Los apellidos del viento en Castilla y León
Dos de cada tres megavatios eólicos analizados están instalados en municipios de menos de 500 habitantes, donde vive apenas el 11,9 % de la población. Alentisque y Oncala llevan esa proporción al extremo: tienen más aerogeneradores atribuidos que vecinos. Pero al seguir su evolución durante los últimos 25 años, la relación entre molinos y despoblación resulta menos evidente de lo que parece.
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Reportaje de Víctor Gutiérrez Martín
Alentisque, un pequeño municipio de Soria, tiene 23 habitantes. Su nombre puede pasar inadvertido. Pero basta cambiar la escala para que ocurra algo extraño: a Alentisque le corresponden aproximadamente 35 aerogeneradores. Hay más molinos que personas.
Algo parecido ocurre en Oncala, en la comarca soriana de Tierras Altas: 61 vecinos y unos 72 aerogeneradores atribuidos. Algunos parques se extienden por más de un término municipal, de ahí que la cifra sea aproximada, pero la imagen no cambia: en ambos pueblos hay más aerogeneradores que habitantes.
Son dos casos extremos, aunque el patrón está lejos de serlo. En Castilla y León hay instalaciones eólicas en 263 de sus 2.248 municipios y solo 39 concentran la mitad de toda la potencia analizada. El contraste se hace todavía más visible al cruzar energía y población: el 66,9 % de la potencia se encuentra en municipios de menos de 500 habitantes, aunque en ellos vive únicamente el 11,9 % de los castellanos y leoneses.
Los parques buscan viento y grandes superficies
Pero poner cifras a esa realidad permite ir más allá de decir que "las renovables están en el medio rural" y ver qué lugares sostienen físicamente la infraestructura energética de la comunidad.
La geografía deja nombres concretos. Lubián, en Zamora, junto a Galicia y Portugal, tiene 296 habitantes y 261,4 MW atribuidos. Ampudia, en Palencia, alcanza 235,1 MW; Baltanás, en el Cerrato palentino, 192,4; y Medinaceli, en Soria, 177,4. Pueblos modestos en el padrón se vuelven enormes cuando la unidad de medida pasa del vecino al megavatio.
¿Sirven los molinos para sujetar un pueblo?
Alentisque vuelve a servir como punto de partida. En 2000 tenía 43 habitantes; hoy tiene 23. Los aerogeneradores no han impedido que pierda casi la mitad de sus vecinos. Sería fácil concluir que los molinos transforman el paisaje, pero no frenan la despoblación. Sin embargo, una fotografía aislada no basta: los pequeños municipios de Castilla y León llevan décadas perdiendo población por muchas otras razones.
Para comprobar si su evolución es diferente, el análisis compara 240 municipios con eólica con otros 240 sin parques, de la misma provincia y con población y densidad similares en 2000. Hasta 2025, los primeros perdieron una mediana del 26,1 % de su población; los comparables sin parques, el 35,5 %. También se vacían, pero en esta comparación lo hacen menos.
Tampoco eso convierte a la eólica en una vacuna contra la despoblación. De los 54 municipios eólicos que ganaron población, 39 están a menos de 25 kilómetros de una capital. Al excluirlos, la diferencia se reduce de unos 9,5 a 6,2 puntos. Además, entre los propios municipios eólicos no aparece una relación clara entre más potencia y mejor evolución demográfica. Más megavatios no equivalen a más vecinos.
La conclusión no cabe en un eslogan: los datos no permiten sostener que los parques provoquen la despoblación, pero tampoco que basten para detenerla. Un aerogenerador puede transformar el paisaje de un término municipal. Cambiar el destino de un pueblo es bastante más difícil.
Un paisaje que también está cambiando
Los aerogeneradores puestos en servicio entre 1998 y 2005 tenían una potencia media de 843 kW; los instalados entre 2019 y 2025 alcanzan los 3.632 kW. La potencia nominal media por máquina se ha multiplicado por más de cuatro. Para sumar 100 MW, antes hacían falta unas 119 máquinas; con la tecnología reciente bastarían alrededor de 28.
Ese cambio ya está llegando a Oncala. Una repotenciación autorizada recientemente plantea sustituir 59 aerogeneradores antiguos por nueve turbinas nuevas. El municipio que hoy llama la atención porque tiene más molinos atribuidos que habitantes puede conservar un enorme peso energético y, sin embargo, ver reducido drásticamente el número de máquinas.
Durante mucho tiempo, crecer significaba imaginar más aerogeneradores en el horizonte. La siguiente etapa puede ser justo la contraria: menos torres, más grandes y con mucha más potencia. Contar molinos servirá cada vez menos para medir la importancia energética de un territorio. Lo que no desaparecerá es el territorio.
Cuando los megavatios recuperan sus nombres
La transición energética suele contarse desde arriba: megavatios, objetivos climáticos, capacidad de la red. Son cifras necesarias, pero es fácil perder de vista dónde ocurre. Al bajar al mapa aparecen montes, caminos y pueblos que llevan años viendo cambiar su horizonte.
Ahí está quizá la imagen que mejor resume la investigación. Dos de cada tres megavatios analizados están en municipios de menos de 500 habitantes y solo 39 términos reúnen la mitad de la potencia. No convierte a esos pueblos en víctimas ni en beneficiarios automáticos. Significa algo más sencillo: cuando los objetivos renovables aterrizan sobre el terreno, gran parte acaba teniendo dirección de pueblo pequeño.
Alentisque lo resume mejor que ningún promedio. Tiene 23 habitantes, casi la mitad que en el año 2000, y alrededor de 35 aerogeneradores atribuidos. Es un punto diminuto cuando se mira el padrón y un lugar enorme cuando se mira el mapa energético. Lo mismo ocurre, con otras proporciones, en Oncala, Lubián, Ampudia, Baltanás o Medinaceli.
La eólica no ha borrado la despoblación, pero los datos tampoco permiten responsabilizarla de ella. Sí muestran que la transición energética de Castilla y León tiene una geografía concreta: municipios que apenas pesan en el padrón y que, sin embargo, sostienen físicamente parte de su infraestructura renovable.
Castilla y León no solo tiene miles de megavatios eólicos. Tiene pueblos que los sostienen físicamente. Y esos pueblos seguirán ahí cuando muchas de las máquinas actuales hayan sido sustituidas por otras más potentes, igual que ya estaban allí antes de que se levantara la primera torre.
El viento puede atravesar una sierra sin saber dónde termina un término municipal y empieza el siguiente. Los aerogeneradores, inevitablemente, no. Y cuando los megavatios se colocan sobre el mapa, las cifras recuperan sus nombres.
Esos son los apellidos del viento.
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