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Quintanilla de Tres Barrios empina el Mayo

La primavera aflora por mayo y acoge la trilogía del mes con más tradiciones en la población, en Quintanilla de Tres Barrios. La primera de las citas emblemáticas es la de la pingada del Mayo, que se completan con la de San Isidro y  la bendición de campos, y cierra ciclo el día de la Atalaya.

Crónica y fotografías: Leopoldo Torre

El renacer del paisaje se funde en consonancia con el ramillete de celebraciones que permanecen arraigadas, con brío más difuso que el de antaño aunque  no menos vinculante. El de ayer fue el primer destello, la escenificación del contexto que encierra el simbolismo de la fertilidad, el Príapo rústico de fecundidad. 

En su ancestral origen, los mayos fueron fiesta popular, remontándose a antiguas civilizaciones de fenicios y griegos cuyo evento coincidía con el primer día del mes de la eclosión de la naturaleza y tuvo connotaciones rituales totémicas a la divinidad primaveral o a los árboles.

En Hispania se adoraba a la diosa Maya o Fauna, que encarnó la fertilidad en la mitología romana con la que se celebraba la llegada de la floración. 

A tal evento concurrían mozos y mozas a divertirse con bailes y festejos.

Los jóvenes competían en trepar por el árbol hasta llegar a la picota, donde debían coger una bandera, mientras la multitud les animaba desde abajo cantando en torno al árbol. 

En la celebración del evento algunos pueblos han seguido conservando ciertas connotaciones de épocas pasadas, siguiendo la estela costumbrista de sus orígenes.

En  la población de Quintanilla de Tres Barrios, décadas atrás los mozos se desafiaban a trepar por el chopo embadurnado de grasa intentando llegar a la picota  y hacerse con el señuelo, una botella de coñac y una bolsa de naranjas.

Jaleados por la encandilada animación de los asistentes que acudían a la cita como si de un espectáculo se tratara, algunos de los competidores no pasaban del intento. Tampoco a los más atrevidos les resultaba tarea fácil. Destreza y valor la esgrimida para adherirse al sobado grosor del chopo. 

En tiempos remotos, el corte y transporte tenía lugar durante la noche. El chopo era trasladado en carro a la plaza, tirado por los mozos con tesón y valentía. Se izaba con cierto sigilo, con las casas cerradas y las gentes durmiendo.

Con gruesas pinceladas diferentes a las de aquellos ancestrales años, en los que el protagonismo de muchos de los eventos corrían a cargo de los mozos, un nutrido grupo de personas de sexo  heterogéneo participaron en la tarde de ayer en la izada de un chopo elegido entre los de mejor porte, de unas 21 varas de alzada, trasladado desde las márgenes del arroyo de la Estacada, en el paraje de la Dehesa hasta la plaza Mayor.

Previamente a la pingad se procede a desmochar las ramas dejando solo el penacho superior, como suele acontecer en la mayoría de lugares donde aún se celebra la tradición. Mucha destreza para superar la fuerza con la ayuda del remolque y el control del árbol mediante gruesas sogas. Tarea de mucha pericia por el peligro implícito de hallarse su ubicación junto al tendido eléctrico. Los vítores siempre son un complemento extra para espolear el  propósito.

Ubicación en la que permanecerá durante la calenda del mes de mayo. En el pasado, el chopo, una vez desubicado, se subastaba y con el dinero recaudado se hacía una merienda entre la cuadrilla de mozos, aunque su presencia brille ya por su ausencia. La merienda tuvo lugar ayer para reponer fuerzas y pasar una velada en buena armonía y cordialidad. Como mandan los cánones de las costumbres y tradiciones para que sigan perdurando.

 

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