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El canto de los gansos

Por Juana Largo

Escritora

Juana Largo incide en este artículo de opinión en la política tensionada que reflejan las instituciones españolas, con las elecciones generales del 29 de noviembre como telón de fondo.

El canto de los gansos

Sabido es por casi todo el mundo de Soria que, durante los últimos años en España, en el Congreso y en otros espacios, ha predominado una tendencia de gritos, abucheos, descaramientos sin nombre, insultos, groserías, estupideces e impulsos asesinos por parte de un grupo de personajes que se ha cebado con una figura, el presidente y, de paso, habiendo tomado a esa figura como el chivo expiatorio de todo lo supuestamente mal que va España con el socialismo y todo lo que éste representa tanto en España como en el resto del mundo, y esta actitud ha predominado con la atención de los aires nuevos que el trumpismo ha presentado en el mundo global (no en el periódico El Mundo) y con los cuales ha influido tanto en Israel como en Venezuela, como en Brasil como en Cuba, como en Irán, como en cualquier otra parte con la que tuviera relación ese grupo de gobernantes que ha padecido y padece todavía, sin duda, el pueblo de los USA.

Esto es un aspecto de la cuestión, el ascenso de las derechas en casi todas partes, que –lo cual llega a sorprendernos- también se ha dado en Japón… ¡Como para ir descuidada una a cualquier país de estos! Ya no se puede confiar en esos bípedos bichos implumes que son los humanos. Hasta se ha dado la mayor misantropía que se podía dar, el odio más inmisericorde y el más apabullante ruido de sables y de porrazos de las fuerzas de orden, como está pasando ahora en Francia. 

El primer mandamiento de la derecha, suponemos que es el del Orden (luego el del uniforme y luego el del clasismo y el racismo y la persecución y fomentación de los instintos que se separan de nuestro razonamiento -¿humano?- para hacernos unos borricos), pero, bueno, un orden también lo puede querer la izquierda, aunque sea un orden pro-comunista o post-socialista o pre-marxista o lo que sea, aunque parezca que la izquierda no es favorecedora del orden. Aunque, en verdad, el “orden” de la izquierda dista mucho del “Orden” de la derecha, por mucho que los gansos del Parlamento y aledaños de la Asamblea de la Comunidad de Madrid, o los del Ayuntamiento de Almeida, como también el pleno de Al Andalus, o el de Castilla y León de Valladolid, pongamos como ejemplos, lo hagan mucho más ruidoso que el de la izquierda. 

Al fin y a la postre, a la izquierda, hasta ahora, solo hemos votado las chicas, que somos menos ruidosas que los “guys” y que nos andamos con más pamplinas ante cualquier situación de complejidad, puesto que es cierto que siempre hemos estado más mandadas y solo con nuestra vocecilla no perturbamos a nadie en su cama durmiendo, aunque gritemos en medio de la calle en una madrugada de fiesta y nos desembaracemos de nuestros problemas con las diversas ingestas testosterónicas, y por eso votamos al que tenga aspecto de menos violento y bruto. Este es un tipo de orden de fiar, no el de los otros, porque el de los otros casi siempre depende de grandes altavoces, como en los tiempos de los grandísimos dictadores, y depende de rudos oídos para escuchar esos mensajes tan tremendos que nos dan las derechas (incluida la de Junts, con su, ahora, vuelta la burra al trigo…) y que nos dejan acojonadas, literalmente.

Ese orden del Parlamento, un orden que se debería escribir en letra minúscula, es un orden apetecido.

Pero hemos padecido años (¡qué digo! ¡siglos!) soportando desde la Calle del Collao de Soria esos estentóreos ruidos del Séptimo de Caballería y nos hemos tenido que tapar los oídos ante las afrentas y hosquedades al socialismo, la patria y todo lo que vaya en este sentido, algo que ha sido como una berrea que, desde la Casa de las Cortes de Madrid y esos aledaños que hemos mentado, nos ha llegado a nuestros pacíficos lares que solo se trastornan en San Juan. Insoportable ese ruido de vozarrones militares del siglo XIX con sus golpes de Estado y que ha hecho que tengamos que pensar que no, a esos no se les puede votar, oye, tanto macho y tanta hembra a la cual le falta un hervor para ser mujer. 

Si solo sirviera este argumento de los escándalos para no votar a un partido, seguramente este motivo, por sí solo sería válido. No entramos ya en más registros, en registros como los que dicen que nos quieren privatizar el país o que quieren que los trabajadores cobren menos o que solo tengamos como expansión corridas de toros. De todas formas estos aspectos también dan detalles de lo insoportable que puede dibujarse un país, no solo el motivo de la vivienda.

No vamos a entrar en programas, ni en aspectos de la tradición y de su barbarie, ni en el de los usos que no siguen el progreso y nos quieren dejar como en el siglo cuarenta mil antes de Cristo. Que estos vociferantes estén cabreados, entra dentro de las directrices de lo propio de  un mundo como es el de la burguesía que se desmorona y por lo cual sus secuaces se mesan las barbas ante tal alboroto. ¡Pero que no nos hagan ninguna tragedia ni llamen al dios Thor para que nos conduzca en la selva del rebaño!

Que nos hayan perturbado tanto entra dentro de lo irracional y que, también, ahora con la convocatoria de elecciones para el 29-N es algo que se debe valorar bastante y que podría favorecer a esas derechas, pero nadie les quita ya su canto, el canto continuo que nos han dado, un canto de gansos colapsando de fealdad el Congreso y aledaños como los que hemos nombrado, por ejemplo. Porque nos han atronado los oídos, como si estuviéramos presos en Guantánamo y nos estuvieran poniendo a los presos continuamente la rumba de las canciones del hit-parade y todo lo que nos podía atormentar. ¡No olvidamos!...

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