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TRIBUNA / Paracaidistas ¡Absteneos!

Ángel Coronado reflexiona en este artículo de opinión sobre el caso de Villaseca de Arciel, donde los electores han hablado sin ejercer su derecho al voto. Y han dicho no a la presentación de paracaidistas en su pueblo.

TRIBUNA / Paracaidistas ¡Absteneos!

Al caso Villaseca llamaremos caso poliédrico porque presenta muchas caras, por lo que de aquí en adelante, de no indicar lo contrario, hablaremos de lo que fuere sin mencionar ese nombre pero con él metido siempre en la cabeza.

Tan pequeño es el pueblín, que mencionarlo al compás del que aparece en el pensamiento sonaría raro. Nosotros lo seremos pero Villaseca nunca podrá ser, para nosotros, rara, y cuando hablamos aquí, en este medio, lo hacemos para otros en primerísimo lugar, cuidando siempre de que también, el importante lugar al que llamamos nuestro, ese que aguanta mirada en cualquier espejo,  coincida con el  otro, el esencial, ese, el caso Villaseca de Arciel al que le sobran espejos.  

El prodigio de hablar en silencio. El prodigio de formar parte de una comparsa bullanguera sin participar en ella. El prodigio de saber contestar en silencio. El prodigio, esa cosa que contesta cuando se le pregunta y que pregunta sin esperar respuesta. El milagro sin divinidad ninguna en la que descargar, descansar, confiar o, para decirlo francamente, sin esa divinidad a la que solemos despachar, cuando molesta, diciendo que “me llamo Lucas.”

La virtud de ubicar el mérito allí donde el mérito debe habitar, dentro de uno mismo. Uno mismo, uno mismo en cualquier pueblín, uno mismo en cualquier poblachón disforme, uno mismo en Madrid, Barcelona, París o Londres, en cualquier Estado, país, imperio, continente o planeta, uno mismo en La Tierra. Siempre aspiraré a poderte decir con orgullo los méritos que (otra vez ante el espejo) se pudiesen apreciar, pero nunca los pondría en la mesa común del comedor, en la lengua común de la que nos proveemos todos, en un lugar, cualquiera, en el que somos y estamos con otros. Tener la virtud, en suma, de saber ubicar ese mérito fuera, Narciso, tuyo sí, pero fuera, como si fuera tuyo, como si pájaro que no paracaídas le hubieses llamado y ese pájaro, que no paracaídas, se hubiese posado. Como ese pueblín que, al fin y al cabo, debe su mérito al paracaidista habiéndole dicho: ¡Fuera!, ¡Me llamo Villaseca de Arciel!

Busco por la España Vacía y por la Llena esa virtud que, no siendo la mía, encuentro entre las cosas vacías y las cosas llenas. Busco por todas las elecciones de todas las democracias ese silencio y ese prodigio y esa virtud. Y como somos machadianos, resulta que en Juan de Mairena entiendo encontrarlo. Ahora mismo no lo sabría decir, no recuerdo si está en Don Antonio o en su maestro Mairena. Cualquiera de ambos, sin olvidar a Martín son, como eso que busco, incomparables. Y cuando buscas algo incomparable resulta que no lo puedes decir, porque para decir algo (sustancioso además de obvio, vamos, que no se pueda obviar)) hay que compararlo con otra o con otras cosas. De lo contrario eso de incomparable se trasforma en un tapón que no te deja proseguir. Quiero proseguir. Y ante lo incomparable, imposible de citar nada mejor, busco desesperadamente alguna pequeña mancha a la que pongo bajo una lupa para verla mejor y más grande y acaso fea.

Y le diría a D. Antonio, oye Antonio, vale con que me digas que me guarde mi verdad o mi mérito o mi particular prodigio, que me lo guarde en el alma o en el bolsillo, que para el caso lo mismo da, pero de tu verdad no me dices nada. Solo me tiendes la mano para buscarla entre ambos. Bien me podrías haber dicho que tú también te guardas la tuya.

Y ahora, dicho esto, puedo imaginar a D. Antonio socarrón, o mejor, al maestro Mairena, contestar. Que cada uno de ustedes lo imaginen. Ya veo al maestro, con su lápiz y su papel, apuntando con idéntico interés cada una de las respuestas. A eso le llamo hacer camino al andar o al quedarse quieto también, al votar o al quedarse en casa sin votar, al hablar o al quedarse callado, o hacer el camino, o hacer el prodigio, o hacer el milagro. Luego, ya hecho les diría si ese camino me gusta o me da igual o, por el contrario, no.

Apuesto sin reservas por el artículo de Mario González publicado en este medio y titulado “Antenicidio”, pero consecuentemente a lo dicho, lo paso por la lupa y veo dos cosas a las que decimos no.

No conozco ni me interesan excesivamente los entresijos y vicisitudes que puedan sufrir los alimentos terrestres (un recuerdo a André Guide) una vez ingeridos. Me gusta comer el bollo, pero no sus tracto estomacal e intestinal, esenciales al médico especialista en nutrición. No lo somos. Paso por alto todos esas intrigas sin decir otra cosa que a los efectos que pretendemos no interesan y además desconocemos con el detalle preciso. Es un camino, en efecto, que por eso mismo nos invita aunque no ahora, en este tiempo electoral..

Pongo reparos también a la forma en que se sale de una contradicción justamente planteada: siempre, pero más aun en estos tiempos de ahora: los medios son a la vez imprescindibles y desechables. Deduzco, de haber entendido bien el artículo que comento, que la salida para la citada contradicción está en descalificarlos en general menos a uno. Y aunque nunca pueda estar mal dedicar al mismo cualquier elogio, ya lo hacemos publicando en él. Bien por El Mirón, pero además, y por lo menos a nosotros, ya nos gustaría también hacerlo en este otro medio y en este otro y en estos tantos y tantos otros. Menos tirarnos en paracaídas en ninguno, a nosotros nos gustaría ser llamados para posarnos en todos.

Sigamos hablando, pues, caminemos leyendo, reflexionando, comentando, vamos, como nos dice Mario González y nos diría, seguro, Mairena: caminando que es gerundio.

Fdo: Ángel Coronado

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