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TRIBUNA / Buitres al ataque

Ángel Coronado reflexiona en este artículo de opinión sobre la pasión de contar historias que, a veces, nada tiene que ver con el hambre de saber uno sino con el hambre de que lo  sepa otro.

TRIBUNA / Buitres al ataque

TRIBUNA / Buitres al ataque

Es natural. El acrónimo lo dice. A cargo de su “J” (léase “jóvenes”), los jóvenes de ASAJA denuncian buitres al ataque. Eso de que la historia no se repite quiere decir que la historia no se calca, pero repetirse, claro que se repite. Los jóvenes de ASAJA lo corroboran (santo Dios, qué palabra. Me refiero a “corroboran”.) Hace muchísimo tiempo se desconocía la realidad física de los truenos y, con eso del horror al vacío, vacío de no importa qué pero siempre referido al vacío de no saber, se teme a la ignorancia y se huye hacia el saber (cuanto más joven se sea más aprisa), no importa tampoco hacia qué clase de saber se vaya ni de la fuente que mane.

El trueno era la voz de Júpiter, decían. Júpiter se ha enfadado. Y a seguir tirando.

Se descubrió que no. Ya lo sabemos. Algo en las nubes chasca. Y a seguir tirando y con ese pavor al vacío siempre a cuestas, repitiendo la historia sin calcarla. Espera, que algunos la calcan, como los terraplanistas, pero son pocos y por eso no molestan o molestan poco. Otros, francamente más molestos, hacen al revés, resucitan trozos de la historia y te la ponen delante tan fresca. Tampoco estos repiten la historia. Un dinosaurio en Valonsadero no podría llevarnos a la era secundaria. Una pequeña bomba atómica acabaría con él, daños colaterales aparte. Perderíamos al instante la Casa del Guarda, la de Los Jurados, la tirolina, y las pinturas rupestres, y resultaría dañada la propia capital de Soria con todos sus bares y su Museo, aparte daños colaterales a cuenta de las bajas entre civiles (niños, jóvenes y viejos) de los que no hablaremos, que bastante se habla ya de lo de armas y más armas a Ucrania (fogoso Borrell) y bastante poco, ¡qué vergüenza!, de lo del Yemen, la Siria, el Irak, del Afganistán, y para que seguir con todo eso…, lo del Congo, la Nigeria, el Sudán del Sur y lo del mismo Saharaui. El Cerro de Los Moros y el Monte de las Ánimas seguirían tal cual, menos mal.

Me voy a inventar una: En un jardín de por las afueras de no sé dónde, un petirrojo ha picado en el ojo a un bebé y lo ha dejado tuerto. Iba a contaros lo del jabalí saliendo del agua y mordiendo a un bañista en el Mediterráneo, pero esa historia, con todas las de la ley, anduvo más lista. Se me adelantó. Se me acaba de adelantar también ésta, la de los buitres, y es que no damos abasto. Por no citar otra vez la de los ecologistas incendiarios. Pero más casera, como más íntima y familiar, encuentro la del petirrojo. Me apoyo en los ornitólogos que dicen del petirrojo lo que dicen. Es tímido, huidizo, pero a veces se le ve un pequeño ramalazo sinvergüenza. Come bichitos. Es carnívoro. Cuando riego el jardín se me planta, descarado sin perder su timidez chisposa. Sin duda busca los bichitos que al chorro de la regadera huyen despavoridos. Dicen los ornitólogos que, frente a otros petirrojos, es feroz. Marca su territorio de alguna manera desconocida, y cuando algún otro petirrojo se declara intruso, es feroz, feroz.

Apuesto a que ningún ornitólogo diga del buitre lo que dice del petirrojo. De acuerdo en que los buitres son mayores. De acuerdo en que su pico es pavoroso, pero señores, son carroñeros convencidos. No son ni granívoros ni, como el petirrojo, insectívoros, pero eso que digo, carroñeros por encima de todo. Como el alimoche, como ese gigante al que llaman quebrantahuesos, todos ellos pertenecientes al servicio que la naturaleza tiene instalado en los campos para limpiarlos de carroña, señores. Pregunten a la S.E.O., que tampoco cuesta tanto.

Otra cosa es la de que nunca dejaremos esa mochila que todos llevamos a cuestas, la de inventarnos historias cuando el hambre de saber aprieta, aunque tampoco podemos olvidar que la pasión de contar historias, a veces, nada tiene que ver con el hambre de saber uno sino con el hambre de que sepa otro. Ahí está Miguel de Cervantes para mayores o Andersen para niños, o los hermanos Grimm o el mismo Walt Disney con su pato Donald.

Y otra cosa (con ésta voy terminando) es ésta: uno mismo, yo me acuerdo, le contaba de niñito alguna historia a mi mamá para que ésta, siempre amorosa, me soltase una paga extra. Lo que, ya de mayor, pasé a llamar subvención. ¡Mamá! ¡mamá! Me ha dicho el profesor que muy bien, que siga siendo tan aplicado y obediente. Historias así. Una vez le dije a mi mamá no me acuerdo qué y me soltó una paga extra, esto es, una estupenda subvención. Y esta es la tercera causa o razón que se me ocurre para esa manía tan nuestra de contar historias.

¡Ah!, ¡se me olvidaba lo más importante!. No hay ninguna historia que valga, ninguna, sin orejas que la escuchen. Si tus manos la escribieron, tú verás, que no me meto. Y si además la voceas, ahí la tienes, la comida está servida. A la manía tan nuestra de contar historias me refiero.

Buitres al ataque o ecologistas incendiarios. Otros dos ejemplos bien recientes del eterno san Benito que nos aqueja; seguimos a cuestas con nuestro horror al vacío de conocimiento y lo llenamos con lo primero que se nos viene a la mano. A la pobre Naturaleza la encajan los terraplanistas la culpa, bien conocedores de que no, de que la naturaleza no sabe ni contesta de nuestras bobadas. A nosotros, los que no somos terraplanistas, nos encajan la tarea de hacer de abogados de la pobre naturaleza, ¡a nosotros!, a nosotros que bien sabemos que los truenos no son rugidos ni los buitres son aves de presa ni los ecologistas son incendiarios.

El otro día un medio de gran tirada, esto es, un medio entero, lanzó al viento la noticia de que un jabalí, surgiendo del mar en una playa, mordió a un bañista. Otro terraplanista (que yo antes me creo que la tierra sea plana a que los buitres ataquen o que los ecologistas incendien).

Fdo: Ángel Coronado

 

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