Lo otro y San Juan
Juana Largo incide en este artículo de opinión en el cambio de ciclo que suponen las fiestas de San Juan, en la vida social de Soria, que cambia de la noche a la mañana.
Capacitar a todas las familias; para que nadie tiemble de frío

Lo otro y San Juan
Parece que, en Fiestas, los dioses o, en su caso, los santos son próximos a cada colectividad, al acercarse a las gentes desde su pedestal, y compartir con ellas la experiencia de la vida: en su sentido tanto ritual como práctico, para que la tribu o el pueblo puedan persistir sobre la delgada capa de la tierra, aunque haya muchas formas de tomar esta práctica de la mitología.
Luego, el humán, fundamenta, en la penuria del invierno al dios y, en la plenitud del tiempo, cuando se da el solsticio de verano, el dios acude a socorrer a la tribu, se acoge al círculo de ese pueblo. Aunque no esto solo a lo que nos queremos referir. Pues de siempre el tiempo se ha abierto, no solamente al verano, sino también a las gentes, las cuales no se pueden “cerrar” en ese círculo que forman por ejemplo cumpliendo cualquier parte del ritual, pues el tiempo de la fiesta es de apertura.
Que el dios baje a compartir nuestra vida o a convertirse en alimento y amor de las gentes de esa supuesta fiesta de la tribu, no es baladí. Ocurre un poco como las rogativas, las rogativas que se hacían en siglos pasados, o hasta hace muy pocos años, cuando se daba la sequía y los labradores invocaban la presencia de los santos para que se dieran lluvias. Ahora, en este caso de las fiestas, es semejante: hemos implorado al dios su misericordia y resulta que, cuando el tiempo se abre, aunque no sea más que por la apertura solar al verano o buen tiempo, cuando el tiempo se abre, entonces el dios nos “escucha” y acude a nuestro encuentro, sea en la pradera o el monte o la ciudad con su plaza y sus calles, todo en el reinado del tiempo solar y que puede ser favorecido por la luna: es decir, los elementos naturales dispuestos y con los cuales se da la presencia del tótem entre el gentío, colaborando tanto en la comunidad total o en cada persona de esa comunidad…
Es una manera de tocar al Otro, al gran Otro, que es el que proviene de lo “sobre”-natural, y resulta que ese Otro que atiende a lo Mismo, que son los hombres, resulta que se compone de un universo en el que no hay solamente una uniformidad de hombres y de mujeres de la tribu, sino que, precisamente por la fiesta, se da la celebración de la diversidad que de los astros cae a la tierra para que encontremos cada uno nuestro propio puesto; bastante es con que hayamos pasado el lóbrego invierno con los fenómenos atmosféricos bastante en contradicción con nuestros deseos de alegría y de apertura a lo Otro y a los horizontes. En el buen tiempo, además ocurre que los horizontes parecen estar abiertos y que nos entregamos a la lejanía: ¿Qué puede venir de los horizontes aparte de la gran dimensión que nos representan?...
Resulta que, en este tiempo consagrado, el amor se da, y resulta que también el alimento y los frutos de los árboles y del campo como pudieran ser los licores o las comidas. Resulta que todo está consagrado, como tiempo extraordinario, a la rotura con la rudeza del tiempo anterior en la cual no hay tanta alegría y celebración, pero ¿qué quiere decir que sea un tiempo extraordinario?... Pues ni más ni menos que no es ordinario, que no es elemental, sino que se pueden hacer cosas que no se hacían en el tiempo del hielo anterior. De esta manera es algo parecido al Carnaval, solo que el Carnaval no recoge en sus lecturas la versión divina, sino solo la carnal, pero en las fiestas del Santo Juan, sí se recoge ya la versión digamos divina, con lo cual, entre horizontes que se abren, entre influjo de lo sublime y entre todo lo que comparece en el solar de la tierra en el cual se da la celebración, llegamos a una conclusión muy simple: la apertura, no solo del santo a nosotros, sino de nosotros a una dinámica de relaciones en las que, roto el lazo con la precariedad del invierno, ahora recibimos a los que se fueron de la tierra y vienen de visita a celebrarla, cuando se da la relación con los “otros”.
