Tribuna

La otra cara de la vuelta al cole

Miércoles, 09 Septiembre 2026 - 13:20h.
Actualizado a las 14:04h.

Ana B. Sánchez remite una carta al director donde reflexiona sobre una realidad de la que poco o nada se habla en la vuelta al cole cada año:  de los menores para quienes regresar a clase significa volver a enfrentarse al miedo, la exclusión, las humillaciones o las agresiones verbales o y/o físicas.

Los aires de la falsedad, nos están dejando sin escrúpulos 

La otra cara de la vuelta al cole

Estos días, como cada septiembre, volvemos a hablar de la vuelta al cole. De los niños y niñas que pisan por primera vez un aula, del final de las vacaciones y del esfuerzo económico que supone para muchas familias afrontar libros, material escolar, ropa, comedor… o de como llenamos las agendas con extraescolares de nuestros hijos e hijas.

Este año, además, ocupan espacio las condiciones laborales del profesorado, sus reivindicaciones y protestas, y los datos que vuelven a poner sobre la mesa las carencias y los malos resultados de nuestro sistema educativo reflejados en el reciente informe PISA.

Son cuestiones importantes y necesarias. Pero, entre tantos titulares, hay otra cara de la vuelta al cole de la que poco o nada se habla.

Para muchos niños, niñas y adolescentes septiembre no significa reencontrarse con los compañeros, estrenar mochila o comenzar un curso lleno de oportunidades. Significa volver a tener miedo, angustia, ansiedad o tristeza. Significa volver a cruzarse cada mañana con quienes les insultan, humillan, amenazan o agreden. Volver a sentirse excluidos en el patio o en los grupos de actividades de clase. Volver a escuchar una burla en el pasillo, a soportar miradas y comentarios, a quedarse solos o solas mientras los demás forman sus grupos en excusiones. Volver a casa intentando aparentar que no pasa nada y acostarse sabiendo que al día siguiente tendrán que regresar al mismo lugar. Para ellos y ellas, la vuelta al cole se convierte en la vuelta a una tortura cotidiana.

También están aquellos y aquellas que comienzan septiembre en un colegio o instituto diferente. No porque su familia haya cambiado de domicilio ni porque hayan elegido libremente otro proyecto educativo, sino porque marcharse del centro anterior terminó siendo la única salida que encontraron para escapar del acoso escolar y ahora tienen que volver a empezar…

Y por desgracia no están quienes deberían comenzar un curso nuevo como Sandra Peña, Dani Quintana, Kira López y otros muchos y muchas para los que ya no existen nuevas oportunidades y decidieron poner fin a la tortura escolar. Para ellos y ellas y para sus familias ya no existe "la vuelta al cole", no hay libros que preparar, ni ilusiones, ni actividades ni sueños ni excursiones...ni futuro.

Para una sociedad su bien más preciado debería ser la infancia y la juventud, ellos y ellas son el futuro y deberíamos preguntarnos qué clase de respuesta estamos ofreciendo en los centros educativos y en la sociedad en general cuando las cifras se disparan cada año, cuando me atrevería a decir y creo que no me equivoco, es una lacra extendida en todos los centros educativos del país, cuando tantas veces no se detecta, se detecta tarde, no se hace nada o no se hace lo suficiente o cuando en el mejor de los casos quien tiene que abandonar su colegio, sus profesores, sus amistades y su entorno es la víctima, mientras quienes acosaron continúan con su vida como si nada o incluso arropados y aupados por un numeroso grupo de compañeros y compañeros.

Hablamos de un problema social que debemos afrontar todos y cada uno de nosotros o nosotras en la medida en que nos corresponda pues el acoso escolar no es “cosa de niños”, ni conflictos puntuales o bromas que alguien no ha sabido encajar. Tampoco podemos permitir que la responsabilidad recaiga sobre quien lo sufre, pidiéndole que sea más fuerte, que ignore las provocaciones o que aprenda a defenderse.

