Reciclar
Ángel Coronado reflexiona en este artículo de opinión sobre el reciclaje. Aboga por el que contamine, que pague, con un ejemplo clarificador.
Luz en la oscuridad

Reciclar
“Reciclar” es voz antigua que respondiendo a una vieja tradición por las razones que fueren, era de poco uso, incluso sustituida por otras palabras que, a su vez, y disfrutando de una independencia parecida, nunca llegaron a reducir a las demás a la simple condición de acepciones suyas.
El comer, digerir y hacer de vientre (como dicen en mi pueblo), es un acto de reciclaje elemental y común a todo ser vivo animal o racional, que no por ser tan natural como la lluvia o el viento deja de ser reciclaje como el trajín que, a diario, nos traemos con los restos de la cocina, las botellas de vino y sobre todo las de plástico.
Hasta ese pequeño saltito de los que tantos se dan a lo largo del día, ya es un acto inequívoco de reciclar.
El cuerpo, elevado por unos breves momentos en el seno de la atmósfera, se recicla por sí mismo sin oposición ninguna por parte nuestra. Y puestos los pies de nuevo en la tierra y reintegrados en ella, se recicla dispuesto a caminar o correr.
Recuerdo el día, ya desgraciadamente lejano en el que, para uso interno de la oficina, se nos anunció el suministro de papel reciclado. Y decimos “desgraciadamente lejano” porque gracias a una interrupción solapada (queremos decir no anunciada) y ocurrida no mucho más tarde de haber recibido las primeras resmas del bienaventurado papel, se nos hizo patente su pronta reposición por el blanquísimo, el de siempre. El suministro de papel reciclado cesó, y a nadie se nos ocurrió la idea de preguntar el por qué.
Hasta aquí nada que objetar, aunque sí algo que añadir. Un nuevo aluvión de acepciones de la voz “reciclar” se nos ha venido a cobijar bajo la misma, y tanto así, que ha sido capaz de hacernos caer en la cuenta de que, desde siempre también, nos informa de la existencia de tres tipos de reciclaje, el reciclaje para bien, el que no, antes tirando a mal, y el tercero, el que ni chicha ni limoná (como dicen en mi pueblo).
El ascensor, por ejemplo, es un artefacto en continuo reciclaje de los de ni chicha ni limoná. Recicla la subida después de haber bajado, reciclando la bajada habiendo subido, gracias a lo cual no siempre sube hasta estrellarse contra las nubes, ni siempre baja, ciego al centro incandescente de la Tierra. Pero ni ahora ni nunca, eso siempre, el reciclaje ha sido un ir y volver al mismo punto. El reciclaje para bien escoge siempre, de vuelta, un punto algo mejor, mientras que el reciclaje para mal, al revés, regresa siempre a un punto algo peor.
Y es ahora cuando vamos a volver a las oficinas (olvidamos decir entonces que oficinas oficiales, administrativas) en las que, de nuevo, blancas blanquísimas resmas de papel volvieron a inundarnos en claro reciclaje, según acabamos de exponer, para mal.
Resulta, se nos dice ya sin venir a cuento, es decir, se nos cuenta, que el papel reciclado (añadimos ahora nosotros que reciclado para bien) resulta más caro que el blanco (reciclado para mal según añadimos ahora nosotros), y además, se nos sigue contando, es mucho más feo. Y resulta que ahora, aunque no entonces, se nos ocurre a nosotros decir otras cuantas cosas.
La primera : que sin dudar un instante que el papel reciclado (añadimos ahora nosotros a lo que en su día dijese su fabricante que para bien) resulta más caro que el papel reciclado para mal (el blanco), y a saber si más feo que guapo o al revés, tampoco dudamos un instante en preguntarnos por qué, sabiendo ahora por quién (y por qué) se dice tal cosa, no dijimos entonces lo que vamos a decir ahora, que no es porque por aquél entonces no sabíamos ni dejábamos de saber, sino porque ni una cosa ni otra.
“Ser o no ser”, dijo un día Shakespeare, como podría haber dicho igual (aunque no lo dijese), “Saber o no saber”. Nosotros decimos que sin perjuicio de lo cual decimos también que ni ser ni no ser sino todo lo contrario, o que ni saber ni no saber sino lo contrario también, como ese pintor, nuestro amigo, al que nunca faltan ni el blanco ni el negro sobre su paleta, nos dice, pero tampoco los tropecientos grises, nos dice y nos dice, de los grises, hasta tropecientos mil.
El papel reciclado es más caro de obtener que el blanco, nos dicen ahora. Y al punto sabemos lo que entonces, ya digo, ni sabíamos ni dejábamos de saber pero que ahora, ya digo, sabemos. Y sabiéndolo podemos decir lo que nuestra oficina, de una forma u otra, contestó a su fabricante: pues mire usted, que no estamos aquí para pagarle la diferencia.
Pues allá que te van las resmas del blanco. Y al punto se nos hizo patente la pronta reposición por blanquísimo papel, el de siempre. El suministro de papel reciclado cesó, y a nadie se nos ocurrió la idea de preguntar el por qué, lo que ahora, por saberlo ya, citamos como ejemplo de reciclaje para mal.
¿Solo eso?
Solo eso, pero si acaso les pareciese poco, lo tendremos que añadir. Quien contamine la pague. Ya no encuentras en el mercado esa clase de papel reciclado para bien. Nadie lo quiere, nadie lo compra, pero caramba carambita, lo que se da no se quita (guardo como un tesoro seis u ocho folios de aquél papel). El Estado, fuera el que fuese (y a través de sus presupuestos), solo está para eso, para suministrar a sus oficinas esa clase de papel. Y vaya que sí lo consume. En cantidades ingentes. Sí señoro, eso es así. Y además eso, quien contamine que la pague. Todo el papel que se gastase a cuenta de la administración de cualquier Imperio, Reino, País, Estado, Embajada, Consulado, Comunidad, Provincia, Diputación, Ayuntamiento (la Tasa de la Basura, qué sinvergüenzas, Ayuntamientos), y oficinas así, a lo largo y ancho de todo el mundo, todo ese papel, siempre, del reciclado para bien. Y entre las cosas que hubiere menester, ésa la primera.
Pero no. Recuerdo el día, ya desgraciadamente lejano, en que… Y allá que te van las resmas del blanco, del reciclado para mal del mundo, para bien de cuatro.
Fdo: Ángel Coronado