Estúpido antes que brutal
Ángel Coronado reflexiona en este artículo de opinión sobre la condición gregaria del ser humano y su vinculación afectiva con grupos semejantes, dominado por su propia conciencia. En este camino por la vida, aconseja huir de la propia fuerza bruta y estupidez, como hizo Einstein.
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El apego y la querencia, o al revés, el rechazo y la oposición hacia cualquiera de los grupos humanos al que uno simplemente pertenece o de alguna forma dirige (somos gregarios y siempre hay algo a lo que someterse o que dictar en cualquiera de ellos), depende de múltiples factores acerca de los cuales resulta, en ocasiones, imposible responder con equidad. Para ello sería preciso tener a todos los componentes de cada uno de tales grupos, por así decirlo, en un mismo plano, como documentos sometidos a examen se tienen sobre una mesa, como platos de un restaurante a través de su carta o menú, o como el maestro tiene delante, bien sentaditos y escuchando respuestas, a los alumnos de su clase sudando la tinta china ante un examen oral. Qué menos, pero solo eso. Nada más. Pero ni más ni menos.
Pues bien, la evidencia de que tales documentos, menús o alumnos sean los oportunos para que ese apego, querencia o afinidad sea garantizado en su justa medida o equidad, nos hace olvidar la pavorosa frecuencia con la que dicha garantía no se produce o es tantas veces imposible.
A fin de cuentas, porque ni para empezar pintamos nada. Ni nacemos. Porque, ¡bendito sea!, sin conocernos previamente, van y nos nacen. Esperamos con infinita paciencia en algún lugar desconocido e inexistente hasta que, sin saber cuándo ni por qué, nos nacen. Y que nos bauticen, ¡ay, Agustín!, que nos bauticen, no vayas a enviarnos al Limbo.
Así, el apego o el rechazo hacia ese grupo humano empieza por no existir sino que, a lo largo de la vida, cada uno en la suya, quiera o no, lo hace. Y en ocasiones, decíamos, lo hace necesariamente mal. No es ésta la ocasión para dar cuenta de los casos en que tan desventurada circunstancia se produce. Antes nos interesa decir que ocurre, y a ser posible, importaría aventurar en lo posible alguna razón o por qué.
En un ensayo de Orwell que titula “Notas sobre el nacionalismo” podemos leer lo siguiente; “En algún lugar de su obra, Byron emplea la palabra francesa “longueur”, y aprovecha para señalar que, aunque en Inglaterra no tengamos esa palabra, poseemos en abundancia lo que enuncia. Del mismo modo, hoy en día existe un hábito mental tan extendido que afecta a nuestras ideas sobre casi cualquier tema, pero que aún no tiene nombre. Como su equivalente más cercano, he escogido la palabra “nacionalismo”: sin embargo, como se verá, no la empleo en su sentido corriente, quizá porque la emoción de la que hablo no siempre está vinculada a lo que llamamos “nación”, es decir, a un pueblo o a una zona geográfica. Puede estar ligada a una iglesia o a una clase social, o funcionar de un modo puramente negativo, contra algo o alguien, sin necesidad de que haya ningún objeto positivo al cual se adhiera” (“Opresión y resistencia”, George Orwell, Barcelona. Penguin Random House. Grupo Editorial. 2021)
Ese apego, esa querencia, esa emoción (como dice Orwell), y sin necesidad de ninguna causa o motivo aparente, puede funcionar de un modo negativo y responder de forma inadecuada, con absoluta falta de equidad.
A veces se habla de la banalidad del mal. Y en ocasiones con grave autoridad. La obra de Arendt es el ejemplo que nos viene a mano para ser citado. Pero la cuestión del momento, lo que ahora se impone es exponer antes que opinar. Exponer la dificultad de distinguir entre lo esencial, de un lado, y lo banal, de otro, exponer esa concreta y específica ambigüedad, y todo ello habida cuenta de lo que venimos diciendo. A veces, también, y por idénticas razones, cabría hablar de la banalidad del bien. Y además con fundamento. Hasta los propios cimientos de la ética parece que se tambalean.
Y al hilo de todo esto es inevitable recordar ese rostro paciente, antes grave que serio, estrepitosamente desmelenado, siempre despierto. Antes elocuente que mudo. Dice la Wiki que dijo esto: “Dos cosas son infinitas: el universo y la estupidez humana; y del universo no estoy seguro”. Alemán y judío, supo abandonar su país bajo el imperio de la más cruda y peligrosa estupidez imaginable. Año de 1933. Tiempo apenas suficiente para desencadenar una segunda guerra mundial. Doce años antes, en el año 1921, había recibido el Premio Nobel de física. Murió en 1955 con otra medalla importante prendida en el pecho: declinó el ofrecimiento a la presidencia del recientemente creado por entonces estado de Israel.
En estas, incierto el camino, la lluvia, el viento y el frío, solo se abre una puerta. Dicen por ahí que la de uno mismo. Será cierto, pero ahora nos acordamos del madero. No es el despojo del barco que se hunde y al que asirnos entre un oleaje furioso. Tampoco es el calor de la leña y la promesa de la lumbre y el fuego. Es el madero. Es la historia de un madero que, a través de los traveses (ordinariamente la historia de Pinocchio se traduce en una sarta de travesuras, como si la condición humana, el puerto al que según Collodi se arriba a partir de un madero en proceso alucinante y más allá de lo bueno y de lo malo, fuese eso, la sarta incoherente de traviesas aventuras en que la disfraza Disney), un madero cuya primera reacción en su viaje hacia la humanidad, al ver al Pepito Grillo de su incipiente conciencia trepando por la pared, es arrearle un golpe definitivo y aplastarlo con su zapatilla.
Pretendemos evitar la parábola con su moraleja (¿a quién parabolear agarrado a un madero en el seno de todas las tormentas?), pero celebramos en íntima y recogida alegría, eso sí, que al mentiroso le crezca de forma desmesurada la nariz. Lean a Collodi, y a Orwell y Arendt.
¿Leer? ¿Agarrado a un madero y en el ojo del huracán? pregunta un señor incrédulo.
¡Haga usted lo que pueda! Pero nunca se le ocurra echar un libro a la hoguera. Y no se fíe usted de nadie, de nadie. No se fíe ni de usted mismo. Huya usted, como hizo ese judío pacifista y alemán, Alberto Einstein, huya usted de su propia estupidez. ¡Cuánto mejor que de su maldad! Huya, huya usted de su fuerza brutal. E = mc2. La energía se mide por su masa multiplicada por la velocidad de la luz al cuadrado. Nunca se le ocurra darle a nadie, ni a un simple grillo, ese diabólico zapatazo. Antes, mucho antes, ser estúpido. Mucho antes que brutal.
Y agarrados a ese madero, seguíamos braceando.
Fdo: Ángel Coronado