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TRIBUNA/ Pega, pica, picaraza

Ángel Coronado reflexiona en este artículo de opinión de la lógica de la gramática y del valor que damos a las palabras, en un laberinto de nombres marcado por la evolución e influencias que tiene el idioma.

TRIBUNA/ Pega, pica, picaraza

Si usted quiere pelearse con su vecino solo tiene que discutir con él la lógica de la gramática. Y si acaso fallase la intentona y acabasen ustedes de croquetas o tapas, prosiga insistiendo: dos puntos, vale, y luego qué, punto y coma, (risas), dos puntos  (nuevas risas). Bueno, vale y luego qué, ¿Mayúscula?,  ¿minúscula?

Entonces vendría lo bueno. Se acabaron las croquetas. Empieza otra cosa, otra cosa mariposa. Sobreviene el primer insulto, la primera hostia , el origen de la tragedia, ocasión ésta que aprovechamos para decir algo, por ejemplo decir algo sobre el origen, el origen de la tragedia o de cualquier otra cosa. Decir algo sobre el origen.

Señores: el origen no existe. Iniciamos esta frase crucial con minúscula. La gramática lo aconseja como usual, correcta, aunque a fin de cuentas a lo Poncio Pilatos. El origen no existe, pero se da el caso de que lo necesitamos. Se da el caso también de que no siendo ni el espacio ni el tiempo cosas tan simples como a primera vista parecen, necesitamos un metro y un reloj para poder siquiera abrir la boca y seguir hablando sin que las moscas entren, asombrados ante un espacio que no se deja medir y un tiempo que tampoco se deja contar. Tenemos metro y reloj. Ni mucho ni poco. Lo justo para empezar, lo que ahora necesitamos, ese punto de partida, ese origen inexistente y anhelado. Ya hemos empezado, agarrados a nuestro metro y a nuestro reloj por si acaso.

El otro día nos asomamos al laberinto de los nombres. Algo circunstancial, vamos tirando con el uso de los nombres, pero si lo piensas un poco, los nombres, el nombre, ese nombre que no te dice nada, fulano, fulana, si lo piensas un poco, empieza a decirte cosas a las que pones punto final, o no acabas. Y no es que no queramos acabar, sino que la sola idea de no hacerlo marea. El infinito marea. Tendrá su origen, su cero inicial, pero no termina nunca. Con el infinito no hay quien pueda, aunque si lo piensas un poco, basta con ponerle un nombre. Infinito. Y a esa cosa inconmensurable, inabarcable, a esa pesadilla y a ese mareo nos lo quitamos de encima de un golpe, de un golpe nominal, de un nombre. Infinito. Una etiqueta. Gracias, etiqueta

¿Y tú quién eres?

Me nacieron, me llamaron,

¿Y tú qué quieres?

Me llamo Lucas.

Y a vivir, que son dos días. Me llamo Lucas. Y asomados al laberinto de los nombres, habíamos advertido la existencia de nombres distintos, pero clasificados en diferentes maneras de ser. Pepe es diferente a Sebastián, pero ambos difieren de diferente manera a como Pica pica (nombre latino, científico, de la urraca) difiere de urraca (nombre vulgar con que se apela, en su lugar correspondiente, a esa especie de pájaro). Pero la ciencia es terca. Tal es nuestra opinión. Y en ello tiene su gloria, su mayor virtud. Dice que ni urraca ni gaitas. A ese pájaro se le llama Pica pica. Género Pica (escrito con mayúscula) y especie pica (siempre, siempre minúscula bastardilla), y se acabó. No hay más que hablar, dijo Buffón y además con toda la razón.

Por nuestra parte somos tercos también. Nuestra terquedad nació con nosotros, pero no tiene fin. Como una especie de pecado original. Estamos en cartografiar la región en la que a ese pájaro se le llama “pega”, “pica”, “picaraza”. Sabemos que “pega”, “pica”, “picaraza” son formas corruptas de la “pica” latina. Pica se corrompió. Pica se nos corrompió en el seno de nuestra propia lengua (¿). Pega, pica, picaraza, tal es ahora nuestra propia lengua como Pica lo fue de la de César, Cicerón, Marco Antonio, Trajano y tantos otros. Pega, pica, picaraza, espléndido idioma castellano, latín corrupto decimos, lo que no le quita esplendor sino que al revés, le confiere gloria. Lo volvemos a repetir, esta cosa de los nombres nos desvela. Como una especie de pecado original. Sospechamos que la región en la que a Pica pica se llama “pega” es tal que lleva en el bolso un inocente secreto que queremos desvelar. En esa región el latín se ha corrompido menos, o de diferente manera que en ese otro en el que a Pica pica se llama “urraca”, y queremos conocer la forma en la que se configura esa región con respecto a otras. Si las ignora, evita, busca, contiene, excluye…

Y habrá quienes digan (sus razones tendrán)  que lo que importa es la esencia del pájaro, se llame como se llame. Atender al nombre, habrá quien diga, es desatender la esencia, y a la esencia no se la desatiende. Las esencias son eternas. Tendrán origen, pero nunca fin. Si usted quiere pelearse con su vecino solo tiene que discutir con él la oportunidad de atender antes al nombre de la cosa que a su esencia. Nominalistas, esencialistas. ¡Eres Lucas! ¡Me llamo Lucas! ¡Puaff! El pecado original. Al Limbo con los recién nacidos. ¡Qué crueldad! ¡Y ahora nos dicen que el Limbo no existe!

