Opinar en tiempos de trincheras: cuando la discrepancia se convierte en delito moral
Juan Pablo Martínez Aller apela en este artículo de opinión al derecho a opinar y discrepar, que está amenazado cada día más en el debate político, en el que el que a las voces críticas se les persigue o señala.
En un mundo abatido, hay que animarse

Opinar en tiempos de trincheras: cuando la discrepancia se convierte en delito moral
Opinar hoy es casi un acto temerario. Lo que antes era un ejercicio de libertad, ahora se parece a caminar por un pasillo oscuro donde cada puerta puede llevar a una conversación o a una hoguera pública. Ser tertuliano, analista o simplemente ciudadano con criterio propio se ha convertido en un deporte de riesgo emocional y social. Y lo más irónico es que todos presumen de tolerancia mientras afilan el cuchillo por debajo de la mesa.
La paradoja es grotesca: nunca hemos tenido tantos micrófonos y plataformas para expresarnos, pero rara vez ha sido tan incómodo hacerlo. La opinión ya no se discute: se vigila. Se pesa. Se examina con lupa. Quien se atreve a hablar sin pedir permiso se expone a un linchamiento instantáneo, organizado o espontáneo, pero siempre feroz. La libertad de expresión existe, sí, pero con la alegría de un animal enjaulado: respira porque no le queda otra.
La política actual no es un debate democrático, sino un ring donde nadie escucha la campana porque todos están demasiado ocupados golpeando. Algunos partidos han descubierto que atacar a los medios y a los opinadores sale rentable. No necesitan desmontar argumentos; basta con insinuar que quien no repite su catecismo es sospechoso de traición ideológica. Es un método barato y eficaz: si no puedes convencer, intimida.
El articulista que señala contradicciones es acusado de “enemigo del pueblo”. El tertuliano que introduce un matiz es tachado de “vendido”. El ciudadano que duda es tratado como un sacrílego. La consigna es simple: si no estás conmigo, estás contra mí. Y si estás contra mí, prepárate para el escrutinio público, esa inquisición con WiFi que nunca duerme.
Algunos partidos han convertido el ataque a los medios en deporte nacional. No importa si la crítica es legítima: lo importante es presentar cualquier voz independiente como una amenaza. Se acusa a periodistas de manipular, a tertulianos de obedecer intereses ocultos y a ciudadanos críticos de ser marionetas de “poderes oscuros”. Todo muy épico, muy útil para no responder preguntas incómodas.
El objetivo no es debatir, sino domesticar. Y en ese clima, muchos opinadores trabajan con la sensación de que cada frase puede ser usada como arma arrojadiza. La autocensura se ha convertido en el nuevo deporte nacional. No porque falten opiniones, sino porque expresarlas puede convertirte en blanco de ataques coordinados o de hordas digitales que destruyen reputaciones por entretenimiento.
La autocensura se ha infiltrado en sobremesas, redes sociales y grupos de trabajo. Antes se decía “mejor no hablar de política para no discutir”. Ahora se dice “mejor no hablar de nada para no acabar en un hilo viral”. El silencio ya no es prudencia: es defensa personal.
La libertad de expresión no consiste solo en poder hablar, sino en poder hacerlo sin miedo. Y ese componente es el que hoy está en peligro. Cuando opinar se convierte en un acto de valentía, algo se ha roto en el ecosistema democrático. La pluralidad no debería ser un lujo, pero algunos actores políticos han decidido que es más rentable asfixiarla que convivir con ella.
Quizá la salida pase por recuperar el respeto por la discrepancia. Por entender que un análisis crítico no es un ataque personal. Que un tertuliano no es un enemigo. Que un ciudadano que cuestiona no es un traidor. Si seguimos tratando la opinión como un delito moral, acabaremos viviendo en un país donde todos hablan, pero nadie dice nada. Un país donde la libertad existe, sí, pero solo si no la usas.
Fdo: Juan Pablo Martínez Aller