Tribuna

Ceuta y el Derecho

Lunes, 14 Septiembre 2026 - 16:09h.
Actualizado a las 16:10h.

Ángel Coronado incide en este artículo de opinión en el derecho que tenemos a equivocarnos, en el foro de lo público. Defiende que cada uno de nosotros, habida cuenta de la propia y soberana individualidad, puede creer, sin salir de dicho foro, lo que literalmente se le ocurra.

Ley de primos

Ceuta y el Derecho

Cuando hablamos del derecho damos a entender o dado por supuesto que lo hacemos en el foro de lo público, pero lo cierto es que dicho foro puede ser, con igual “derecho”, tanto público como privado.

Al interior de cada cual, en la esfera privada y personal de cada uno, se reproduce algo así como una réplica del mundo exterior al que uno pertenece como cualquier otro. En modo alguno queremos decir que ambos mundos fuesen iguales, pero en algo, al menos en algo, se parecen, porque ni la vida es el sueño ni el sueño es la vida, pero ese paisaje que pinto se parece al paisaje que me sirve de modelo (impresionista, pinto al aire libre), y aunque pinte mal, ese paisaje mío se parece al original menos que el tuyo, suponiendo que pintases mejor que yo, pero en algo seguirá parecido al original. Unos pintan, o pintamos, mejor o peor que otros a los que a su vez les habrá de pasar igual.

Cuando alguien dice que tiene derecho a equivocarse, creemos que tiene razón en lo que dice, pero también añadiremos que algo le falta por decir para tener toda la razón posible. Le faltaría decir del foro en que lo dice, porque tendría toda la razón posible si ese foro fuese el suyo.

Mi derecho a equivocarme en un foro público llega tan solo justo al punto en el que mi error perjudicase al otro. Es muy fácil. Justo al tiempo de romper el silencio con la palabra, ésta será siempre la de “Creo” . Creo que tal y cual y bla, bla, bla y bla. O también “Creemos que tal y cual”, porque ocurre igualmente que en el foro interior de cada uno deambulan tantos personajes que vete a saber a cuál te refieres, aunque para el caso en el que ahora estamos, tanto el “creo” como el “creemos” daría exactamente igual. Ambos términos vienen a ser equivalentes. Nosotros creemos que Iván el Terrible fue terrible porque lo dice la Historia, y no hemos encontrado ninguna que nos hable de Iván el Bueno, el Mártir o el Misericordioso. Ni hemos encontrado esa Historia sino historias, leyendas, historietas al fin y al cabo, como tampoco hemos dado con ninguna razón del tipo de dos y dos son cuatro. Iván el Terrible fue terrible, y se acabó.

Pero en otras ocasiones no hay Historia que nos valga, ni ciencia ninguna ni razón. Y es entonces cuando la diferencia citada solo hace como dos o tres momentos entre “creo” y “creemos” viene a cumplir una función decisiva. Porque ahora lo decisivo no está bajo el paraguas protector de ninguna Historia ni de ninguna Razón sino a merced de historias, leyendas de vaya usted a saber de qué color, o de historietas. Y es entonces, decíamos, cuando la diferencia entre “Creo” y “Creemos” es esencial, porque no hay Historia que nos valga, ni ciencia ninguna ni razón, excepto las nuestras, y cada uno de nosotros, habida cuenta de la propia y soberana individualidad, puede creer, sin salir de dicho foro, lo que literalmente se le ocurra, señora Inquisición, lo que literal y puntualmente se le ocurra, y se acabó.

Hablábamos en un principio del foro, como si de un solo foro fuese posible hablar, eso sí, bajo dos modalidades del mismo, a saber, el público y el privado. Cierto, sean éstas las dos únicas modalidades de una sola y misma cosa, puesto que ambas se refieren al más acá, es decir, a este llamado valle de lágrimas que, dicho sea de paso, tampoco lo es. Aquí se ríe tanto como se llora mientras la mayor parte del tiempo la pasamos tal cual, sin apenas reír y llorando poco.

Pero elevando miradas al cielo podríamos hablar de derechos divinos y derechos humanos. Dejaremos para otra ocasión el entrar por alguna puerta sobre este nuevo escenario. La Ética golpea en la misma con autoridad, y esto plantea la cuestión de localizar esa puerta con la mayor precisión posible.  

Cuando a las aguas fecales que recoge un colector se suman los aromas de jabones perfumados y colonias de tocador, no vuelvas a utilizar esas aguas ni para tirar de la cadena del cuarto de baño ni para ese tocador ante el espejo del mismo cuarto. Cuando eso, deja solo, como de costumbre, al colector, que solo él sabe por dónde llevar esos caldos a donde conviene, y de momento, no quieras saber más. Dejemos ese asunto en paz. Luego ya, a la salida de la estación, pero no de la estación del tren sino de la EDHAR, atentos a los vertidos. Por cierto, que del Burgo hemos sabido de sus toques de atención a su EDHAR, pero ni de Ágreda ni de San Pedro, ná de ná. Seguiremos esperando.

A lo que íbamos. Ni a las fecales antes de la EDHAR ni a Ceuta antes de que su EDHAR bla, bla, bla, y bla. Porque no corra usted el riesgo que cupo correr a nuestro rey prudente Don Felipe con su Armada allá por el siglo XVI, luchando en contra de unos elementos desatados, ni al que pueda correr toda atildada pero imprudente persona que se acicale hoy con aguas de las que vaya usted a saber.

Fdo: Ángel Coronado

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