Hubo una vez un señor portugués que andaba saltando la frontera entre Portugal y España rastreando nombres que le orientasen acerca de la frontera lingüística entre sus respectivos idiomas, genéticamente emparentados con el latín. Rastreaba eso, fíjese usted qué cosa. A poco me lo matan. Era una época en que tan inocente cosa (la de rastrear esa cosa en esa frontera en ese tiempo) era peligrosa. Ni la policía salazarista ni la franquista estaban capacitadas para, fíjese usted qué cosa, para esa cosa. Cuando Don Ramón Menéndez Pidal, ginecólogo asistente al parto del idioma castellano nos habla de los primeros vagidos del idioma, no sé, Don Ramón, con todos los respetos pero pienso en eso del origen, de la esencia, yo qué sé…  Y nos fuimos al tubo unos cuantos amigos, yo que no bebo, un vasito de agua del grifo por favor, se lo agradezco. Hay quien dice de las esencias que no tienen ni origen ni fin.

Al pobre Platón le plastificaron las esencias. A nosotros nos gusta plastificar documentos. Nos gusta que duren. Eternidades. Carnets y pasaportes. Otras cosas las plastificamos nosotros sin querer. Las costumbres. Buen ejemplo. Las costumbres son quehaceres plastificados. Una costumbre, buena o mala, es algo plastificado sin querer. El plástico de las costumbres es además comestible. Y no pasa nada. Somos ávidos consumidores de costumbres a pesar de su sinsabor. Son sinsaboras, sinodoras y sinsípidas (los neologismos avasallan), pero aun así las ingerimos sin cesar. Lo malo es cuando plastificamos algo aposta. Entonces apostatamos. De una forma voluntaria, por comodidad o también por costumbre, porque hay tanto apóstatas acostumbrados como costumbres apóstatas. Apostatar, el lado malo de buscarle cosquillas al infinito. Por ejemplo, cuando alguna palabra recibe un sufijo, cuando alguna palabra se te pone de culo para que le añadas un sufijo (“ismo”, “ico”, “ano”…), romántico, romano... Algo raro pasa. Te pide que la plastifiques. Y lo haces. Algo pasa. Te está pidiendo una plastificación. Y la plastificas, la pones una etiqueta. Al pobre Platón le plastificaron (y de alguna manera nos lo dijo). Al romántico no le hables de “romanticismo”. Al pez no le hables del agua ni al garbanzo le preguntes del cocido. Mire usted, señor Espronceda, lo que pasa es que es usted un romántico empedernido. Y entonces Espronceda, el pez, el garbanzo, cualquiera, responde siempre lo mismo: me llamo Lucas. 

¿Qué pasa?

Pues que ya estás plastificando. Groucho Marx, el genio, decía que nunca se apuntaría a ningún club que le aceptase como socio. Pero a veces, caemos en la trampa. Al bueno le meten en la bolsa del buenismo y al oportuno en la bolsa del oportunismo y a Groucho le meten en la bolsa del humorismo y al mismísimo Hijo de Dios, al Cristo le hacen cristiano y a Buda le hacen budista y a Mahoma mahometano.  Necesitamos las etiquetas, ya lo sabemos, pero algo raro pasa con esto de la requetetiqueta.

Bueno, Y qué.

Pues eso, que si usted quiere pelearse con su vecino, plastifique de forma voluntaria ese acto hermosísimo del pensar. Diga usted con Descartes eso de “pienso luego existo”, pero no se quede ahí. Emule a Descartes y siga pensando, mujer, hombre, pero no plastifique más. Y si acaso viese a la palabra “idea” acercársele mimosona reculando, nunca le añada nada por detrás, no la requeteplastifique. Ni Platón conoció nunca el idealismo ni me hable del racionalismo ni me venda usted “ismos”, hombre, mujer, que ya somos mayorcitos. ¡Venga ya!

Oiga usted, por favor: ¿Cómo le llaman por aquí a ese pajarraco blanco y negro, de cola larga, que anda dando saltos a veces, y otras como un señor de pata en pata, a ese de mala fama que roba, que habla, al que un santo inocente de “Los Santos Inocentes” (Miguel Delibes, Mario Camus, Francisco Rabal, Alfredo Landa, etc., etc.) llamaba Milana, Milana bonita?

“Pega”. “Pica”. “Picaraza”

Anoto el dato y me despido. Muchas gracias, y que pasa usted una buena tarde.

Fdo: Ángel Coronado

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