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Opinión

Pastillas anti-bélicas

Juana Largo reflexiona en este artículo de opinión sobre la violencia que se extiende por el mundo, en forma de guerras.

Pastillas anti-bélicas

Todos los tiempos en la historia tienen algo de dureza, unos más que otros, y son, si tuviéramos en cuenta el origen del darwinismo social, o es lo que parecen, tiempos en los cuales, a unas determinadas poblaciones, se las ponen en cuesta por la vida.

   Hay que tener en cuenta no solo las catástrofes naturales, sino también el designio de los hombres, ya sea en una zona determinada o en país o en cualquier circunscripción poblacional. En realidad, este carácter de lo pesaroso e incluso cruel de la vida, siempre se ha dado, la única diferencia con lo anterior es que, ahora, nos encontramos en la era de la globalización y, por lo tanto, no estamos enterados solo de los males de nuestro pueblo, sino de la globalidad entera y todo parece ser mucho más agobiante y ser más de dureza que en otros términos.

     El ejemplo que se suele poner siempre es el de las guerras. Ahora no son tan manuales, digamos, naturales, con espadas y lanzas, que en nuestros tiempos: son de armas sofisticadas y de enormes perjuicios si se tienen en cuenta las bombas atómicas o el ejemplo de los drones. Se podría decir que la crudeza ha aumentado de la forma tan fácil como de darle a un botoncito, y las víctimas son como si apenas hubieran aparecido, de tan contables como se ponen con solo las cifras, sin tener en cuenta las personalidades de los agredidos. Parece que la guerra no tiene lugar y sin embargo, las catástrofes de la guerra son innúmeras. E incluso se pueden dar guerras económicas, que también son dolorosas.

Existe un libro de Vargas Llosa titulado “Tiempos recios”, pero todo esto que está pasando ahora no tiene solo que ver con lo recio, sino también con la finura o delicadeza para matar de la forma más fácil y de la forma para matar en la que el verdugo sufre placer y la víctima sufre dolor. Por supuesto que las peores catástrofes, o las más odiosas son cuando, trasladadas de nuestro pueblo al nivel mundial, vemos que los líderes sienten regodeo y placer en matar y en ver cómo se elimina a los seres humanos, y de forma inmensa que se protege o se tapa con las simples cifras. ¡Si supiéramos ver en las cifras todos los caracteres humanos que hay en la carne que alimenta esas cifras, sería todo muy distinto para nuestra comprensión!...

Algún historiador calificará a nuestro tiempo como tiempo duro. No es banal la broma. Se les están viendo los dientes largos a los artífices de las matanzas y represiones. Desde luego que no son tiempos como para compararlos con los salones de París en los cuales las damas y los caballeros se divertían bailando en las fiestas con violines y grandes arañas y champán a doquier, parecía por entonces que no había ni guerras o que éstas estaban domesticadas. Seguro que no imaginaban lo que iba a ocurrir unos siglos después como ocurre ahora en que se da el “despiadamiento”. Y la no solo empatía que debiera darse, sino también la cierta comprensión que debería darse, han volado con respecto a los siglos con el paso a la industria de guerra y el paradigma de la tecnología, hasta tal punto que para los ogros hablarles de sentimiento supone algo tenue que apenas se percibe porque no se ataca con las garras, sino con el tablero puesto delante de los objetivos a batir. Ahora un ataque puede hasta ser algo meramente funcional y sin sentido que, sin embargo, se hace.

Ahora hasta parece hablar de blandenguerías, hablar de los horrores de las tiranías y de las guerras, como si fueran un mal trago que hubiera que pasar pero que hay que pasar y se pasa como quien se toma una aspirina. Las sensiblerías de las catástrofes parecen cosa de niños de Walt Disney y lo verdadero fuera la guerra como, al parecer, ha sido siempre, si queremos ser adultos. ¡Hay tal insensatez en los denegadores de las sensiblerías!...

Dos puntos y acabamos: 1º- Que la especialización en matar en nuestro siglo parece que ha subido en la Bolsa, y 2º- que ya decía Nietzsche algo así como que el hombre huye del exceso de realidad.

Y sin embargo no es así, que no sabemos cómo se puede soportar la exposición al exceso de realidad y vivir luego tan campante tomándote un vino en el bar del barrio. O estamos llenos de pastillas contra el dolor o el “algia” griega, porque nos lo recomienda el especialista médico. Pero la realidad no se soporta, son tiempos duros y tenemos que recurrir a las pastillas que nos quiten el dolor. Si no, no lo aguantaríamos: ¡Existe tal cantidad de dolor por todas partes! ¡Se está alterando tanto el medio como para que sintamos dolor!... ¡Se está poniendo la vida tan dura para los que menos necesitarían de dureza!...

Porque parece que se están naturalizando las guerras y los males. Como si fuera natural que un determinado grupo político defienda el mal y la dureza para ganar las elecciones, sea donde sea. No sabemos si la Ciencia será capaz de descubrirnos algo nuevo para que, cuando se plantee el dolor, quitarlo del medio, algo científico anti-bélico, no sabemos todavía, pues los seres humanos nos las estamos viendo ante tal tamaño de perjuicios, durezas, daños y destrucciones que algo tendrá que pasar. Antiguamente, sobre todo, las personas oraban, pero ahora no es así, porque ni el orar quita la destrucción. No encontramos la horma para nuestro zapato del “ahimsa” o la no violencia. Y lo malo también es que se parece educar a las personas en la competencia.

Habitualmente se dice por parte de los pedagogos y educadores que la educación puede salvarnos del desquiciamiento de la violencia, no solo de la violencia atroz de las guerras, con sus dirigentes, sino también de los grandes procesos de violentación de las sociedades. Y el caso es que no se soluciona solo con la educación: las redes nos lo tienen enseñado: que podemos convertirnos en señoras o señores diurnos cumpliendo con el deber de ciudadanos, pero por la noche, para quitarnos el maltrago del día, aprovechamos para ponernos al ordenador y hacer de M. Hyde: si por nosotros fuera, destruiríamos el mundo, porque ¡es tal las ganas que tenemos de quitarnos todo el pesar del mundo, como el que se dirime en las guerras…! ¡Estamos tan saturados de violencia que nos hacemos, aunque no lo queramos, tan incivilizados con la máscara del ordenador y las redes que seríamos capaces de todo el mal!... No es raro entonces que hablemos de remedios contra la violencia, en todo caso las pastillas antibélicas, de existir, vendrían muy bien. Solo hace falta un doctor que las invente.

Fdo: Juana Largo

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