Hablando con propiedad
Ángel Coronado reflexona sobre a quién pertenece la propiedad, un concepto bien diferente en función de la perspectiva con la que se aborde.
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Hablando con propiedad
Antes de continuar, o mejor dicho, antes de empezar, habría que poner en claro lo que sea o en su caso lo que se pensase que fuese el sentido de la palabra “propiedad”, o lo que se quisiese decir al empleo de la misma.
¿Somos propietarios de nuestros pulmones? Y de pensar que sí, que lo somos, ¿de qué forma? ¿de la misma forma en que pensamos ser dueños de nuestro dinero (suponiendo previamente que lo hemos ganado honestamente, es decir, sin robarlo)? Y de nuestro hijos (digamos que recién nacidos, y digamos también que con respecto a su madre, añadiendo que no antes de haber sido cortado el cordón umbilical a través del cual fuese una la vida entre ambos), somos también sus propietarios? ¿Somos propietarios de nuestro perro?
Puesto en claro todo esto, y añadiendo que aquello de lo que no cabe duda, pensamos que implantar un pulmón sano en el lugar ocupado por otro enfermo, o hacer un análisis de sangre, o curar un simple catarro, vale, en términos económicos, exactamente lo mismo se trate de un enfermo dotado de recursos económicos suficientes para ello, que de un menesteroso. Puesto en claro todo esto, decíamos, podríamos continuar o empezar a decir algo sobre si la sanidad pública bla, bla, o la privada na, na.
Mucho nos tememos que los ríos de tinta vertidos en la cuestión planteada sin haber puesto en claro previamente el sentido de la palabra “propiedad” podrían haber sido ahorrados, aparte de habernos ahorrado también insultos y discusiones originadas por el mismo motivo.
Por nuestra parte intentaremos ponerle algún remedio a este desacuerdo, conscientes de su dificultad, poque acerca de la “propiedad” no es que se hayan vertido ríos de tinta sino que además de esa tinta, y mucha más, se han vertido mares de sangre, como también (y esto lo diremos con mayor satisfacción) mares de agua limpia sin los cuales, unos y otros, no es que la historia humana hubiese sido la misma sino que, habiendo sido historia, nunca hubiese sido humana. Conscientes de lo cual diremos algo acerca de lo que pensamos al pronunciar la palabra “propiedad”. Intentaremos hablar con propiedad de la propiedad.
En su libro acerca de los filósofos presocráticos dice Colli que hubo dos posturas entre ellos a la hora de abordar el problema filosófico fundamental del que de alguna manera dependieron todos, o al menos dependiera su filosofía, a saber: la de preguntarse por el origen del mundo, de la creación. Unos se veían a sí mismos entre el conjunto de cosas creadas, o al menos de alguna de las maneras en que tal cosa es posible. Otros veían el mundo como el conjunto de cosas que les rodeaba, como si de alguna manera supuesta o tácita y más o menos advertida por ellos mismos, viesen el mundo desde la tribuna escogida por un supuesto Creador.
Bien, pero no es lo mismo ver el barco desde el muelle, antes de embarcar, que verlo ya perteneciendo al pasaje y navegando en alta mar. Tal sería el intento de ver el barco en alta mar sin formar parte de su pasaje o de ver la tierra desde el mar, como el hablar con propiedad de la propiedad, según decíamos más arriba.
Hay quien dice que el dinero lo inventó Satanás para resolver el enigma. A saber si Satanás o alguna divinidad (recordemos el refrán de ser más fácil para un camello atravesar la estrechez del ojo de una aguja que la de un hombre rico para entrar en el reino de los Cielos), pero de lo que no cabe duda ninguna es de lo siguiente: pasarán decenas o centenas, incluso millares de millones de años para dar lugar a los grandes acontecimientos de la geología que nos describe la historia de la Tierra, pero entre el mínimo acontecimiento del “tic” del péndulo de un reloj en marcha, frente al “tac” del mismo un instante después, existe la misma diferencia cualitativa que entre la separación del continente americano del gran continente Gondwana, por más que su diferencia cuantitativa sea tan brutal como es. La tradición se origina en la repetición sucesiva de acontecimientos, lo que nos permite decir que también, en la corta trayectoria de un día, se pueden originar, como de hecho acontece, pequeñas tradiciones de las que se nutren otras de mucho mayor alcance, como esa enorme ballena que se alimenta de plancton.
En tierra, ya el navío en el mar, la tradición del marino se hace presente, de la misma forma que toda la sal del mar se debe (imagen poética de Pessoa) a las lágrimas, nostalgia de tierra, del marino en el mar que se acuerda de su tierra, Portugal.
Interesante, interesante. Bellísima y poética metáfora.
Lo será, pero como cualquier cosa, a cambio de algún precio.
¿Dinero?
¡Ni un céntimo, vive Dios! A cambio, esto sí, de que todo pase por dentro.
Por dentro de quién, de cuándo y de cómo
Pues por dentro del marinero, de cuando la tradición terrena le venga en el mar o de cuando la tradición del mar le venga en tierra. A Conrad, a Joseph Conrad le ocurrió al revés que al marino portugués. A Conrad le nacieron los hijos en forma de barco.
En consecuencia y resumiendo. No creemos que nuestros hijos sean de nuestra propiedad, no, nada de cosa nuestra, nada de cosa nostra. Tampoco creemos que nuestra sangre sea nuestra, cosa nuestra, cosa nostra,
¿Y el Dinero?
El Dinero será del Diablo, si lo robas, y si lo ganas será de Dios. Y acaso te demanden, en el primer caso, o podrás donarlo y ejercer la Caridad en el segundo, pero nunca podrás referirte a él como algo de tu propiedad. Lo que firmamos y rubricamos a falta de mayor o mejor entendimiento.
Fdo: Ángel Coronado