Y por si fuesen pocos, parió la abuela
Ángel Coronado reflexiona en este artículo de opinión como la sociedad es capaz de pasar de lo general a lo particular, sin pestañear, cuando se trata de poner calificativos, lo que contraviese las leyes de las matemáticas.
No a la guerra. Si al robo. Si a la Corrupción.
Y por si fuesen pocos, parió la abuela
Cuando (de un pensador ilustre) lo de haber sido Premio Nobel de literatura no fuese ni con mucho lo más importante sin olvidar tampoco su condición de filósofo y sobe todo de matemático, cuando del mismo leemos lo que nos dice acerca del misterio que guardan las matemáticas para él, lo de pasar sin hacer ruido del uno al dos, pasar del singular al plural (Bertrand Russell dixit), no consideramos posible hablar del desparpajo habitual con el que pasamos a diario de lo plural a lo singular, o al revés (o también de lo Público a lo Privado), sin despeinarnos un pelo aun siendo calvos.
Lo bueno y lo malo, lo bonito y lo feo, tanto como lo tonto y lo sabio, incluso lo prudente y lo temerario, no son adjetivos de posible aplicación sobre una entidad plural.
Solo pueden serlo, simple y llanamente, sobre una entidad singular, única, personal. Una comunidad, un partido político, un club, una familia incluso, un grupo de amigos o el patio de butacas ocupadas de cualquier audiencia o espectáculo durante el tiempo que el mismo durase, y desde luego cualquier pueblo, raza, etnia o tribu, no son ni pueden ser objetos de aplicación de adjetivo calificativo alguno. Se podrá opinar que sí, que un grupo, el conjunto de los espectadores en el coliseo romano, por ejemplo, ante una lucha de gladiadores y a la vista del emperador con el pulgar de su mano abajo gritase pidiendo muerte..., merecería ser calificado. ¡Bruta multitud! ¡Sádica muchedumbre!
Opinamos que no. Nada depende aquí de calificación ninguna sino antes del dedo pulgar del emperador, que de apuntar hacia lo alto hubiese merecido para esa misma multitud calificativos opuestos. Ninguna entidad pública o plural es ni puede ser objeto de adjetivo calificativo alguno. Y en caso contrario, siempre bajo alguna condición: la de responder al estudio estadístico correspondiente o la de ser o responder a una opinión particular, y, sin entrar en su posterior evolución y sin perjuicio de la crítica sobre la idea de su origen, opinión encerrada como tal en esa caja de pandora a la que se conoce con el nombre de yo.
Podré pensar que el calificativo de valiente es más común entre un conjunto de militares que de científicos, o que la condición de la clemencia es más abundante entre los legos de un convento que entre una banda de asesinos, pero ello ha de pasar, según venimos diciendo, por ser la opinión de alguien particular o por la evidencia de los resultados de algún estudio estadístico.
Dicho esto nos gustaría (podría decir que me gustaría, pero prefiero decirlo como perteneciente a un grupo ideal de otros que dijesen lo mismo) decir que pese a lo dicho, es difícil andar cuatro pasos en cualquier día y de cualquier época del año en los que no advertir con sorpresa que no pasan cinco minutos de cualquier conversación con cualquier otra persona, para constatar que los citados tertulianos, entre los cuales podría estar también uno de los que pensamos según venimos diciendo, que tal país es malo y tal otro es bueno, y que no hay pueblo más ratero que el gitano ni más bueno que el conjunto de los jesuitas o de los franciscanos. Repetimos: somos capaces de pasar sin que pelo alguno se nos mueva, de lo general a lo particular, o al revés, y obviando con ello, y sin pestañear, ese principio fundamental de la ciencia razonable por antonomasia, las matemáticas. Como si diciendo de algo que se nos ocurre de pronto, dijésemos con solemnidad:
Señoras y señores, esto es así como dos y dos son cinco.
Y ahora, para seguir en esto un poco más (no sea que el asunto se nos quede algo corto), nos topamos con una grave dificultad, a saber señoras y señores, la de pasar por el trance de vergüenza, vergüenza ajena, de decirles y decirnos, a ustedes y a nosotros mismos, que dos y dos no son cinco sino cuatro, lo cual, pese a seguir dejándonos esto todavía un poco corto, nos deja por otro lado la oportunidad para seguir diciéndoles que tenemos que ser buenos y obedecer a mamá y a papá, ir al colegio y a cenar y la cama sin hacernos pis para el madrugón de mañana y al cole. Y seguimos en esa grave dificultad, porque tampoco nos gusta decir que somos, en general, imbéciles, estúpidos, idiotas.
Idiotas mejor que imbéciles y estúpidos, y a saber según nos dice la Wiki lo siguiente: nunca “stultus”, lo peor, insulto latino por excelencia. Porque “idiota”, en sano latín, significa otra cosa que en castellano (latín corrupto), otra cosa relativa a la intimidad del hogar, de la familia, de la casa y de lo casero, de lo contrario a la cosa pública y sobre todo en contra de lo ciudadano, de lo apto para ser oído en el ámbito de lo público, en el Foro y en el Senado. El idiota en la Roma antigua no era el stultus sino el casero, el miembro de una familia compuesta por una mujer, un hombre y unos hijos, que al margen de lo cual, esto es, al margen de ser (el hombre, en Roma el hombre lo era todo), el miembro esencial de la familia, al margen de ser idiota romano, podría ser Ciudadano, incluso Senador y acaso más, General del ejército, Triunviro, y en último extremo CÉSAR, EMPERADOR.
Así pues, en el sentido etimológico de la voz, sin ser romanos somos idiotas de remate. Sin el menor empacho pasamos de lo singular a lo plural (o al revés), sin que pelo alguno se nos mueva. Puro pesimismo. Pero siempre dispuesto a darle la mano al más loco, vital, despelujado y anti-Trump-Milei optimismo.
¿Al tiempo ambos?
No. Ni al tiempo ni al espacio. Un recuerdo y una cita a Matrioshka:
“Muñeca rusa. Su originalidad consiste en que las muñecas se encuentran huecas y en su interior albergan una nueva” (La Wiki). Todas iguales, pero no al mismo tiempo ni espaciosamente iguales. Nosotros tenemos a la Matrioshka en tanta estima como a una caja especial de Pandora cuya originalidad consiste en que las cajas se encuentran huecas y en su interior alberga otra caja de Pandora nueva. ¿Qué abres la caja de Pandora? Pues toma otra. Y por si fuesen pocos, parió la abuela.
Fdo: Ángel Coronado