiz, le asalta algo de lo que solo saben los expertos en la materia y que no lo sabe todo el mundo, porque el fracaso de los demás depende de las nóminas y sus grafismos, y el fracaso de los artistas y de los poetas es de otro tipo… Cuando está trabajando en un pareado o en un terceto, a la poeta que se tercie puede asaltarle algo que no se esperaba pero a lo que ha tenido siempre pánico. Les pasaba a los más indómitos y certeros por rebeldes, le pasaba por ejemplo a Charles Baudelaire.
La poeta está ante su mesa o en su caja de cartón y está haciendo algo o trata de hacerlo, y de repente le roza el cuello por detrás y una mejilla por otro lado y ve que está siendo invadida y que la van a privar del arte y del trabajo de su composición.
Lo decía el franchute que revolucionó la poesía moderna, lo decían otros, lo decía hasta Gerardo Diego, desde su puesto en el interior o (sin pensar él lo que iba a ocurrir en el futuro) en el exterior del Casino, porque él, como todos los poetas, también se encontraba expuesto a la insanidad social… Baudelaire lo dejaba ver en un escrito suyo lo del miedo que podía tener al asunto:
Dejó la escritura un día que sintió -cuando se hallaba escribiendo un verso, y luego deja de escribirlo-, cuando le sobreviene por su mejilla un cierto aire helado al cual vio peligroso…Y ese aire helado que le acometía por el cuello y la espalda y por la mejilla y por la frente y el rostro, consigue hacer que él deje de escribir:
Era un aliento especial, sintió en torno a su cuerpo y su alma el aliento del ala de la imbecilidad.