Quintanilla de Tres Barrios rememora el canto de las Ánimas
Tras resurgir el pasado año, después de más de medio siglo en el ostracismo de la representación, la pasada noche volvió a evocarse el canto de las Ánimas en la iglesia parroquial de San Lorenzo Mártir. Evento de cariz popular-religioso que formó parte en Quintanilla de Tres Barrios de los interpretaciones escenificadas por las calles del pueblo.
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Crónica y fotografías: Leopoldo Torre
Rememorando el pasado de este día bajo el telón de las tinieblas, las calles desiertas auspiciaban una atmósfera de tintes tenebrosos quedando a merced de los espíritus, del temor inculcado y la concentración en el hogar.
Las ánimas flotaban en el ambiente de la oscuridad y nadie se atrevía a moverse de la casa, con todo el séquito familiar reunido para celebrar la efeméride. Una de las calendas en las que la ligazón genealógica congregaba a todos los miembros de la familia en torno a la mesa y pasar la noche juntos.
En semejante trance se hallaban cuando el grupo de mozos llegaba a la puerta de las casas a cantar y rezar por las ánimas del purgatorio. En tiempos prolíferos de hogares abiertos el grupo se dividía en dos cuadrillas para apremiar la encomienda. Alforja al hombro, la comitiva llegaba a la puerta y daba unos toques de campanilla para avisar de su presencia. Se asomaba el cabeza de familia y se le preguntaba si quería que se cantase o solamente rezar (ocurría en supuestos de una muerte reciente). En el interior y exterior pausaba un silencio sepulcral, roto cuando el grupo de mozos entonaba la canción. Notas melancólicas, tétricas, fúnebres, brotaban de sus gargantas y compungían el espectro de la noche. Estrofas lánguidas:
Almas si queréis gozar
del divino consistorio,
dad limosna por sacar,
ánimas del purgatorio.
Si a tu padre o madre viereis,
en vivas llamas arder,
que daríais por sacarles
y no verles padecer.
Por las pobrecitas almas,
todos debemos rogar,
que las saque Dios de penas,
y las lleve a descansar.
Ánimas del Purgatorio.
Seguía un Padrenuestro, un Ave María y una breve alocución a las almas y los pecados. Al finalizar se abría la puerta y el cabeza de familia hacía entrega de un donativo en especie, que con el paso de los años solía ser en metálico.
La alforja como receptora de la colecta. Cuando los dos grupos acababan el recorrido por todas las casas se trasladaban a la puerta de la iglesia.
Allí volvían a entonar la canción y la oración y ponían punto y final a su intervención.
En la recuperar la costumbre ha cambiado el ancestral escenario. De rezar en cada casa a hacerlo exclusivamente a la puerta de la iglesia.
La mengua de hogares abiertos donde escenificar el acto y la colaboración exclusiva de los hombres modifica el modus operandi. Tampoco la alforja para recoger la donación. Nada de ello evita representar un acto tan contrito como éste. En el interior de la iglesia se congregan expectantes cuantos desean rememorar la costumbre.
En el portalillo lo hacen los cantores, emulando la misma natural costumbre, cambiando las casas por la iglesia.
La noche de los Santos tenía su ligazón en el posterior día de los difuntos. En las casas, el séquito familiar pasaba la noche para honrar la memoria de sus difuntos. En la misa, la Cofradía repartía a los cabezas de familia velas que mantenían encendidas durante la ceremonia, sentida y profunda..
La organización de los mozos
El grupo de mozos vino desempeñando un papel preponderante en la mayoría de costumbres y tradiciones del pueblo. Seguían unas normas forjadas para su función. Y establecido un organigrama: alcalde, teniente alcalde y aguaciles que entraban y salían durante un periodo de tiempo establecido.
Para formar parte de esta organización debía tener cumplidos dieciséis años. Entre las costumbres, el mozo entrante tenía que pagar la cuartilla, cuatro litros de vino, que con alguno más serviría para hacer una merienda. Debía someterse a una prueba de hombría un tanto burda y pasaba a tomar el cargo de alguacil. En tiempos prolíferos de población, a cuantía de miembros solía llegar a las tres decenas.
Eran los protagonistas de costumbres variadas: la pingada del mayo, los carnavales, enramar a las mozas por San Juan, las fiestas patronales,... y el entramado de acciones en torno a los Santos.
Dos días intensos especialmente para ellos, en los que también el resto de la población sentía los latidos.
La celebración comenzaba la noche del último día de octubre, cuando se corría la machorra, una oveja no preñada a la que se le daba rienda suelta por las calles tras la que corrían mozos y chicos para intentar que no se desviara de su camino. Difícil tarea de contención porque el animal, más ágil que sus perseguidores, solía tomarse la libertar de someter al gentío a una larga caminata por el campo.
Atrapada, casi sin tiempo para relajarse de la carrera, el animal era sacrificado por los propios mozos.
Su carne servía para alimentar a la cuadrilla durante los dos días siguientes. Solos, como frailes en su convento, comían y dormían bajo el mismo techo, en la misma morada. Hacían los guisos con la carne del animal, lo que les daban en las casas y la verdura que en ocasiones pudieran pispar por el campo.
Algo parecido a las sociedades gastronómicas vascas, pero más rústico y de bastante menos etiqueta. Pero con apetito todo sabe a gloria bendita.
Como colofón a esta noche, una cena a la que asistirían un elevado número de comensales para rememorar esa antigua costumbre.
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