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Presunciones desclasificadas

Miércoles, 04 Marzo 2026 08:38

Ángel Coronado, al hilo de las recientes desclasificaciones de documentación del 23-F, reflexiona sobre la presunción de inocencia que tiene todo ser humano.

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Presunciones desclasificadas

A quien preguntase acerca de su presunción de inocencia, no sabríamos bien qué contestar. A una pregunta mal hecha es difícil responder, aún a cuenta del talante con el cual se interpelase. Una buena estrategia: devolver con otra pregunta en lugar de contestar: ¿Cómo dice? ¿Algo se le cayó? ¿En qué puedo ayudarle? No sé. Busque bien en los bolsillos, pasa con frecuencia. No se preocupe. Lo encontrará. El bolso. ¿No será que lo lleva abierto?

Por otra parte, toda confesión, desde cualquier clase de grito hasta el bisbiseo en la sagrada intimidad del confesionario, no es sino algo de humana condición, lo de abrir esa celda que de no estar cerrada, el “yo”, no sería posible abrir. A esa celda también se le conoce otro mítico nombre. Es el de caja, caja de Pandora, y también, sobre todo ahora en estos tiempos que corren y se desclasifican documentos, vemos que no son tampoco sino cajitas pandoras en forma de fastuosos bargueños o siniestros edificios de cementerio. Porque al final, el sarcófago de Tutankamón no es sino una “cajita pandora” de la que salen los huesecillos del faraón para decirnos: ¡Mirad! ¡Desclasificado, esto soy yo!

¿Y qué de mi presunción de inocencia?

Lo confieso. No soy boxeador, pero esa pregunta me dejó como si un boxeador me hubiese encajado un buen gancho en el mentón. Pese a todo pude recuperarme antes de un nuevo golpe. Con una lucidez que solo el grave peligro sabe despertar, me rehíce lo suficiente como para comprender que, una de dos, o la persona que tenía delante no era de fiar, o esa persona no sabía distinguir entre alguien normal, como yo, y el saco de piel colgado del techo para entrenar al campeón de boxeo en el gimnasio, nos decía un día un señor. 

Oiga, por curiosidad, ¿Quién es usted? ¿Cómo se llama? ¿Se puede saber?

No, no. Gracias, gracias. Amistosa y sinceramente sí, pero la verdad, soy yo quien le pregunta eso. No encuentro mi presunción, la de inocencia precisamente, no la encuentro y por eso se lo pregunto.

Lo que supuso otro nuevo golpe que me derribó en el suelo del ring de una forma definitiva. Uno, dos, tres, … No me pude levantar, y todo lo que siguió fue sin duda soñado. Soñado pero de acuerdo, inexplicablemente de acuerdo con esa realidad precedente al desvanecimiento. Aquélla persona no era de fiar. No era de fiar pero tampoco era, de ninguna de las maneras, un campeón de boxeo. La Vida es Sueño. Para los entendidos que sabrán apreciarlo, nada que ver con el arte de Calderón. Somos devotos del de la Barca, pero no sabemos remar como él. Lo único decirles que algo se pudo abrir al abrigo de aquél golpe. El “yo” de aquél pobre pretendiente al título de campeón se abrió como un melón.

En efecto, en una especie de clonación inexplicable, la frontera diamantina y contundente entre “tú”, de un lado, y “yo” del otro, desapareció. En su lugar, y también sin el espacio ni el tiempo necesarios para ello, la pregunta inexplicable sufrió una mutación, una especie de metamorfosis, o mejor, de clonación, en virtud de la cual, sin perjuicio del “tú” (que seguía por ahí envuelto en su inconfesable búsqueda inquisitorial), nace un clon que se introduce, polizón con papeles, en el propio “yo”. ¿Presunción de inocencia? ¿La mía? ¿Dónde la tengo yo?

Algo secreto se había desclasificado. De la intimidad abismal de una caja, de un sarcófago, de un “yo”, y gracias a los altavoces sin espacio y sin tiempo de la era digital, y en virtud de la inteligencia artificial de los dispositivos de trasmisión inalámbrica de las partículas elementales, la relatividad y la doble naturaleza ondulatoria y corpuscular del universo, toda una serie de noticias se nos ofrecía como las pipas amarillas y mocosas de un melón partido en dos.

La frontera entre tú y yo se borró, pero al punto de preguntármelo yo en lugar de usted. ¡Es la frontera, es la frontera entre tú y yo que no solo se borra para usted sino que se borra para mí también! me digo, pero no sin acordarme del cuento del gitano que, a la carrera con la gallina y al descubierto se la quita de encima diciendo: ¡ozú, que bicho éste tan tonto! ¡Quita de ahí!.

Sin preguntárselo a nadie, miro en el cajón de mi mesilla de noche. En el armario de las bragas o de los calzoncillos, en el comedor, en el cuarto de baño, en el despacho, en el salón estar comedor y en todos esos otros sitios, en el suelo por cualquier rincón, debajo de algún armario o de alguna silla, sin preguntarle a nadie o todo lo más a mí mismo, mis padres, mis hijos, amigas, amigos, pero nunca paseando por la calle a esa (o ese) desconocido.

Pue mire usted por dónde. A mí me pasa lo mismo y tan tranquilo. No se preocupe usted. No sufra, hombre. No sufra, mujer. ¿Y sabe lo que le digo?

Dígame usted

Que lo malo, lo peor sería que la encontrase. No sufra, hombre. No sufra, mujer.

Pues mire lo que le digo, que aunque no lo parezca, sufro., sufro mucho. Y sigo buscando.

¿En el salón no?

No. En el salón no porque no había salón, pero en otra casa los había y en otra de otra ciudad cercana solo había cocina y terminamos muy pronto de registrarlo todo de arriba abajo infructuosamente.

Pero llegó un día que en una casa encontramos un montón de dinero en un maletín mientras el casero miraba para otro lado, y entre todos le dijimos que no. Que aquello no. Y allá que lo denunciamos a la policía. Y lo mismo nos daba una choza que un palacio. Había chozas que no, que aquello no. Y había palacios que sí, que aquello sí, o al revés, pero que al final, lógicamente, nos cansamos lo suficiente como para ponernos de acuerdo y no preguntar más. Y a la sazón despertamos. No se lo van a creer. Nosotros tampoco, pero lo diremos.

Una voz chillona y bien conocida ocupó el espacio y reverberó entre las montañas con su eco:

¿¿¿¿Y qué de mi presunción de inocencia???? Y entonces sí. Caímos sobre ella como rayos.

¡Inmediatamente a la policía! ¡Al banquillo antes de que sea tarde! ¡Riesgo de fuga! ¡Una presunción de inocencia de inmediato! ¡Esterilizada y de un solo uso! ¡A inyectar en vena y de nuevo al calabozo! ¡A la caja! ¡A clasificarla de nuevo! ¡Secreto oficial! ¡Nunca debió salir!

Fdo: Ángel Coronado

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