La responsabilidad es y debe ser de los adultos porque estamos hablando de menores de edad, de las familias, de los compañeros y compañeras que miran hacia otro lado o se suman a los agresores o agresoras y por supuesto de toda la comunidad educativa y administraciones implicadas.

Nuestros niños, niñas y jóvenes necesitan centros que detecten antes, que escuchen de verdad a las familias afectadas y que actúen desde la primera señal sin excusas, con firmeza y aplicando los protocolos existentes. Protocolos que no se queden únicamente en un estudio o sobre el papel, familias que sean escuchadas, compañeros y compañeras que sepan que mirar hacia otro lado también permite que el acoso continúe, porque “no hacer nada también es hacer algo”. Docentes que promuevan referentes positivos entre el alumnado con “buenos líderes” y que actúen de manera inmediata y con consecuencias ante quienes acosan, con acciones y castigos severos y ejemplares, que consigan que sean los agresores- y no las víctimas- y esas conductas las que reciban el rechazo del grupo y la reprobación social. Familias que enseñen a sus hijos e hijas a ser “valientes” frente al acoso que presencien y administraciones educativas que evalúen no solo los resultados académicos, sino también si nuestros colegios e institutos son lugares seguros revisando y modificando los protocolos y leyes existentes para que sean los agresores y acosadores y nunca se la víctima la que sin otra solución alternativa los que tengan que cambiar de centro para poder vivir en paz.

Porque quizá deberíamos ampliar nuestra idea de fracaso escolar.

Fracaso no es únicamente que un alumno o alumna suspenda matemáticas o abandone los estudios. También fracasa un sistema educativo cuando un niño o niña tiene miedo de entrar en clase. Cuando una adolescente pasa el recreo escondiéndose en los baños para que no se metan con ella. Cuando una familia tiene que cambiar a su hijo o hija de centro para protegerlo. Cuando el sufrimiento se detecta tarde. Y, sobre todo, cuando la víctima y los que le rodean termina creyendo que el problema está en ella.

En estos días vemos fotografías de puertas de colegios, mochilas nuevas y reencuentros. Escuchamos hablar de conciliación, gastos, ratios, profesorado y resultados académicos. Pero es totalmente necesario que hablemos también de ellos y ellas:

De quienes cuentan las horas para que termine la jornada.

De quienes el domingo por la tarde sienten angustia porque llega el lunes.

De quienes empiezan un nuevo curso deseando simplemente pasar desapercibidos.

De quienes han tenido que marcharse para poder empezar de nuevo.

También de quienes todavía no se han atrevido a contar lo que les está pasando.

Y por desgracia de quienes ya no tienen vuelta al cole....

La vuelta al cole debería significar volver a aprender, convivir, crecer, hacer amigos y amigas y sentirse seguros. Nunca volver a tener miedo, angustia, ansiedad o tristeza por culpa de otros y otras compañeros y compañeras.

Quizá este septiembre, además de preguntarnos cuánto cuesta la vuelta al cole, deberíamos preguntarnos cuánto les cuesta a algunos niños y niñas volver al colegio…

Porque ningún niño o niña debería necesitar valentía para cruzar cada mañana la puerta de su colegio o instituto. Ninguna familia debería verse obligada a elegir entre la educación de su hijo o hija y su bienestar. Y ninguna víctima debería tener que marcharse para que el acoso termine.

Desde mi punto de vista un centro y un sistema educativo que enseña, pero no protege, está fallando en lo más importante.

Por ello, que esta vuelta al cole sirva también para mirar a quienes sufren en silencio, para escucharles, atenderles, creerles y actuar. Porque frente al acoso escolar no bastan los protocolos, las declaraciones ni las buenas intenciones. Hay que llegar antes. Hay que actuar. Y, sobre todo, nunca debería ser que la víctima quien tenga que huir.

Por último y como “alegato final” por una educación en valores de verdad y por construir una sociedad en la “que ser valiente no salga tan caro y ser cobarde no valga la pena”.

Fdo: Ana B. Sánchez

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