¿Cuándo se dio el cambio a la malicia?
Por Juana Largo
Escritora
Juana Largo reflexiona en este artículo de opinión sobre como se manifiesta la malicia, que nace de la desconfianza.
Desfilando, que es gerundio
¿Cuándo se dio el cambio a la malicia?
No podemos hablar siempre de lo que pasa en el mundo, y que tan cómodamente vemos desde Soria, como si fueran películas de cine y exposiciones ilustradas de la cultura mundial.
Parece ser que, desde este sitio nuestro, se ha dado en los últimos años una variación de criterios en mucho personal para dejarse llevar, en vez de por la confianza o (lo que es mucho pedir) la caridad personal, por la más radical y temperamental desinhibición con respecto a todo lo que lleva cara de ajeno.
Ya no hablamos de clara desconfianza, lo que es algo que sucede en un lugar donde se tiene miedo a los demás, y por eso desconfiamos de ellos, como que no son de nuestra quinta, por ejemplo, o por la situación de cuando nos dan gato por liebre y vemos que nos han engañado. Entonces, en estos casos, luego de pasados, aprendemos a desconfiar de los demás.
Lo que importa ahora es algo que nos retrata como un casi complejo moral, que, para que se cumpla necesita recorrer otro camino diferente a la desconfianza, como pongamos por caso, cuando nos la juegan en el timo de la estampita
Y ya hemos espabilado para casi siempre. Y ahora el fenómeno es más complicado: estamos hablando de la maldad o en su versión simple: la malicia.
¿Cuándo la maldad se pone en funcionamiento? ¿Cuándo puede hacer daño y, si puede, el mayor daño del mundo? Ejemplos tenemos a menudo, como pasa con lo que muestran los informativos y cierta prensa. Que nos hacen ver la inmensa maldad de algunas gentes que nos damos cuenta de que “Dios no existe”: es un ejemplo.
Porque, por mucho que exista Dios, nos acostumbran esas noticias y esos sucesos, incluso de nuestro medio vital, a darnos cuenta de que, “si Dios no existe, todo está permitido” y lo que es peor, podemos aprender y ser realmente malos como los villanos de los comics. Aunque, a lo que queremos ir no es a esto, sino a algo más sencillo de explicación del por qué el mal en el mundo, si existe Dios. Y esta es una cuestión que en todos los tiempos se ha planteado al hacer un mínimo de teología. ¡Y sin teología! Porque, tenemos un ejemplo muy claro ahora en la política, de tal forma que nos decimos que, si gana Bolsonaro en Brasil, el país va a ir a pique a la peor calamidad que tanto ha vivido en etapas anteriores de hace años hasta ver que luego, tras un gobierno de Lula, salga uno facha. Los experimentados en adivinanzas saben mucho de esto: puesto que sería el colmo de los colmos.
La malicia es otra cosa, entendemos: es esa pequeña efusividad emocional, acaso una leve tensión nerviosa, momentánea o duradera de aquellos que creen hacer mucho mal al mundo, ser aplastantes con el mundo, para darnos un aspecto de la maldad, digamos que pequeño, que nos satisface, y en lo cual se puede “pillar” al malicioso y hacérselo saber enseguida. Es como a aquel que come a escondidas, en contra de los criterios del médico que tenga, y se dedicara a comer muchos torreznos cuando tiene el colesterol alto. Por supuesto, hay muchos otros casos de malicia. La del que le roba la cartera a un descuidado que ha venido a uno a quien pilla descuidado (una especie de cleptomanía que causa mucho disgusto pero que no es como el volar el Enola Gay de la segunda guerra mundial).
La malicia es que le robes a tu vecino un cortacésped y le trates de engañar en que es tuyo. La malicia, lo sabemos por las películas, pero también por nosotros mismos, es tener un sesgo mezquino de mala fe con alguien al cual quieres fastidiar.
La malicia es regodearte cada día con que Sánchez va a perder las elecciones y que tú, luego, vas a poder sacar un poco de pasta gansa al Estado… Podría hacerse una lista de cuestiones maliciosas que saldrían en multitud. Incluso las antiguas malicias de grupos de población que, abusan de las minorías y estas “aprenden” a ser maliciosas… Pero, ah, la malicia también puede contagiarse mientras la practicamos porque hemos visto verdaderos desaprensivos en la profesión política o de empresas, entonces somos desaprensivos con el señor o la señora que está en una camilla y queremos no ayudarle o ayudarla, sin escrúpulos: aquí tenemos una figura de esa categoría de haber perdido los escrúpulos no dándonos cuenta de la realidad.
La malicia incluso puede enfermarnos al crearnos una conducta siempre insidiosa. Puede ser incluso autolítica.
Pero hemos visto, que es de lo que va el título de esta Tribuna, algo así como una entidad del carácter que ha subido en el listón en los últimos tiempos y en la sicología de las personas y que también se ha multiplicado en un gran número de la población.
A Soria (a la que, aunque tarde todo llega y algún día llegará el mar) ha llegado ya y ha crecido en los últimos años y sabemos que no se puede estar con malicias todo el tiempo, porque te “autodevoras”. Mucha culpa de la razón de que se dé, es por la tele y los zascas y mensajes de los ordenadores, de que, si no podemos llegar a cobrar al mes lo que cobra un político, podemos ser a nuestra manera, además de envidiosos, maliciosos y querer engatusar o hacer perjuicio hasta del amigo o la amiga que llevas viendo toda la vida. Y eso ya no, porque no.