Desde luego que nuestra tierra no es única, eso lo sabe cualquiera, aunque sea “nacionalista” o chovinista, que todos nos relacionamos con todos sobre todo en estos tiempos en que hay más facilidades y de transporte. Y el hecho es que muchas veces ha sido necesario emigrar, sobre todo desde nuestra tierra a otras, o incluso allende el océano. Y conocemos a los otros, nos vemos interrelacionados, la función del santo es magnífica, lo cual quiere decir grande. Aunque, en nuestros últimos años no ponemos banderitas en los tendajos de las Cuadrillas, para hacer una fiesta internacional, como se hacía hace años, antes de que la junta de Valladolid los prohibiera, aun así nuestras fiestas y nuestra tierra tienen en su raíz lo internacional, del mismo modo que la vocación del santo es “católica”, lo cual quiere decir: universal.
Es decir, que nuestras fiestas no son solo para contemplarnos nuestro ombligo, como si fuéramos el centro del mundo.
No es eso, porque las compartimos con el visitante y todo aquel que venga de buena fe, como las personas que nos acompañan en las grandes celebraciones donde se da no solo la fraternidad, sino también el sentido del bien común, que no puede estar solamente lindado por cuatro mojones como quieren algunas personas y asociaciones de la tierra como si los demás, los de fuera, apestaran a extranjeros y hubiera que limitarlos y prohibirles el paso.
Las fiestas sirven para conocer a los “otros”, no solo el pueblo a sí mismo, tal como parecen decirnos en nuestros tiempos de proteccionismo e “i-liberalismo” los medios de comunicación y las actitudes xenófobas. La alteridad se ha dado durante mucho tiempo a lo largo de la historia. Y no es un lujo ni un capricho, sino una necesidad. Otra cosa es que se dé el barullo y la masificación o la aglomeración y la incomodidad. Esto es otro cantar que ni nos lo han resuelto los poderes municipales, mucho menos los regionales. Lo cierto es que el caos de nuestros últimos tiempos se nota en las visitas que puedan hacer muchas gentes. Pero lo que no se puede es hacer eso de rechazar ni al “Otro” ni a lo que deriva de ese Otro, como máxima religiosa aconsejable, que son “los otros”. San Juan sigue en la encrucijada y lo que hay que hacer constar asimismo es que se diga que no se dé en las fiestas la Política, cuando la Política se nos cuela durante todo el año por cualquier parte de nuestros hogares e influye poderosamente en todos y, como “Política” viene de la raíz “Polis” (Ciudad, Estado), nadie nos dirá que hacemos grandes dosis de tiempo fuera de la Ciudad. Y tampoco se trata de que llenemos todo de emblemas concretos de partitocracia.
Una salvedad tengo que hacer: En 1989 publiqué un libro de cuentos (“Azucena”) y que, en uno de sus cuentos, infausto, titulado “Usos y costumbres” parecía hacer una parodia de las fiestas nuestras. Pues no. Quise hacer un juego “wittgensteiniano” verbal sobre una idea tomada de James Joyce. Quise hacer una ironía verbal y de conceptos para que el lector lo tomara en su justa realidad. Lo que no quise es reírme de nuestros usos y costumbres (aunque en algunos aspectos, como, por ejemplo, en la poca prevalencia que tienen las mujeres, debieran corregirse), ni en absoluto de Soria, a la que quiero. Era un cuento en verdad desafortunado en el que repararon, en Soria, personas como por ejemplo Miguel Moreno, como yo noté. Me siento mal por ese cuento tan atroz y pude haberlo sustituido por otro, pero, claro, yo estaba con la cuestión del “extrañamiento” literario para epatar al lector. Un error. Hoy en día me arrepiento y pido disculpas. Y, además, una cosa es la celebración cada año de la fiesta del “Bloomsday” de Dublín, el 14 de junio, que no es nada despreciable y otra cosa es nuestro memorable Día de la Compra, cada cosa en su lugar.
Que no se tome mi homenaje a Joyce como una cuestión de mala fe por mi parte, mucho menos en tiempos actuales, en los cuales la ideología retrógrada de las derechas parece que se cubre con el paraguas de supuestos filósofos como Heidegger, con su (“Sein und Zeit”, 1927), al cual yo catalogaría, más que como filósofo, como “fobó-sofo” y al cual más le hubiera valido en vez de hacer obras inspiradoras de los nazis, y tan influyentes en nuestros tiempos todavía, y de ser un gran-burgués y un traidor del espíritu filosófico de la antigua Atenas, con el toque que le da a su obra de “ existencialismo espartano”, el haberse encomendado al cultivo de las obras y vidas de los santos y de Dios, y decimos esto aprovechando que en estos días va a venir el Papa León XIV de visita a España.
Fdo: Juana Largo