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Antigona alerta que 68 niños han sido asesinados por violencia vicaria desde 2013

 La asociación Antigona recuerda que hace ocho años la opinión pública se estremeció con el asesinato brutal de dos niños a manos de su padre, con la único propósito de dañar a su madare. Desde 2013 el registro oficial de violencia vicaria en España refleja que 68 niños han sido asesinados por sus padres.

Antigona alerta que 68 niños han sido asesinados por violencia vicaria desde 2013

El 8 de octubre de 2011, José Bretón asesinó a sus dos hijos, Ruth, de seis años, y José, de dos. Después, calcinó sus cuerpos para intentar borrar las huellas de su crimen.

Durante el juicio, sostuvo que quería a sus hijos. Sin embargo, los hechos revelaron una realidad estremecedora: aquellos niños fueron utilizados como instrumentos para causar a su madre el mayor dolor imaginable. Porque, cuando la relación de pareja se rompe, hay hombres que no aceptan perder el control sobre la mujer y convierten a los hijos que tuvieron en común en el arma más cruel para destruirla emocionalmente. Como si fueran de su propiedad. Como si, al dejar de ser su pareja, ella mereciera un castigo. El peor de todos.

La violencia de este tipo no nació con el caso Bretón. Ya existía, pero aquel asesinato brutal sacudió a la opinión pública y contribuyó a visibilizar una forma de violencia contra las mujeres que durante demasiado tiempo había permanecido en la sombra: las amenazas de arrebatarles a sus hijos, el uso de la custodia como mecanismo de coacción y, en los casos más extremos, el asesinato de los propios menores para causarles un sufrimiento insoportable.

En 2012, la psicóloga argentina Sonia Vaccaro acuñó el término Violencia Vicaria para nombrar esta forma de violencia: aquella que se ejerce sobre los hijos y las hijas con el propósito de dañar a la mujer.

Desde 2013, año en que comenzó el registro oficial de menores asesinados por violencia de género en España, 68 niños y niñas han sido asesinados por sus padres en este contexto, según las cifras recogidas en el texto original.

En 2026, la cifra señalada es de seis menores asesinados. Seis vidas truncadas. Seis infancias arrebatadas. Seis familias destrozadas por una violencia que no termina con la muerte de sus víctimas.

Y hay más. También están los hijos e hijas mayores de edad que han sido asesinados o que se han interpuesto entre sus padres y sus madres para intentar protegerlas. Personas que, por haber alcanzado la mayoría de edad, quedan fuera de las estadísticas oficiales específicas de menores, pero cuyo sufrimiento y cuya pérdida no son menos reales.

En 2026 se aprobó un proyecto de ley destinado a reforzar la lucha contra esta violencia.

Sin embargo, un proyecto de ley no es todavía una ley. Entre los anuncios y la protección efectiva sigue existiendo una distancia que puede costar vidas.

¿Cuántas víctimas más hacen falta para comprender la dimensión de esta violencia? ¿Cuántas madres tienen que perder a sus hijos para que entendamos que no existe dolor más devastador que perderlos a manos de quien también debía protegerlos?

Los hijos no son propiedad de nadie. No son instrumentos de venganza. No son armas para castigar a una mujer. Son personas. Son vidas. Son infancia.

Y mientras sigamos hablando de ellos como víctimas colaterales de una ruptura, en lugar de reconocer que son víctimas de una violencia ejercida deliberadamente, seguiremos sin comprender la magnitud del problema.

¿Llegará el día en que seamos plenamente conscientes de que, para una madre, perder a sus hijos de esta manera no es solo perderlos? Es descubrir que alguien ha convertido el amor más profundo en el instrumento de su destrucción-

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