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TRIBUNA / De los cerros de Soria y el Moncayo

Ángel Coronado incide en este artículo de opinión sobre los paralelismos entre dos asuntos de polémica social y política actual como el Cerro de los Moros y la macrovaquería de Noviercas.

TRIBUNA / De los cerros de Soria y el Moncayo

TRIBUNA / De los cerros de Soria y el Moncayo 

Entre Soria con su Cerro y Noviercas con sus vacas estamos en vilo. Si me preguntas sobre lo que más importa, el alimento del espíritu o el del cuerpo, me quedo en vilo. Porque tu pregunta me lleva derecho a otro jardín en el que todos estamos como en suspenso. Me refiero al jardín del tiempo, porque ya sabemos que si el estómago se muerde a sí mismo de tanto vacío, el espíritu no está para otra cosa diferente a la de llenarlo. ¡Come, imbécil! Pasado un tiempo, un tiempo, un tiempo, no sé si diez minutos , con media hora o así bastaría, esto es, pasado un rato, un tiempo, un tiempo, un tiempo, el espíritu va y se pone en marcha sin más. Lo aprendí en Guide, en André Guide, en sus “Alimentos Terrestres”. Eso es el tiempo y es por el tiempo que me pones en vilo si me preguntas por Soria y su Cerro o por Noviercas con sus Vacas.

Entre los del Cerro, que ya no sé quiénes son aunque sepa de alguno (nuestro alcalde que no se olvide) y los de las Vacas (que la plataforma de tan alto nombre de Nueva Elevada va el primero) nos tienen en vilo a nosotros, que ya no sé tampoco quiénes somos, porque no llevamos mordido entre los dientes ningún carnet de santo y seña. Solo estamos en vilo entre Noviercas y Soria, que no hay mejor santo ni más estupenda seña que la de pensar que hasta Dios tirita con solo imaginarse al Cerro de Soria como presuntamente lo intenta vender nuestro alcalde o ver a Noviercas llena de mierda de la Vaca como Alta Elevada (¡qué nombre!) dice que no, al tiempo que se tapa la nariz entre los dedos pulgar e índice de su mano derecha)

El Cerro de los Moros, ¡cómo no!, pero no en exclusiva ni muchísimo menos. Hay otro cerro (a este me lo han dejado al pobre con minúscula por lo que ahora verán ustedes), porque me refiero al cerro Del Mirón. He recorrido sus alrededores con grandísimo interés. Justo en su cumbre se dan cita dos establecimientos de varias estrellas, Michelín no. Ponga Ud. el nombre que quiera. En este caso lo que importa son las estrellas. En uno de ellos se sirve alimento espiritual. Es la conocidísima ermita Del Mirón. A su lado el Mesón Leonor sirve alimento corporal. Su excelencia en estrellas es conocida por todos. No insisto por eso en eso.

Del Mirador tampoco hablo ahora. Nunca he visto otra cosa igual. Nunca se ha ninguneado tan a la chita callando a nadie haciendo de su efigie aire. Más aire todavía por la efigie de Leonor. Estaría bien otra efigie de aire en lo alto del cerro de Las Ánimas. Aire de Bécquer junto a más aire todavía en recuerdo de Casta. Habrá quien diga que no pillo su chispa. Pero la pillo, aunque dejemos el mirador porque ahora es un servidor el que, recorriendo los alrededores del cerro Del Mirón anota en su cuaderno de campo esto:

Es imposible alimentarse de forma espiritual desde punto alguno de tales alrededores. Es imposible adivinar que la mole del mesón, que tampoco es una catedral que digamos, tapa celosa y cuidadosamente todo rastro de la hermosísima ermita. Ningún soriano puede verla desde punto alguno de sus alrededores, desde ninguno, insisto. Pero como es de sabios reconocer el error, lo confieso. Estoy ahora repasando esos alrededores por si acaso. Mi g.p.s. me dice que estoy en la orilla izquierda del Duero, entre el puente de piedra y el perejinal, o mejor, entre el Perejinal y el puente de piedra, porque vuelvo hacia mi casa y, a una altura más o menos buena para ver, a la izquierda según voy hacia los arcos de San Juan de Duero el edificio más bien feo de la fábrica de harinas o de lo que sea, mi g.p.s. me da unas coordenadas tal y tal. Bueno, pues justo allí, no se pase usted más de dos o tres metros ni se quede a otros tantos del punto al que me refiero, justo allí gozará usted, si se queda quieto, de la vista de su querida ermita, que de tan dentro como la llevamos, ni la podemos ver sino justo allí hasta que, cansados ya de los alrededores a los que me estoy refiriendo todo el rato, te vas derecho a la cumbre del cerro, al centro de los mismos, y entonces sí. Justo entonces, cuando el deseo cruje para trepar por el fuste de nuestro Santo y besarlo, la mole del mesón espiritual del Mirón eclipsa al modesto mesoncito que levanta del suelo apenas un palmo, postrado de bruces ante la divinidad. No te asomes a las faldas del cerro, por favor. Si te atreves, verías una cascada de pisos mesoneros descendentes que da vértigo. El mesón Leonor no es alto. Como si todo fuese culpa del Cerro

Bueno, ¡y qué!

Buena forma de preguntar lo que presuntamente ya supones que sabes.

Bueno, pues que entre Soria con sus Cerros y Noviercas con sus Vacas estamos en Vilo. Vilo es un lugar de esos en los que se te siega la hierba debajo de los pies. Vilo es una especie de Limbo de los Justos. Desde que se ha dicho que en el portal de Belén ya ni vasca ni mula y que lo del Limbo es falso, pasa como si el polo magnético de la Tierra hubiese cambiado y las brújulas no funcionasen. Ya no me refiero ni a los machadianos del Cerro (en esa muchedumbre mundial se han colado polizones) ni tampoco a los de Nueva Elevada de Noviercas que pasea por El Moncayo bajo palio (leyendo su declaración de principios, junto a su presidente, yo es que lloro). Me refiero a Vilo, ese lugar en el que estamos unos cuantos entre los cuales me cuento.

Fdo. Ángel Coronado

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