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El horno centenario que dió de merendar a todo Valderrodilla

Miércoles, 08 Abril 2026 08:35

Las brasas en el horno de adobe de Aurelio de Gracia de Toro han recuperado en Valderrodilla la tradición de una cocina sin prisas, donde lo importante no es lo que se sirve en el plato, sino las historias que se comparten. 

Crónica y fotografías: Celina Ranz Santana

Según un dicho popular, «donde comen dos, comen tres». Pero, a veces, comen más.

Del horno de adobe de Aurelio de Gracia de Toro, vecino de Valderrodilla, han comido pan y carne muchas personas a lo largo de varias generaciones —por suerte, siempre hubo algo que comer—.

"En algún tiempo tuvieron que esconder por ahí el trigo —recuerda Aurelio a sus 85 años—. Los agricultores tenían sus esconderites, para que no se lo quitaran las brigadas".

De este horno comieron primero sus abuelos y luego sus padres antes que él. A continuación, sus hijos, seguidos de sus nietos. Y la última vez que se encendió, hace apenas unos días, comieron casi ochenta personas.

Como cada año por estas fechas, la Asociación Cultural "El Pino Grande", de Valderrodilla, convocaba su Asamblea General. Y como también viene siendo tradición —además de un reclamo para que los socios acudan a la reunión—, se celebraba una merienda popular en las escuelas nuevas del pueblo.

"Nuevas" por el mero hecho de diferenciarlas de las "viejas" —que podrían ser tan antiguas como el horno de Aurelio—, aunque ni las unas ni las otras se emplean ya con el uso para el que fueron construidas.

El horno de Aurelio, con más de un siglo de historia, sí conserva su uso original. Sigue siendo el mismo horno de adobe que fabricó su abuelo, carpintero de profesión.

"Tenía el taller justo enfrente, en aquella otra puerta. Por entonces hacía muchas cosas. Fíjate que él mismo se fabricó su ataúd —se ríe Aurelio recordándolo—, y lo tuvo ahí guardado mucho tiempo, hasta que se murió, y lo enterraron en él".

En muchas de las casas de Valderrodilla había hornos similares, con su campana y su solera de barro, y con su boca estrecha y ennegrecida como los labios del mismísimo diablo.

"Se metía aquí la leña y se hacía el fuego. Y cuando ya estaban hechas las brasas, se echaban para atrás, para mantener el calor. Aquí podías meter lo que quisieras —asegura Aurelio asomándose al interior—. Fíjate qué grande es: aquí cabe hasta una vaca entera".

Hace unos días, el horno volvía a encenderse para asar pollo, y de su boca tiznada brotaba el murmullo de la carne crepitando en las bandejas como grillos en la oscuridad. Pero antes de eso aquí también se cocinaron muchos panes.

"Mi abuela y mi madre cocían hogazas y tortas de chicharrones buenas, no como las de ahora, que tienen los chicharrones tan pequeños que ni se ven".

 Lo amasaban allí mismo y lo metían en el horno con la pala de madera, la más grande, para que la masa aún húmeda no perdiera su forma. Y allí, sentadas en una silla, las mujeres conversaban mientras la miga tomaba consistencia y la corteza se endurecía. Porque aquel era el ingrediente principal de todo cuanto se cocinaba en el horno: saber esperar.

"Esta otra pala, la de hierro, se usaba para sacar las hogazas que ya estaban hechas. Y esto otro —dice Aurelio mientras muestra un palo con un enorme gancho de metal en el extremo— se usaba para colocar las brasas y avivarlas". Aurelio conserva las herramientas y el horno de su abuelo como la herencia tangible de algo inmaterial que para él sigue candente. Pero la realidad es otra: casas que se cierran, ascuas que se consumen y hornos que se apagan.

La realidad es que los pueblos como Valderrodilla, en los que apenas habitan veinte personas, solo se llenan de gente en verano —o si se prepara una merienda a fuego lento—, cuando las voces en la calle y las contraventanas abiertas se convierten en el espejismo de ese tiempo que ya no volverá. 

Este es el único horno tradicional que aún se usa en Valderrodilla, un lugar en el que ni en las escuelas se dan ya clases, ni se fabrican ataúdes en la carpintería, ni se lava la ropa en el lavadero, ni se trabaja el metal en la fragua. Un lugar en el que pocas cosas siguen siendo lo que eran, porque también la vida cambia y cambian las personas y sus urgencias. Y, al final, cuando la memoria de estos pueblos se haya consumido como las ascuas del horno de Aurelio, tal vez lo único que nos quede sea el recuerdo de esa tarde en la que compartir un plato de pollo asado a la leña nos dejó el regusto nostálgico de tantas décadas de historia.

Quién sabe si, en el interior de esa coraza de adobe capaz de conservar algo más que el calor, habrá quien, como Aurelio, encuentre una esperanza: que el mismo soplo de aire que puede apagar la llama, sirva también para avivarla. 

 

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