El valle burgalés donde el Ebro marca el camino y sus ermitas cuentan historias
El Ebro entra en Valdivielso por el desfiladero de los Hocinos y lo atraviesa antes de abrirse paso de nuevo por la Horadada. Entre un punto y otro se extiende un valle muy reconocible dentro de Las Merindades, con frutales que aportan color en primavera,bosques en losque refugiarse en verano, pequeños núcleos de población que aportan calma y un paisaje modelado por el río entre la sierra de la Tesla y los páramos castellanos.
Los embalses de la cuenca del Duero, al 88 por ciento de su capacidad
En definitiva, todos los ingredientes paraque esta zona tenga una personalidad muy marcada y unos paisajes a los que es complicado resistirse.
Además del paisaje que el río Ebro ha ido formando durante millones de años,este rincón de lasMerindadestambién destaca por una concentración poco habitual de iglesias, torres, palacios yantiguas huellas monásticas que convierten la visita en una sucesión de hallazgos.
Una unión depaisaje y patrimonio que le ha valido la comparación con otros territorios históricamente unidos al turismo, pero también a la meditación y el retiro espiritual.
Rincones que inspiran, ayudan a relajarse y parar, algo cada día más necesario en esta sociedad en la que todo son prisas y visitas rápidas.
Así, es fácil entender por qué, para quienes conocen esta región, el sobrenombre de Tebaida castellana es perfecto.La Tebaida castellana: un gran legado románico.
Esa riqueza patrimonial se concreta en algunos nombres imprescindibles para entender la personalidad de Valdivielso.
San Pedro de Tejada, en Puentearenas, es una de las grandes joyas del románico de la zona y uno de los conjuntos más significativos del románico burgalés, levantado además sobre la memoria de un antiguo monasterio fundado en los primeros siglos de la Edad Media.
A ello se suman la iglesia de San Miguel Arcángel de Valdenoceda, que conserva buena parte de sufábrica románica original, y la iglesiaSan Nicolás de Almiñé, donde la torre románica y la cabecera posterior conviven en un perfil especialmente reconocible.
Este pequeño pueblo se sitúa al pie de la famosa calzada medieval del Pescado, que unía los puertos del Cantábrico con la meseta castellana.
Además de su magnífico templo, conserva unconjunto de palacios señoriales, al estilo de las casas norteñas, y un potro tradicional muy bien preservado.
También hay que nombraralaTorre de Loja en Quintana, una de las construcciones defensivas que recuerdan el peso estratégico que tuvo esteterritorio durante siglos.
Este rico patrimonio aparece repartido por el valle y se suma a otros grandes monumentos queañadenvalor a su riqueza. Iglesias, torres, palacios y antiguas construcciones defensivas se suceden de un
Perderse entre los caminos del Ebro: algunos senderos imprescindibles
A ese patrimonio se suma el peso del propio territorio.
El curso del Ebro, el desfiladero de los Hocinos y la sierra de la Tesla aportan al valle una dimensión natural que amplía mucho el interés de la visita.
No es casualidad que una parte importante de las rutas de la zona busque precisamente esa combinación de paisaje y patrimonio.

El Sendero de Valdenoceda, por ejemplo, está considerado el más largo y exigente de la red de senderos de la Merindad de Valdivielso y reúne vistas sobre el valle y el desfiladero de los Hocinos con el paso por Puentearenas y San Pedro de Tejada.
A él se añaden otros recorridos muy distintos entre sí, como el Sendero de La Tesla, con panorámicas abiertas y un paisaje más marcado por la sierra; el Sendero de Puerta, más breve pero especialmente agradecido por su entorno; o el Sendero de Fuente Sagredo, donde la ribera del Ebro vuelve a convertirse en protagonista.
A ese recorrido se incorporan también otros enclaves que amplían la experiencia del valle, como el entorno del desfiladero y la cascada de Tartalés de los Montes o las vistas que se abren desde el Castillo de Toba, dos ejemplos de cómo en esta parte de Las Merindades el paisaje gana fuerza a cada cambio de altura y de relieve.
Subir al Castillo de Toba (también llamado Castillo de Malvecino) merece la pena: desde sus muros se contempla todo el valle del Valdivielso, distinguiéndose pueblos y monumentos.
Sin embargo, su acceso no es sencillo, pues la fortaleza se asienta sobre un promontorio rocoso desde el que controlaba el paso. Para llegar a él, hay que coger un pequeño sendero que parte del pueblo Toba.