Zonas de bajas emisiones y zonas de altas molestias
La Asociación Centro de Soria rechaza la implantación de la Zona de Bajas Emisiones (ZBE), una medida impulsada por el equipo socialista del Ayuntamiento de Soria que, a su juicio, tiene pocos argumentos a su favor.
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Zonas de bajas emisiones y zonas de altas molestias
El Ayuntamiento de Soria ha iniciado la tramitación de una Zona de Bajas Emisiones (ZBE) que, según la propia ordenanza, pretende mejorar la calidad del aire, proteger la salud pública, reducir la contaminación acústica, preservar el patrimonio histórico y aumentar la calidad de vida de los ciudadanos.
Cinco objetivos difíciles de discutir.
El problema no está en lo que la medida promete, sino en lo que la propia ciudad hace cuando esas promesas le resultan incómodas.
La iniciativa llama la atención desde el principio: Soria ni siquiera está obligada por ley a implantarla. La ordenanza reconoce que la ciudad se encuentra por debajo de los umbrales de población que exigen este tipo de medidas. Aun así, el consistorio ha decidido impulsarla de forma voluntaria, en nombre de la sostenibilidad, la salud y el bienestar.
Sin entrar a valorar si una ciudad como Soria necesita realmente una ZBE ni su impacto sobre el comercio o la movilidad cotidiana, hay una cuestión mucho más evidente: el Ayuntamiento se muestra extraordinariamente preocupado por los efectos potenciales de un coche sobre la calidad de vida de los vecinos, pero bastante menos por los efectos reales que generan, en pleno centro de Soria, determinadas actividades que la propia administración organiza o autoriza.
Se nos explica que hay que restringir el tráfico para reducir emisiones, proteger el patrimonio y mejorar el descanso; sin embargo, esos mismos objetivos parecen evaporarse cuando se trata de gestionar eventos en plazas como San Clemente, El Salvador y Herradores, espacios donde, además de celebrarse actividades de ocio, vive gente todos los días del año.
El patrimonio: discurso y realidad
La protección del patrimonio es uno de los argumentos centrales de la ZBE.
Sin embargo, esa preocupación contrasta notablemente con lo que ocurre en noches de verbena. En la plaza de San Clemente, junto al Palacio de los Ríos y Salcedo (Monumento Nacional desde 1982 y sede del Archivo Histórico Provincial), las micciones contra las fachadas históricas son una práctica habitual y visible.
Mientras se invoca el cuidado del legado arquitectónico para justificar restricciones y normativas, se tolera que uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad sufra un uso y deterioro que difícilmente casan con un discurso serio de preservación patrimonial.
El descanso: cuando el propio evento ya es un dislate
La plaza de San Clemente, El Salvador y Herradores son un claro ejemplo del conflicto entre actividad festiva y descanso vecinal. Durante las verbenas, la música alcanza niveles de ruido extremadamente elevados que se prolongan durante horas.
Cuando el evento termina oficialmente, comienza una segunda fase: cientos de personas permanecen en la calle hasta bien entrada la madrugada entre conversaciones a gritos, cánticos, música residual de algún bar y consumo de alcohol. Para el vecino, el final oficial del evento no supone el final del ruido. Tampoco ayuda que muchas de estas concentraciones deriven en botellones con escaso control, donde es habitual la presencia de menores consumiendo alcohol a altas horas.
Cuando la plaza recupera algo de calma, y uno ha conciliado el sueño, llegan los servicios de limpieza a retirar los restos: vasos, botellas y envases cubren el suelo. Las imágenes de la mañana siguiente poco tienen que ver con el entorno digno que merecen los vecinos del centro.
Imposible el descanso.
Lo excepcional convertido en rutina
Y no hablamos de hechos aislados. Verbenas, conciertos de jóvenes artístas, Halloween, Carnaval, cierres de campañas electorales y todo tipo de eventos ocupan de forma recurrente plazas del centro que también son residenciales. Lo extraordinario se ha vuelto rutina.
En la noche del pasado 21 de junio, por ejemplo, un grupo electrógeno alimentaba parte de la actividad festiva en pleno centro. Mientras se impulsa una Zona de Bajas Emisiones en nombre de la sostenibilidad, un generador diésel funcionaba durante horas junto a algunos de los espacios más valiosos de la ciudad. Más ruido y más emisiones, precisamente donde se supone que se quiere proteger de ambos.
La misma vara para todos
Si la salud pública justifica una ZBE, también debería servir para proteger el descanso de quien vive en el centro. Si la contaminación acústica merece atención cuando procede del tráfico, también debería merecerla cuando procede de la fiesta. Si el patrimonio merece protección frente a una ventana o carpintería, debería merecer una protección aún mayor frente a conductas que deterioran directamente sus fachadas.
La convivencia entre fiesta y uso residencial es posible. Lo que cuesta entender es que la balanza parezca inclinarse siempre hacia el mismo lado y que las molestias se asuman como un daño colateral inevitable que solo pagan los vecinos del centro.
Porque la verdadera sostenibilidad no consiste solo en restringir vehículos. Consiste en aplicar los mismos principios a todos los problemas, también a los que resultan políticamente más incómodos.
Hoy, para muchos vecinos del centro de Soria, la sensación es clara: existen zonas de bajas emisiones, pero también zonas de alta tolerancia a las molestias.
Esa es la contradicción que el Ayuntamiento debería explicar.
Fdo: Diego Sevillano, presidente de Asociación Centro de Soria