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TRIBUNA / Al césar lo suyo, y lo suyo a Dios

Ángel Coronado reflexiona en este artículo de opinión sobre la existencia de leyes de imposible cumplimiento y la diferencia entre lo legítimo y lo legal, con la naturaleza como telón de fondo.

TRIBUNA / Al césar lo suyo, y lo suyo a Dios (Y a la Naturaleza que la den)

A veces imaginamos la existencia de leyes de imposible cumplimiento. Otras veces al revés, leyes inexorable quieras o no. Es un entrenamiento muy bueno para el supuesto legislador al que, gustándole los amaneceres, ordenase salir al sol, o prohibiese a las piedras, ya en el aire, caer. Dicen las malas lenguas que cuando el rey Luis XIV de Francia preguntaba la hora, el interpelado que fuere respondía siempre: la que usted quiera, Majestad.

A tales cuestiones se abren nuevas sugerencias que, como melones abiertos, se nos ofrecen. A las leyes no se las puede dejar corretear a sus anchas por el campo. Como a las ovejas el pastor, se las debe decir por aquí sí, por allí no. Tener ganas, lo que se dice ganas, tener ganas de algo así porque sí por parte del legislador, es bastante peligroso. Hay que tener ganas, pero no ganas por las buenas, pero no ganas por las malas, que tampoco es eso.

A veces imaginamos que no es el manso y el bueno, el naturalmente manso y bueno sino el travieso mangante y tergiversador el mejor perro de caza para el cazador de buenas leyes, digamos perdices y liebres, que viendo a su perro quieto, rabo tieso, pata delantera de muestra y vista derecha en la mata,  dispara una ley certera. Ese legislador, ese creador de leyes, esa especie de demiurgo que reconoce por un lado estar bajo el imperio del sol y de las fuerzas naturales como, por ejemplo, la ley de la gravedad, ha de estar, por el contrario, sobre los tergiversadores de cualquier raza o condición. Acerca de los mansos y los buenos, dispuestos siempre a obedecer, no digo que olvidarse pero sí que, soberana y relajadamente, sobre los mismos también.

Digamos que sobre todos, sobre toda la humanidad, se abre el paraguas inexorable de la naturaleza, pero la humanidad entera, todos los hombres, también, bajo ese legislador primordial, demiurgo decíamos, esa especie de paraguas menor, de paraguitas sobre tergiversadores y mansos de cualquier raza o condición, paraguitas soberano pero a la vez servidor de la madre naturaleza, del sol y de la gravedad de galaxias y escurridizos átomos, servidor del gran paraguón, paracaídas, parapente, o naturaleza y ya está.

Urge buscar al demiurgo, el único ser posible y capaz de sacarnos del formidable atolladero porque, amigos míos, no hay dios que nos ayude a esto sino con bienaventuradas promesas hacia los mansos de corazón, no hay dios que nos ayude ni hombre de la multitud que la multitud de los hombres (menos uno) reconozca unánimemente a éste (siendo éste, ese uno. ¡Ay! Majestad, la hora que usted quiera, Majestad))

La panoplia de soluciones de que la historia nos habla que se dieron y de las que ahora mismo se dan y que nosotros vemos, es algo que unos ven gracioso y otros trágico, otros ni siquiera lo ven, o si lo ven, les importa poco. A nosotros nos interesaría muchísimo ver todo esto, pero  provistos de una bata blanca, de un telescopio, un microscopio, un bisturí, unas tijeras de coser y una escoba para barrer las migajas, las sobras, los plásticos y las basuras reciclando a todo trapo, a todo reciclar. A eso podríamos llamar demiurgo. También, aunque a veces no funciona bien del todo, a lo que ha venido llamándose desde hace tiempo división de poderes, democracia, eso a lo que se ha definido como el peor de los sistemas políticos existentes a excepción de todos los demás. O también, según apuntábamos más arriba, y dado que hay conejos y liebres por el campo, cazador con su perro, que ni es posible repetir lo ya dicho, pero tampoco se debe olvidar.

Hemos leído en algún sitio de la diferencia entre lo legítimo y lo legal. Pensamos que con lo legítimo de un lado, y lo legal, y lo que no lo es legal ( mira tú, lo delictivo) por otro, pasa lo mismo que con la moneda de una parte, y  la cara, y lo que no es la cara (mira tú, la cruz) por otra. Porque si mirando a la cara y a la cruz te olvidas de la moneda, pasa lo mismo que si mirando a lo legal y a lo delictivo te olvidas de lo legítimo. A los olvidadizos les diría que no es malo ejercitar la memoria de vez en cuando, y a los mangantes que no tergiversen ni jueguen metiendo en el sombrero de copa lo legal para sacar lo legítimo, tatachín, cogido por las orejas, o tergiversando lo legítimo, tatachán, poniéndole orejas a lo legal (un recuerdo afectuoso al gran Tamariz, Juan tamariz, tatachín, tatachán, traído aquí en recuerdo tan afectuoso a su inocente y divertida magia como despreciable a las infames tergiversaciones entre lo legítimo, fuente de la ley, primero, y lo legal, ese decreto, ese Boletín, esas puñetas (que también la palabra “puñeta” se ha tergiversado), segundo.

Manga es la puñeta del juez sobre el juez, demiurgo es la puñeta del juez sobre el juez, que no la propia puñeta por separado del propio juez, ni el propio juez separado de la propia puñeta. Que ni los jueces valen conversando con los amigotes fuera de sus puñetas, como tampoco valen sus puñetas colgadas del perchero en casa.

Y tanto como nada valen las puñetas separadas del juez como las ganas sin saber de qué. Y me pasa un poco lo mismo con ¡Ya! ¡Necesito saberlo antes! Puñetas, ¿Qué Ya? ¿Ya qué?

Fdo: Angel Coronado

 

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