Santos y romerías
Por Mario González
Abogado Maútico Abogados
Mario González defiende en este artículo de opinión una participación política activa, para decidir el futuro de la sociedad. El binomio religión y cultura tiende, curiosamente, a la monoculturalidad del pensamiento único que rechaza al disidente, apunta.
Atolladero
Santos y romerías
Se termina otro verano lleno de santos y romerías donde curas y políticos hacen su agosto con la inagotable fórmula del costumbrismo. ¿Todo lo que se nos ocurre es sacar a los curas y a los políticos en romería? Bien entrados en el siglo XXI, me sorprende esa parte de España que aún sigue pidiendo cosas a los santos mientras no mueve un dedo por su futuro. Un futuro que en ningún sitio cae del cielo y que es obra más de hombres que de dioses. Por muy religioso que seas –algunos lo seguimos siendo– lo de pasear al santo de turno, además de desfasado, me temo que contribuye a una pasividad que nos está matando.
La religión nos gusta cada vez menos sola. No obstante, seguimos consumiéndola en combinados culturales. Por eso, detrás de la política cultural, siguen estando los políticos y los curas. No se conforman con poner el escenario. Ellos son más de entrar en los contenidos para seguir, hoy como ayer, catequizándote. Así construyen un relato con el que esperan ganar más fieles. La Religión, la Cultura y la Historia, en sí mismas, les importan un bledo. Ellos buscan creyentes a base de dinero público y de lo que sea, incluso de santos y romerías. Paralelamente, consiguen apartarnos de la realidad y de la reflexión que necesitamos. Una cosa es la religión –que debería ser algo íntimo– y otra la cultura, que debería ser libre y a la mayor gloria del alma humana, en lugar de intervenida por políticos incultos.
El binomio religión y cultura tiende, curiosamente, a la monoculturalidad del pensamiento único que rechaza al disidente. Al final de ese túnel aparece el monopartidismo de la PPSOE que necesita rellenar los huecos entre comicios. Ahí entran la cultura y la religión. Para rellenar esos huecos, el votante es bombardeado –de ahí lo de guerra cultural– con mensajes que llegan por doquier. La política lo inunda todo, pero saben que el exceso cansa. Ahí entra el ejército de umpa lumpas que, con sus mensajes subliminales y no tan subliminales, mantienen la tensión política al tiempo que acercan la sardina de su patrocinador al ascua preparada con la publicidad institucional.
Esa guerra cultural, paradójicamente, trata de alejarte del campo de batalla. La batalla debería darse con datos e ideas, pero los imperantes y su séquito no quieren aburrirte con esas cosas. En su lugar, procuran un entretenimiento vacío para evitar que pienses porque, cuando no lo haces, entras en modo automático y te mueves dentro de las coordenadas de izquierda y derecha marcadas por ellos. En ese momento, voilá, ya estás dentro de su trinchera. La cultura, en este sentido, se ha transformado es una suerte de romería moderna que persigue llevarte hacia el santo político que maneja el presupuesto. “Todo para el público, pero sin el público y con dinero público” (José Guirao dixit).
A sensu contrario, creo que la cosa debería ir más de ciudadanía que de santería. Tús derechos y tú futuro dependen de ti y de lo que ocurra con la res pública. Esto ya no va de santos y romerías.
Por eso, si lo dejas todo en manos de unos políticos que no te representan –porque representan a sus partidos– y que han conseguido ser igual de irresponsables que el rey, la cosa pinta mal. Si no te preocupas de la política, cuando todo pende de ella, estás dejando tú vida en sus manos. ¿Tú te fías? Yo tampoco. Tenemos que tomar conciencia de dónde estamos y de adónde queremos ir para actuar políticamente en consecuencia. Tenemos que votar a quienes persigan nuestros mismos intereses, no los suyos, y dejar a un lado, definitivamente, a quienes no cumplen con lo prometido. Si repites el voto, una y otra vez y sin pensar, lo perderás todo. Tampoco te fíes de las etiquetas porque forman parte del relato, que no de la realidad.
En definitiva, si quieres dejar de ser ese “fantoche que va en romería con la cofradía del Santo Reproche” que cantaba Sabina, tendrás que tomar una participación política activa abandonando los productos culturales y religiosos ultraprocesados del Régimen del 78. Aunque son muy palatables, dan el ardor de estómago propio del desconocimiento, de la polarización y del sectarismo. La romería de la PPSOE, créeme, no va a ninguna parte. Déjate de santos y romerías y empieza a ser un ciudadano cabal.
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