Trumpetas de guerra
Por Juana Largo
Escritora
Juana Largo reflexiona en este artículo de opinión sobre la amplificación que suponen las noticias sobre guerras en los medios de comunicación y pide no abundar en el fatalismo y retomar un orden moral.
La defensa de España ha de ser ya, ahora, en agosto, sin vacaciones
Trumpetas de guerra
Al margen de patologías propias de cada comunicador, aunque las de incapacidad mental podrían ser numerosas, hay que tener en cuenta la patología económico-militar-cultural-social, que provoca el que los mass media, incluidas las redes, sigan funcionando en nuestro mundo, el entendido como “occidental”.
Numerosas veces, además, escuchamos atentamente, el grito de la queja de muchas personas que resaltan el hecho de que en los medios de comunicación de masas, no se den buenas noticias y nos alegren, provocando ello procesos depresivos sicológicos que, a ver quién es el terapeuta que los cura, cuando esos procesos pueden llegar a la subestimación de la propia vida y llegar a consecuencias trágicas.
Y no sirve la opinión de respuesta de los “duros” de la película de que cada uno aguante como pueda y que, el que no pueda, que no pueda y se fastidie, porque, aparte de que eso es caer en la mayor bestialidad y violencia no solo del behaviorismo del darwinismo social, aparte es que es algo digamos que “delincuencial”, aunque las leyes y las reglas sociales no contemplen este delito y dada la realidad de los colectivos, no se contemple el desprendimiento de la impiedad.
Queremos decir que los tiempos, como decía Vargas Llosa para el título de un libro suyo, llamaba “Tiempos recios”. Esto, en España, parecía no recordarse en su generalidad, desde la Guerra Civil y, ahora, nos dirán ciertos políticos y portavoces –y aun sin portavocía- que nos hará espabilar ante la crueldad del mundo, al modo del famoso chiste de aquel personaje que planta un árbol para, una vez crecido el árbol, llevar la cuerda a él…
Pero cuando la sim-piedad, cuando la crueldad, sobre todo la desmesurada, llega a esos tipos que se plantan con su rifle en una escuela, o en un coche en una calle atestada de gente, entonces decimos ante los ataques de “amok” que hay que prevenir el asunto y de que no se puede aterrar a la población, aunque, para el caso siguiente se diga lo mismo. Lo cierto es que los mass-media se hacen eco del asunto y así crece el mundo en una previsora cautela frente a los crímenes de este tipo y de los que se sirven de forma catastrófica en el futuro y a diario, como es en las guerras que, ahora, cada vez enorgullece más a ciertos grupos o colectivos que han aprendido la ley de la violencia y el terror en su lastimosa y cruel vida que los antiguos romanos llamaba algo así como propia de pueblos “bárbaros”, aunque luego la cultura romana empleara medios atroces en sus campañas.
Sobre todo, es mala la cosa llamada “política” para traer paz al mundo. Sobre todo, es cuando una civilización la usa como algo así que si fuera necesaria para adoctrinar a los colectivos que llama insumisos para con su cultura.
(En la historia todavía no llegamos a dejar la violencia ni aunque hayan pasado más de dos mil años de la vida de Cristo)
Esto es fatal y fatalista y el corazón que los ángeles tienen en el coro de una iglesia, no soporta tales “renglones torcidos de Dios” ni de cualquier bien necesario para no aterrorizar, día a dia, hora a hora, a la gente.
Tampoco es cuestión que nos den una panoplia de que diga que todo es maravilloso como si esto fuera Jauja, lo que no hay que hacer es abundar en el fatalismo, como hace la prensa amarilla y hablar, en cada cámara y en cada camarín de que existen razones y pueden tomase como favorables frente al fenómeno de la violencia y ese hecho de tener que ser partícipes de ella en cualquier telediario o cuando le echamos un vistazo a cualquier medio y luego tengamos que salir al curro con el casco bajo el brazo. Se exige un restablecimiento de un orden al menos moral, o educativo. Si no quiere el “peñascas” del barrio, tendrá que ir a la escuela. Esto supera ya la categoría de educación “privada” y nos hace ver que la “pública” es un tesoro.
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